Sobrino, líder y leyenda

A 50 años de su muerte, un libro de Julio María Sanguinetti recuerda la figura de Luis Batlle Berres mientras un grupo de historiadores redacta tres tomos de la biografía del caudillo histórico de la Lista 15 del Partido Colorado

No hay una familia política en Uruguay que pueda rivalizar con los Batlle en cuanto a la cantidad de presidentes que ejercieron el poder con el mismo apellido y bajo los mismos colores partidarios.

El primero de la dinastía política fue el general Lorenzo Batlle, entre 1868 y 1872. Luego vino su hijo, José Batlle y Ordóñez, Don Pepe, en dos períodos, primero entre 1903 y 1907, y luego entre 1911 y 1915, además de integrar varios consejos de gobierno. Su sobrino, Luis Batlle Berres, fue presidente entre 1947 y 1951, y luego encabezó el Colegiado entre 1954 y 1958. El hijo de este, Jorge Batlle Ibáñez, gobernó entre 2000 y 2005.

Del primero no hay demasiada bibliografía, aunque en 2012 se publicó una biografía. De Batlle y Ordóñez la historiografía sí se ha ocupado in extensum, tanto desde posturas partidarias laudatorias como desde la objetividad y desde la crítica. Jorge Batlle todavía vive y quizá por eso no haya aún una biografía o un estudio de su actividad como dirigente o sobre su Presidencia, aunque sí los hay sobre la crisis que golpeó al país durante su período de gobierno.

Sorprende, en cambio, la casi ausencia de trabajos sobre Luis Batlle Berres, un líder que pasó de ser sobrino predilecto a transformarse en una figura con carisma y luz propia que encabezó un período de esplendor económico y cultural en Uruguay, y que fue fundamental en la reconstrucción del relato batllista aplicado a otro tiempo, luego que esta ala colorada había sido desplazada del poder.

Recién en 1982 el historiador Germán D’Elia escribió sobre el período de Luis Batlle, al que bautizó como “neobatllismo”. Luego su figura estuvo bastante soslayada por la historia.

Luis Batlle Berres murió en julio de 1964. Hace unos pocos días se cumplieron los 50 años del aquel deceso. A modo de homenaje, el expresidente Julio María Sanguinetti acaba de publicar el libro Luis Batlle Berres, el Uruguay del optimismo (editorial Taurus), por lo que la figura del histórico líder de la Lista 15 regresa a la memoria, mientras la dupla de historiadores Jorge Chagas y Gustavo Trullén preparan una extensa y detallada biografía de Batlle Berres en tres tomos, el primero de los cuales planean publicar en 2015.

A partir de esto, El Observador intentó reconstruir la figura en cuestión y poner en perspectiva aspectos de su vida, de su actividad pública y de su legado a medio siglo de su muerte.

El Uruguay de Luis Batlle es el de la victoria en Maracaná, es el de las nacionalizaciones de algunos servicios públicos que estaban en manos inglesas, es el de la creación de la Comedia Nacional y del Instituto de Profesores Artigas, el de los intentos de avance industrial y exportador, del estado de bienestar y la socialdemocracia, pero también del país que tuvo los gérmenes de los problemas que atacarían una década después y llevaron a la derrota política de Luis Batlle, haciendo bajar del poder al Partido Colorado luego de casi un siglo. Fue un Uruguay de luces resplandecientes, pero también de sombras pálidas que se acentuarían hasta el negro profundo.

Estado de ánimo

“No hay ningún momento de ningún país en la historia que no tenga activos y pasivos, sea el siglo de Pericles o de Luis XIV. El ‘Uruguay del optimismo’ es un Uruguay que había construido una democracia liberal, que había devenido en una democracia progresista, o en la visión actual, socialdemocrática. Era un proceso de construcción que empezó con Batlle y Ordóñez, que luego tuvo un colapso, que abarcó a toda América Latina, y que al superarse comenzó a retomar un período de prosperidad económica con un período de optimismo democrático, en el sentido en que creía en sus posibilidades. No era el país escéptico que hemos conocido más tarde, problemático, que vino en los años de 1960 y 1970”.

