Siempre vivos

La ciencia insiste empecinada en querer burlar a la muerte

a muerte es la certeza por excelencia. Es la verdad última que define a la vida. Sin embargo, los intentos de desafiar a la parca han acompañado desde siempre a la especie humana.

El método más antiguo de no morirse es el religioso. La vida es tránsito entre una dimensión y otra. Todo cambiará cuando termine "esta" vida. En los sistemas de pensamiento oriental, el ciclo se representa con frecuencia como una rueda, en la que se pasa de un destino a otro.

Otra manera de no morir es obrar de tal manera de que la obra perdure a través de las generaciones y permanezca el nombre de aquel que obró de forma tan singular. Se ha logrado, en positivo, a través del arte y el pensamiento, y en negativo, a través de la destrucción de la guerra.

El poeta Francisco de Quevedo imaginó la inmortalidad del amor, por fuerza de su propia intensidad. Así lo explicaba al final del poema tal vez más célebre escrito en idioma español, Amor constante más allá de la muerte: "Alma a quien todo un Dios prisión ha sido,/venas que humor a tanto fuego han dado,/médulas que han gloriosamente ardido./Su cuerpo dejarán, no su cuidado;/Serán ceniza, mas tendrá sentido./Polvo serán, mas polvo enamorado."

La manera más torpe, según mi opinión, de querer burlar a la muerte es la de la magia y luego, la de la ciencia. La idea es la inmortalidad biológica, la capacidad de resurrección.

La tradición judía tiene un personaje mítico, el Golem, un ser creado mediante la correcta articulación del nombre de Dios. Ese es el antecedente que siglos después, ya en el siglo XIX de la era cristiana, inspira a Frankestein, la célebre novela de Mary Shelley.

En pleno siglo XXI, la ambición del Dr. Frankestein sigue viva. La firma de biotecnología Bioquark, con sede en Estados Unidos, realizó, en la India, un llamado a interesados en someterse a un experimento de regeneración del cerebro.

Ante semejante oportunidad se deberían haber anotado millones de personas, pero había una limitación: no se podían presentar personas vivas. Se aceptaron 20 pacientes declarados clínicamente muertos, aunque con sus funciones vitales mantenidas de forma artificial.

El proyecto, denominado ReAnima, involucra dosis de células y de cadenas de aminoácidos, con la ambición de regenerar las células cerebrales para que los pacientes puedan recuperar las funciones vitales por sí mismos.

Los seres humanos no poseen capacidad regenerativa de su sistema nervioso, aunque el fenómeno sí ocurre en ciertas especies de peces y anfibios, que son capaces de recuperar y remodelar buena parte de sus tejidos cerebrales.

El neurólogo británico Dean Burnett, de la universidad de Cardiff, aclaró que todavía queda un largo camino para resucitar un cerebro entero, que pueda volver a ser totalmente funcional, pero está claro que ése es el camino que transita el proyecto ReAnima, con la autorización de los consejos de ética médica de Estados Unidos y de la India, y la autorización de los familiares de los pacientes.

En este camino, los investigadores de Bioquark esperan encontrar soluciones terapéuticas a diversas enfermedades cerebrales y en eso justifican el hecho de estar metiéndose en honduras tan profundas.

La ciencia intenta forzar los límites del universo. Está en su naturaleza. No pueden detenerse mucho tiempo a pensar '¿qué puede salir mal?' porque su esencia es la del ensayo y el error. Tienen que arriesgar. El problema es que, cuanto mayor la ambición, mayores son los riesgos.

Si la muerte cerebral ya no es la muerte, entonces aparece el espectro de la esperanza de la inmortalidad física, la posibilidad de mantener la vida de forma indefinida.

La cualidad más saliente de los mortales es el miedo, que deriva siempre del miedo a la muerte. Mi miedo ahora es imaginar que este tipo de experiemento sea exitoso y que, con un poco de paciencia, sea posible resucitar al más difunto. Mucho me temo que el sentido de la vida se diluiría hasta la inexistencia.

Mi consuelo egoísta es que, seguramente, estos avances van a demorar un poco más que yo.

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