Semántica

Columna de opinión publicada en El Observador Agropecuario
Por Ruy Gil, especial para El Observador

Los agronegocios no son simplemente oferta y demanda, precios y coberturas, siquiera sectores, cadenas y complejos. Todas estas cosas son tan solo formas de expresarnos para poner énfasis en algunas de las partes del todo.

Si hablamos de cadena hacemos hincapié en la interrelación de las partes, en el flujo de bienes, servicios y dinero. Nos ocupan las transacciones, el poder de las partes que negocian y en cómo balanceamos fuerzas disímiles. En cambio, si nos referimos a complejos, a cada eslabón de la cadena le adicionamos los sectores conexos que ofrecen servicios y productos, sumando empresas y empleos.

Pero, ¿qué es correcto?, hablar de sectores, cadenas o complejos. También podemos adentrarnos en cada una de estas definiciones e identificar a los dueños del capital que materializan ideas y a las personas que ponen al servicio del emprendimiento sus habilidades y capacidades. Si nos atrevemos a dar un paso más, incorporamos al Estado, que es quien garantiza se cumplan las reglas que nos hemos dado para convivir.

Podríamos dedicar libros, ensayos y un sinnúmero de hojas a cada uno de los aspectos antes enunciados. Podríamos ir desde el direccionismo, pasando por políticas de apertura, proteccionistas y autosuficientes, hasta llegar al libre mercado más descarnado que imaginemos. Pero, ¿existen todos estos escenarios?, ¿son simples modelos de la realidad para simplificar el análisis?, ¿son posturas ideológicas de rédito político?, ¿son vestigios del pasado, fantasmas del presente o premoniciones del futuro?

Todo esto resulta interesante hasta el momento en que nos convencemos que invertimos más esfuerzo en distanciar las posiciones que en llevar adelante una discusión que construya desde las coincidencias, siendo capaces de reconocer y convivir con las diferencias. Si los esfuerzos son estériles en encontrar áreas comunes a partir de dónde trabajar mancomunadamente, o bien, simplemente no es de interés de nadie, o bien, son mayoría los detractores, entonces los intereses particulares y el corporativismo priman sobre todas las cosas. Es aquí donde las cámaras empresariales ponen énfasis en el costo del Estado y el costo de la mano de obra. Es aquí donde los sindicatos exigen mayores remuneraciones bajo el supuesto de ganancias indignantes de las empresas. Es aquí donde el Estado carga todas sus baterías creando reglas alejadas de la realidad bajo la premisa de la tutela del bien común.

¿Se sienten identificados con estas discusiones?, ¿han sido testigos de ellas?, ¿han tomado partido por alguna de las posiciones?, ¿les parece ingenuo de mi parte minimizar los argumentos a simples pujas de poder?

Creo que la pregunta relevante al final del día, más allá de las discusiones, es si logramos generar valor para alguien en alguna parte del planeta, o bien, destruimos valor, esto es, que cada vez necesitan menos lo que ofrecemos, o alguien lo hace mejor, o simplemente hemos logrado trancar los engranajes que hacen que las cosas funcionen con el más básico de los sentidos: el común.

Si los agronegocios no son tan simples como los meros movimientos de los mercados, tampoco son tan complejos como lo exponen las visiones irreconciliables que pueden sostener los distintos actores. Los agronegocios son las empresas, cada una de ellas sumando tecnología, decidiendo cómo organizarse, cómo hacer que sucedan las cosas, siendo disruptivos y creativos a la vez, motivando a las personas que trabajan proponiendo metas.

Cuando los éxitos y los fracasos de las empresas sólo los explicamos por todo aquello que ocurre más allá de sus límites, estamos menospreciando la labor de quienes toman decisiones y de quienes trabajan. Por tanto, siendo lógicos y lineales, da lo mismo la habilidad de tomar decisiones, o bien, la necesidad de invertir en desarrollar esta habilidad. Da lo mismo la capacidad de la fuerza laboral y todo esfuerzo de capacitación debería verse como un mero costo sin retorno.

¿Cuánto creemos en las habilidades de gestión?, ¿cuánto creemos en la necesidad de capacitación?, ¿cuánto creemos en la habilidad de estructurar una empresa de acuerdo al negocio en que se encuentra? ¿cuánto estamos dispuestos a invertir en estas áreas de la empresa?

La sobrevida de las empresas en la mayoría de los casos se explica por su habilidad en entender el negocio, el valor que generan, ser consecuentes con las decisiones que toman, contar con personal capacitado y una estructura acorde, mirar más allá del día a día y estar abiertos al cambio. Cuando obviamos esta parte sustantiva del análisis y sólo nos dedicamos a pujar entre las partes, sin importar la visión que tengamos, el resultado es uno solo: al final el propio mundo nos comunicará que no existe lugar para nosotros y que durante mucho tiempo nos dedicamos a discutir sobre semántica.