Con estas palabras, Julio María Sanguinetti explicó a El Observador el título de su libro.

“El optimismo es un estado de ánimo que puede referir a un gran momento de una persona o de un pueblo, lo que no quiere decir que no haya lagunas, ni sombras, ni nubes. Lo importante es que había construcción, se estaban haciendo cosas que alentaban ese optimismo”, agregó el exmandatario.

Sanguinetti detalló algunos ejemplos del espíritu de esa época, anotando que era un país que construía por primera vez edificios de propiedad horizontal, que levantaba industrias textiles de exportación y que fundaba una escuela de arte dramático con una gran directora española de la dimensión de Margarita Xirgu.

“El Uruguay del año 1955 tenía todos los motivos para sentirse satisfecho en cuanto a sus realizaciones económicas, a su crecimiento y sus avances en la educación, naturalmente dentro de un esquema que no era el paraíso”, evaluó Sanguinetti, quien escribió en su libro que era “un país que contagiaba fe en su futuro”. 

En el volumen se recorren todos los tramos de la vida de Luis Batlle, desde su cuna, su infancia huérfana y su maduración bajo el ala de Batlle y Ordóñez, quien vio en el joven sobrino una figura de liderazgo, que se opuso a la dictadura de Terra, que escapó al exilio y que a su regreso, a través del poder de difusión de Ariel, la radio que creó, consiguió una fuerte popularidad apoyando a la República Española y la causa de los Aliados. 

Luego de la restauración batllista en las elecciones de 1942 y durante la Presidencia de Juan José de Amézaga, donde ejerció como presidente de la Cámara de Diputados, la figura de Luis Batlle Berres ya poseía la potencia suficiente como para buscar un cargo de alta responsabilidad, como, por ejemplo, ser candidato a la Intendencia de Montevideo, trampolín para la Presidencia.    

Pero entonces surgió la rivalidad con sus primos, los Batlle Pacheco de la Lista 14. En lo que Sanguinetti define como “un claro acto de relegamiento”, la fórmula colorada presenta como candidato a presidente al viejo caudillo  Tomás Berreta y hace descender a Luis Batlle de la candidatura a la intendencia para colocarlo como un indeseado  candidato a vice.

La cosa es que en 1946 gana Berreta y en agosto de 1947 fallece. Gracias al destino, Luis Batlle conseguía sin querer el premio gordo. “Ahí se instalan las leyendas urbanas. Es evidente que (los Batlle Pacheco) no sabían que Berreta se estaba muriendo, si no, no lo hubieran colocado allí. La leyenda dice que Batlle Berres, por un médico amigo, sabía lo de Berreta. Don Tomás, que era un gran caudillo, infortunadamente murió y Batlle Berres fue presidente”, explicó Sanguinetti.

El historiador Jorge Chagas, autor junto a Gustavo Trullén de un libro sobre Jorge Pacheco Areco titulado Pacheco, la trama oculta del poder, y quien desde hace varios años investiga acerca de Luis Batlle, coincidió con Sanguinetti y opinó que a este líder no se lo entiende sin Batlle y Ordóñez y sus primos.

Chagas marcó también la eventual validez de la visión de los Batlle Pacheco. “Es raro, porque los Batlle Pacheco casi no tienen voz en esta historia. No hay libros sobre ellos ni sobre lo que decía el coloradismo no batllista. Ahí nadie descorchaba champaña en esa época”, sentenció Chagas, poniendo en duda el concepto de optimismo que maneja Sanguinetti. 

Lo cierto es que desde su arribo fortuito a la Presidencia, Batlle Berres le dio a su gobierno una impronta definida, profundamente batllista pero aplicada al momento que le tocó vivir: salida de la guerra mundial, inicio de la de Corea, años comercialmente favorables y de “vacas gordas”.

