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La queja es vieja: hoy por hoy cualquier artista puede subir su música a un soporte virtual y hacer que la gente lo escuche y, de alguna u otra forma, valide su obra y la apoye yendo a sus conciertos o comprando tracks por separado.
No es mi intención que esto se entienda esto como un alegato anti sellos, pero curiosamente en estos días en los que he vuelto a escuchar a músicos quejarse de no tener un respaldo corporativo, me encontré con un artista que vivió en una época en la que no había forma de promocionarse tanto como hoy.
Que esa sea la excusa para encontrarnos con ellos y conocer su música es la idea, porque Bill Fay ha hecho de todo menos un disco. Este británico, adorado por músicos como Jeff Tweedy de Wilco, ha sido limpiador, recogedor de fruta, jardinero y reponedor de una pescadería. Todo menos músico de escenarios, estudios, giras, fama, dinero y lo que pueda venir. Mientras tanto, el bloguero Anxel Grove señala en un texto dedicado a Faye que durante años se lo conoció como una especie de J. D. Salinger musical.
Lo mejor de escuchar a Faye es la tranquilidad que tiene consigo mismo. Católico y enamorado de la vida, sus canciones son piezas de autor que parecen decirle al escucha que afloje, que se sienta mejor consigo mismo, que hay que levantar un poco el pie del acelerador y mirar a la vida. Todo con un grado de sutilezas acústicas y arreglos delicados que reconfortan a cualquier oído estresado.
Este año fue publicado Life is people, su tercer disco de estudio. Los anteriores, un homónimo de 1970 y Time of the last persecution (en 1971) solo han cobrado valor para la industria tras la reedición de estos discos y la aparición de compilados con sus composiciones. Para alegría de sus fans acérrimos como Nick Cave, el sello Dead Oceans lo rescató y editó ya que Joshua Harry, dueño de la discográfica, lo había escuchado de chico y lo buscó para reeditarlo.
De alguna manera, y aunque sea una gran injusticia del mundo de la música que un tipo como Fay no haya podido vivir de ella toda la vida, no está mal saber que a pesar de todas las limitaciones apareció gente en el ambiente empresarial que valoró su talento hasta darle un merecido lugar. Gracias a eso, ahora todos podemos disfrutar lo que es, o lo que pudo ser.
PD: Otra de artistas malditos y/o ocultos: Karen Dalton supo estar en la órbita de Bob Dylan y grabar, a regañadientes, algunos discos de folk marcados por su registro de voz casi a destiempo y extasiante. Haga clic aquí y dele tres minutos de su atención.
Apuntes, reflexiones y pequeñas muestras de un mundo que suena.
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