Sobre David Bowie, un mes después

¿Cómo se vive en Nueva York tras la muerte de uno de los últimos símbolos de la ciudad que supo ser? A un mes de los altares, caminar por la zona donde vivía deja algunas pistas espirituales

Por Cecilia García.

(Basado en hechos irreales)

Domingo 10 de enero. Diez de la mañana. Dormía. El iPad de mi novio emitió un sonido, una notificación. Era CNN. Qué pesadilla los de CNN con sus notificaciones hasta un domingo por la mañana. "Bowie", dijo él, iPad en mano. "Bowie qué" respondí, pensando que la noticia tendría que ver con el flamante álbum Blackstar o la obra off-Broadway Lazarus, ambas novedades en el frente Bowie, que además había celebrado cumpleaños ese viernes. Ese mismo día vimos la entrevista y performance de Michael C. Hall en el show de televisión de Stephen Colbert, ambas atrapantes.

Murió.

Lo hizo de nuevo, alcancé a pensar de ojos cerrados. Qué genio, cómo osó salir con esto. Una campaña de difusión falsa, realidad y ficción trenzadas alla Orson Welles en la radio con los alienígenas y su adaptación de La guerra de los mundos. Dejando al público boquiabierto, preguntándose todo, una vez más. Bowie mentía anunciando su muerte en las redes sociales. La caída de Ziggy Stardust, versión millennial. No puede estar muerto realmente, pensé: ¡es David Bowie!

Poco después de la ingenua viñeta, mis ojos se abrieron. El aluvión de noticias en televisión, radio y dispositivos varios –un rítmico tsunami de notificaciones- no hacía más que acentuar la confirmación de un hecho desolador. Fue culpa de un cruel cáncer, el mismo cáncer que se llevó a tantas personas que quisimos tan fuertemente.

Después de todo, Bowie era humano.

En el mundo entero los tributos parecen prolongarse ya a un mes de su partida. En Nueva York -donde Bowie residía desde los años noventa-, homenajes aquí y allá continúan salpicando las invernales calles citadinas.

Un día de sensación térmica bajo cero me acerqué a la entrada del edificio donde vivía, en la calle Lafayette casi Prince. Comprobé que esta será una locación que lenta y lamentablemente se irá transformando en el Dakota del downtown. Oí que los fans habían hecho un altar improvisado.

Soportando la temperatura y el viento gélidos, una serie de personas se detenía respetuosamente a observar la pila de fotografías, dibujos, flores, velas y hasta una boa de plumas digna de Marc Bolan que adornaba el lugar. Del otro lado de la calle, por la ventana empañada del café La Colombe -de donde se dice que Bowie pedía su macchiato doble-, la escena se veía cinematográfica, casi onírica.

Poco después, el 20 de enero –día de la última función de Lazarus en el New York Theatre Workshop- la oficina del alcalde Bill de Blasio declaró a la fecha como el día de David Bowie. Quizá con ánimo de acompasar esta noticia fue que el colectivo Little Italy Street Art intervino el cartel de la calle Bowery -la aorta del Lower East Side-, con el agregado a mano y escalera alzada de un simple "David", en plena tormenta de nieve. Los locales más que escandalizados se veían orgullosos de su "David Bowery". Los turistas también. Desgraciadamente, las autoridades no conectaron con el espíritu do-it-yourself de los artistas; recientemente el icónico cartel fue removido. De todos modos, será difícil de olvidar.

Puertas adentro, una cena con amigos en Brooklyn fue testigo de interminables playlists de Bowie en Spotify y una improvisada sobremesa que desglosó su prolífica carrera discográfica, con teorías fervientes sobre la presencia simbólica del saxofón como hilo conductor en la historia.

Rumbo al trabajo, las palabras de David Remnick, editor en jefe del New Yorker, quedaban sostenidas en el éter. "Quizá celebramos a Bowie tan intensamente por su credibilidad como vieja estrella pop", dijo en The New Yorker Radio Hour, su podcast semanal de una hora de duración. Buscando la impresión de bandas locales, los miembros de The Dig no dudaron en expresar su respeto por el músico. Según Erick Eiser, tecladista, la pérdida de un artista tan trascendental como Bowie inspira una cierta nostalgia por revisitar su obra y escucharla aún más profundamente.

Auriculares en mano, hace un par de días retorné a la calle Lafayette, esta vez luego de haber caído el sol. El altar improvisado había sido reducido y movido de lugar, pero no censurado. Por la noche, un corazón de neón roto (por un rayo cual Aladdin Sane, claro) iluminaba la acción de la cuadra. A sus pies, un grafiti blanco en letras mayúsculas imploraba: Let's Dance.

En busca de lectura y (más) café, me dirigí a McNally Jackson, la librería a la vuelta de la esquina. Una de sus vidrieras exhibía el top cien de libros según Bowie, una selección de clásicos y clásicos modernos desde Madame Bovary de Flaubert hasta Metropolitan Life de Fran Lebowitz. Adentro, la hipnótica imagen en blanco y negro de Ziggy Stardust en la portada de la Mojo inglesa hacía perder la noción del tiempo.

Camino al metro, me detuve en Jersey Street, la calle sobre el costado del edificio de Bowie. Algo en el oscuro, mojado y solitario callejón se veía extrañamente familiar. Luego de un rato de déjà vu comprendí que -salvando las distancias temporales y transatlánticas-, me recordaba a la tapa del Ziggy Stardust & The Spiders From Mars. Solo faltaba Ziggy.


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