"Síndrome Luna de Avellaneda" marca el límite al ajuste de Macri

Clubes de barrio estaban por cerrar y forzó "sinceramiento" tarifario

Fue Barack Obama quien terminó por convencer a Mauricio Macri de que cuanto más rápido y crudo fuera el ajuste, mejor. Que el gradualismo sólo prolonga el sufrimiento y retarda el punto de inflexión para que la economía vuelva a crecer.

Macri, que hasta ese momento se debatía en el debate interno de su equipo de gobierno, dividido entre "halcones" partidarios del shock y "palomas" que defendían el ajuste gradual, se terminó de definir. Y avaló fuertes subas en las tarifas de gas, además de nuevos aumentos de combustibles, luego de haber ya "sincerado" el costo de la electricidad.Pero claro, siempre hay imprevistos. Por ejemplo, que Obama nunca vio la película "Luna de Avellaneda".

Gran éxito de 2004, protagonizada por Ricardo Darín que terminó por consagrar a José Luis Campanella como el director que interpretaba la sensibilidad de los argentinos, aquella película reflejaba como ninguna el humor social post crisis del 2001.

La trama era la historia de un pequeño club de barrio, que oficiaba como centro de la vida social y espacio de contención para los más desprotegidos, y que entraba en crisis financiera.
Los socios se ven así enfrentados a la terrible disyuntiva de sostener al club casi sin recursos y al borde del cierre, o venderlo para que en su lugar sea emplazado un casino.

De más está decir, los "buenos" de la película y el 100% del público están a favor de la continuidad y en contra de la "privatización", que encarna todos los valores negativos de la exclusión social, la falta de solidaridad y la mercantilización de la cultura y del deporte.

Doce años más tarde, ya puede hablarse de un "síndrome Luna de Avellaneda" con impacto sobre la política. Ocurre que la señal de que el gobierno se quedó sin margen para continuar el ajuste económico no vino de la mano de las encuestas, ni de reuniones de análisis con los politólogos, ni de los focus groups ni por las peleas con los sindicatos y la oposición.

Más bien, la certeza de que agotaba la tolerancia política y social para las medidas de ajuste llegó cuando el tema principal en los diarios y noticieros de televisión fue el inminente cierre de Juventud Unida de Llavallol -el club donde se filmó "Luna de Avellaneda"- porque no podía pagar las facturas de luz que habían llegado multiplicadas por tres.

Los políticos, los asesores, los sociólogos y Jaime Durán Barba lo saben de sobra: se puede refutar los argumentos de diputados opositores y de líderes sindicales, pero es imposible discutir los argumentos de un entrenador de baby fútbol que explica que no hay de dónde sacar la plata para pagar una factura de 8.700 pesos argentinos. De eso tomaron nota inmediatamente los militantes del kirchnerismo, que en los medios y en las redes sociales sacaron provecho del tema y contrapusieron la situación actual con las políticas de "inclusión social" de Cristina Kirchner.

Luz amarilla y marcha atrás

Hay un único detalle que jugó a favor de Macri: el cineasta Campanella fue un crítico feroz del kirchnerismo y no está dispuesto a que su película sea reivindicada como una apología de la década K.
Ante la insistencia de que se pronunciara sobre el asunto, Campanella logró un difícil equilibrio: pidió que el tema no se politizara, acusó de hipocresía a los que critican, pero también le reclamó al gobierno que otorgara la tarifa social para los clubes de barrio.

Eso logró atenuar en parte el impacto de la noticia, pero no alteró la cuestión de fondo: el gobierno entendió que se enfrentaba a una señal de alarma."Evidentemente, quedó al descubierto cierta imprevisión por parte de los funcionarios. Lo cual es entendible, porque cuando se hace este tipo de políticas es imposible prever todas las situaciones de excepción. Hay mucho de ensayo y error", afirma Roberto Starke, consultor en comunicación política.

"En todo caso, lo que se vio es que tuvieron la suficiente flexibilidad como para dar marcha atrás y reparar una situación, al salir rápidamente a darle la tarifa social a los clubes de barrio. Como han corregido con muchas otras medidas, por lo que se puede decir que esa actitud ya es una marca de este gobierno", agrega el experto.

El anuncio de la tarifa social para clubes de barrio dio una leve satisfacción política al gobierno, porque acalló las críticas y posibilitó que Campanella, en su cuenta de Twitter, escribiera: "Con esta noticia volverán a dejar de interesarles los clubes a los que ayer se rasgaban las vestiduras".
Pero fue una satisfacción a medias, porque como saben todos los analistas de medios, nunca la corrección tiene tanto impacto mediático como la noticia original. Pero, además, porque el caso de Juventud Unida de Llavallol fue disparador de una serie de notas con foco en los costos sociales del ajuste.

Clarín publicó la última semana –y todos los medios audiovisuales del conglomerado le hicieron de caja de resonancia- noticias sobre bomberos voluntarios en problemas para pagar luz y sobre fábricas de bolitas que están en la zozobra por el aumento en la boleta del gas.

Además, naturalmente, de las noticias de índole política, como el llamado a la rebeldía ciudadana por parte del intendente de Bariloche, Gustavo Gennuso, quien planteó que su ciudad no podía pagar el servicio de gas con la factura "sincerada" a 2.500%. O como el recurso de amparo interpuesto por el gobernador de Chubut, Mario Das Neves, que pretende que la justicia exonere a toda su provincia de pagar el aumento del gas.

Pero al gobierno no sólo le preocupa el tenor de estas noticias sino quién es el emisor. En su evaluación política, no es lo mismo que el club de Llavallol salga en la tapa de Página12 que en la de Clarín, o que aparezca en la pantalla del hipercrítico C5N o en la del "amistoso" TN.

"Sin dudas que al gobierno no le resulta indistinto que un medio de comunicación afín a su línea política esté levantando este tema. El público de TN coincide, a grandes rasgos, con el perfil del votante macrista y es, también, el público que se sintió identificado por los valores de la película 'Luna de Avellaneda'", observa el politólogo Sergio Berensztein.

Desde su punto de vista, lo ocurrido es interpretado como una confirmación de que, si se acentúa el ajuste de variables económicas, se entra en riesgo de perder capital político.Por lo pronto, empezaron a verse señales en ese sentido. El "duro" del gabinete de ministros, Juan José Aranguren, sorprendió al declarar que no veía necesidad inminente de un nuevo aumento en el precio de las naftas, cuando todo el mundo daba por supuesto que vendría otro incremento en junio. La señal fue inequívoca. Se puede ganar un debate sobre el pago a los "fondos buitre" o vetar la ley antidespidos votada en el Congreso.
Pero cuando un entrenador de baby fútbol se queja ante las cámaras de televisión de que no puede pagar la luz, la gobernabilidad se empieza a resquebrajar, por más apoyo de Obama que haya.

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