En 1947 se nacionalizaron los ferrocarriles, el agua corriente y los tranvías. Se le dio un fuerte impulso al comercio exterior y al desarrollo fabril, en el intento de sustituir importaciones. Así llega al final del período, y como su tío, decide hacer un largo viaje por Europa.

El candidato colorado Andrés Martínez Trueba gana las elecciones de 1951 y propone una sorpresiva reforma de sistema: pasar del régimen presidencialista al antiguo Colegiado, al estilo de Don Pepe. Batlle Berres se opuso (le impedía volver a ser presidente en 1954), pero igual votó a favor. Aceptó la traición interna y bajó la cabeza ante un proyecto con sesgo de su admirado tío.

En las elecciones siguientes, encabezó su querida Lista 15, vencedora una vez más frente a Luis Alberto de Herrera.   “Don Luis creció con la República Española, creció con los Aliados. Y ahí vienen  las diferenciaciones con el herrerismo, que era contrario a la república y pro (Francisco) Franco. El herrerismo era de un neutralismo radical y don Luis era un militante pro aliado, como los blancos independientes, el comunismo y el socialismo. El herrerismo quedó muy solo. Lo mismo pasa cuando surge el peronismo. Hubo una simpatía de Herrera con (Juan Domingo) Perón”, dijo Sanguinetti, quien en su libro analiza la compleja relación de los entonces presidentes de Uruguay y Argentina.

Como desde la época de la Defensa durante la Guerra Grande, Montevideo siempre fue refugio de exiliados políticos argentinos. Batlle Berres cobijó al antiperonismo y apoyó explícitamente a los partidos que le disputaron la elección a Perón.  En 1955, en la intentona golpista de la fuerza aérea que culminó con una matanza de civiles en Plaza de Mayo, los aviones rebeldes se refugiaron en Carrasco. Batlle Berres fue a recibirlos con abrazos y mientras no pudieran regresar a su país, habilitó a los pilotos a poner un puesto de empanadas en la plaza de Cagancha.

Este es quizá uno de los puntos menos destacados en el libro de Sanguinetti, quien en política exterior prioriza las críticas de Batlle Berres a la política de subsidios de EEUU, que perjudicaba a Uruguay, o el apoyo a la formación del Estado de Israel.

El comienzo del fin

“A Luis Batlle se le acusa de la decadencia que empezó en 1956”, dijo el historiador y columnista de El Observador Lincoln Maiztegui, quien tiene una opinión en general favorable a la gestión de Batlle Berres, aunque reconoció que su “cálculo de que Europa demoraría mucho en recuperarse económicamente fue muy erróneo. La idea de industrializar fue ambiciosa, pero no se realizó del todo”. “De todos modos, con el diario del lunes es fácil decir esto”, agregó.

 Más allá de la tolerancia y los valores cívicos que se le reconocen, la virulencia de los ataques de Batlle a la oposición, y en particular a Herrera, en discursos o desde su diario Acción, es por momentos extrema, como queda patente, por ejemplo, por el historiador José Rilla en La actualidad del pasado, su ensayo sobre los partidos políticos uruguayos entre 1942 y 1973. También combatió a la izquierda. Según Sanguinetti, gracias a las leyes sociales de Luis Batlle, los comunistas perdieron la mitad de su electorado en un lustro.

Chagas destaca de Batlle Berres su espíritu democrático, pero pone un manto de duda sobre el aspecto social. “Hay que ver los índices de violencia doméstica, la vida en los cantegriles...”, apuntó el historiador.

Reconoce que con Batlle Berres no hay ningún desafío moral a la sociedad, como sí sucedió con Batlle y Ordóñez, pero su sobrino deja un legado importante.

“El mejor momento es cuando pierde y entrega el poder. Fue un momento muy amargo: un Batlle teniendo que entregar el poder a los blancos. Ahí está su grandeza como líder y como ser humano”, concluyó Chagas.


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