A veces, me obsesiono con la contemporaneidad. La busco en todos lados, tras años de departir con amigos de otras generaciones. Puntualmente hace unos días, en una charla con uno de ellos que creció vinculado a los preceptos de la cultura punk, me dijo: “es que a mí, la música no me importa”.
La frase no se puede tomar al 100% porque él es un gran enfermo de la música. Lo que me quería decir es, hablando en términos de contemporaneidad, que siempre se identificó más con una actitud que con la música que producía su generación. En todo caso, la música era relevante porque era una buena arma de provocación, de canalización en sí para expresar, sí, angustias, broncas y decepciones del momento, pero sobre todo para molestar al otro, para sacarlo y salirse del aburrimiento que pasaba en aquellos años.
La música no le interesaba como fin, pero sí como medio. Sin la música, no hubiera habido fuerza cultural de la que asirse para la gente de su generación. ¿Cómo se verían los 80 desde este momento sin la música? ¿Y qué pasaría hoy con eso? Imposible no pensar todo lo que se habría perdido.
De ahí paso a esta contemporaneidad en la que, parece, el aburrimiento se ha abolido por la cantidad de información e impulsos a la que accedemos. Del aburrimiento, del hastío, surgen cosas culturalmente más interesantes porque la gente se tiene que mover por general algo, dicen. Pero la realidad no se puede cambiar y a la falta de aburrimiento sumamos la incontable cantidad de propuestas que nos inundan: libros, revistas, cine en Internet, cientos de canales de cable programables a gusto de consumidor, etcétera. Y cientos de discos, de tendencias, de mensajes, todos combinables de acuerdo a cada gusto personal. Todos tenemos nuestro paquete de consumos culturales casi único, irrepetible, incomparable al del que tenemos al lado. Pero al mismo tiempo, entonces, somos parte de pocas cosas. No hay un movimiento grande generacional. No hay una obra o artista que conecte con un zeitgeist del momento, sea cual sea.
Por suerte para mí, la música sí es un fin en sí mismo. Y por eso aunque no aparezca un referente de peso a nivel generacional, al menos intento seguir las inquietudes de encontrar algo nuevo, algo que sea de este tiempo histórico. No es fácil, porque estamos en tiempos de técnica perfecta y poco arte. Entonces nos encontramos (a nivel internacional, pero también aquí, en Montevideo), con música ejecutada con gran destreza técnica y genial apropiación de los géneros y, digámoslo así en bruto, nada de arte, nada que interprete, piense, conecte con el hoy, que tenga ganas de hacerlo.
En medio de ese pensamiento, hace unos días bajé el último disco de Bobby Womack, un cantante de soul de 69 años que hace doce no editaba un disco. Para dar alguna referencia más, Womack fue compañero de ruta de hombres como Marvin Gaye y su estilo de oscuro soul setentero camina de la mano con los años del cine blaxploitation se volvió de alguna manera icónico de esos tiempos y mítico, recuperado por grandes cultores de todo aquel imaginario como Quentin Tarantino. De hecho, el director de Pulp Fiction reserva para la primera escena de su Jackie Brown una de las piezas de este oscuro y en apariencia mal encarado soulero.
En definitiva, que Womack por sí solo no tenía mucho más para contribuir a la música de estos tiempos. Es más, una de sus últimas apariciones fue en Plastic Beach, disco de los Gorillaz de Damon Albarn. Allí, su intensísima voz grabada en un disco de pretendido pop moderno sonaba como un buen homenaje pre-póstumo.
Pero Albarn, cantante de Blur, decidió grabarle y producirle un disco. Un disco que no le habría importado a nadie si no tuviera su sello detrás. Una vez adentro, las canciones sí se hacen un lugar de relevancia en lo que se ha editado hasta ahora. No porque Albarn haya descubierto la pólvora, sino porque le dio a la voz de Womack esa atmósfera cool y en algún punto cercana a Gorillaz en la fachada, ajustada y elegante en los arreglos electrónicos, en el minimalismo y en una combinación musical que, de alguna forma, suena más contemporánea, actual.
Y entonces, esta semana me conformo con eso, con un buen productor que le dio un tono más actual a una voz vieja, y con un ropaje musical que me dice que solo se podría haber grabado en estos tiempos. Que la voz de Bobby Womack tenía que sonar así para engancharme, para preferir eso a un disco suyo viejo, o a una banda que imita el estilo de su vieja identidad músical sin añadir demasiado más. Algo es algo.