Salvemos a Sendic

Es probable que la justicia se expida a favor del vicepresidente Raúl Sendic en la causa que iniciara Gustavo Salle
Álvaro Diez de Medina, especial para El Observador

Es muy probable que la justicia penal se expida a favor del vicepresidente Raúl Sendic en la causa que le iniciara quien insólitamente se ha convertido ya en el fiscal informal del interés público, el doctor Gustavo Salle. Al no haber Sendic ejercido profesionalmente su mítica licenciatura en genética humana, y al no encontrarse esta entre las reconocidas en el país, el magistrado probablemente encuentre razonable archivar la denuncia.

Con ella, claro, archivará al propio Raúl Sendic.
Y lo hará para bien.

El vicepresidente ha quedado ya reducido a ser una figura justamente desacreditada: sin méritos, mendaz, insignificante. Un hombre que demostró carecer de ese mínimo fundamento de carácter en base al cual las personas dan cuenta de sus actos: al recurrir a mentiras que, por su torpeza y banalidad, lo sumieron en el ridículo, al tiempo que injuriaban la inteligencia de sus auditorios.

Sería casi un maligno regodeo el inventariar aquí las torpezas a las que echara mano Sendic en su imposible defensa, y hacerlo distraería, en realidad, nuestra atención de las verdaderas lecciones que su patético tránsito por la vida pública dejan en evidencia.

La primera, y más terminante, es que la grotesca mezcolanza de patrañas y ofuscaciones de Sendic fue expresa, sonora y consistentemente convalidada por el presidente Tabaré Vázquez y el Plenario Nacional del Frente Amplio.

De nada valdría decir que la niñería de pretender confundir "licencia" con "licenciatura", "curricular" con "extracurricular", o "ser" licenciado con "sentirse" uno, corresponden, en realidad, a la torpeza de un extraviado intelectual: al respaldar expresamente a Sendic en marzo de este año, el presidente frenteamplista y el Plenario del Frente Amplio se reconocieron, vivamente, en esta triste variante del amaño.

Vieron, al cabo, en ella reflejada la expresión más pura de su praxis política, y se sintieron, por ende, naturalmente impulsados a cohonestarla: es, en suma, el mismo Frente Amplio que montara la pasada semana un costoso espectáculo ministerial en La Coronilla a fin de que el presidente de la República pudiera anunciar que este año no habrá cambios en el horario de verano.

Las triquiñuelas e insuficiencias que el caso de la falsa licenciatura dejaran en evidencia son, por lo tanto, meros especímenes del género de las que comentamos aquí semana a semana.

De las devaluadas contorsiones numéricas del ministro de economía. De los tropezones circenses del ministro de relaciones exteriores en todos los escenarios del mundo. De los mamporros de esa ministro que nada tiene que ver ni con la educación, ni con la cultura. De las diarias promesas y fracasos que a ningún puerto van, y descansan en el fraude moral del ciudadano que las sostiene con sus ya imposibles impuestos, la pérdida de su trabajo, y la emigración de sus hijos.

¿Y cómo puede ocultarse con la mano el que los engaños, los falsarios, y la persistencia en la sombra de la mentira hayan sido expresa y sistemáticamente convalidados por el Frente Amplio, en cada oportunidad que le tocara expedirse a su respecto?
¿O no vio, acaso, Lucía Topolansky el diploma que Sendic ahora nos dice que nunca se expidió? ¿No investigó, acaso, el asunto a satisfacción Ernesto Agazzi? ¿No llegó María Julia Muñoz a la conclusión de que atacar al innecesario Sendic era un atentado a la democracia? ¿No proclamó Tabaré Vázquez que Sendic merecía toda su confianza, y tenía todo su respaldo, "punto y aparte"?

Hoy que el vicepresidente se desvanece, finalmente, en la sombra que siempre fuera, la tempestad de falsarios y falsedades que el oficialismo desatara sobre el país nos ha puesto en un problema del que carecíamos: el del fraude académico.
Kenia, India, Pakistán y Sudáfrica han visto sus sistemas políticos carcomidos por el comején de los defraudadores universitarios, y hoy decenas de Estados se han visto forzados a elaborar listas de entidades supuestamente académicas que son, en realidad, fábricas de diplomas.

Cinco políticos indios son investigados por pretender ser los profesionales que no eran. El vocero del partido de gobierno en Sudáfrica tuvo que renunciar por haber afirmado ser un graduado de la Universidad de Utrecht, a la que nunca asistiera. La embajadora de Sudáfrica en Japón debió renunciar tras descubrirse que su PhD en Relaciones Internacionales provenía de la universidad de La Salle en Luisiana, una de las tantas fábricas de diplomas que el FBI lograra desarticular. La esposa del candidato presidencial Donald Trump es acusada de ostentar una licenciatura en diseño que nunca cursara. Y podríamos seguir.

Es este nuevo peldaño de degradación ética y cívica el que hemos ahora pisado, característicamente de la mano del Frente Amplio.

No se trata, por cierto, del mero riesgo de que un cachafaz cualquiera pueda fingir ser lo que no es, o pretender hacer pasar por buenas credenciales que no lo son, sino el mucho más relevante de que el régimen político que lo aupara respondiera y responda solidariamente por él, y en el entendido de que, en sus huesos y más allá de las declamaciones hechas para consumo de un público considerado meramente instrumental, comparte esas prácticas y esos objetivos.

Es por ello que no resultaría, en punto alguno, conveniente que el vicepresidente Sendic dé, como le reclaman algunos dirigentes opositores hoy, "un paso al costado".
Tal "paso al costado" sería encerrar en la irrelevante figura de Sendic, tal como se hacía con los corderos pascuales, el peso de una culpa colectiva, renovando con ello el ciclo del crédito público: algo improbable, si tenemos en cuenta que a Sendic le sucedería la única persona en el mundo que afirma haber visto sus diplomas académicos.

En este caso, por lo demás, y así como ocurriera y aún ocurre en otros, no hay tal víctima propiciatoria, sino el desnudo y prístino peso de una culpa colectiva: la de esa autodenominada "fuerza política" que, en un gesto de soberbia y desprecio por los fundamentos de una república de leyes y libertades, apañara sistemáticamente los extravíos de quien a ojos vistas lucía incapaz de gestionar una empresa, y menos aun la más importante del país.

A ello, naturalmente, el ciudadano no podrá dejar de sumar el intento del mismo oficialismo en el sentido de pretender amañar los multimillonarios resultados negativos, de forma de presentarlos como una sorprendente bonanza: un "éxito", al decir del mismo Agazzi.
¿Y cómo calificar, sino de hibris, el que ese mismo partido político, dispuesto a pagar cualquier precio en trueque de la perpetuidad de un poder prebendario, pretendiera infligirle al país la injuria de elevar a la primera magistratura a otra de sus figuras sin relieve ni brújula, en este caso, munido de falsos títulos?

Raúl Sendic debe, pues, permanecer en su actual posición. Allí nos recordará, a diario y por casi tres años más, el error moral que, como país, cometiéramos al encomendar la suerte pública, la de nuestras familias y amigos, a la improvisación, el grotesco y el engaño.

Y nos interpelará, en definitiva, sobre la necesidad que tenemos, si es que queremos sobrevivir como país digno de ser tal, de enfrentar, de una vez por todas y con honestidad, esos problemas y fabulaciones que, desde hace décadas, venimos meramente barriendo bajo la alfombra.

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