¿Somos tan correctos como dicen?

Aceptemos con buena cara las advertencias o los consejos que no nos elogian pero nos dicen la verdad o nos aproximan a ella
L os uruguayos gozamos internacionalmente de buena fama: cumplimos los tratados y los contratos –o al menos casi todos–, no entramos en default, pagamos nuestras deudas soberanas y gozamos de buen crédito en los mercados internacionales. Aparecemos en lugares de privilegio en cuanto Índice de Transparencia Internacional o de Baja Corrupción circula por el mundo (aunque no ocurre lo mismo en los índices de libertad económica). También salimos bien posicionados en los índices sobre funcionamiento del Poder Judicial (excepto por lo que refiere al proceso penal, donde aún no nos hemos quitado de encima un proceso penal que da vergüenza y que es violatorio de todas las garantías individuales y constitucionales).

Cuando viajamos a Argentina o Brasil o cuando nos visitan argentinos o brasileños, recibimos elogios como país serio, cumplidor, poco corrupto. Y nos gustan estos elogios aunque sean en comparación con la patética corrupción que existe en ambos países vecinos. Pero el saborcito de gente que se porta bien, de país cumplidor no nos lo quita nadie. Y sentimos una satisfacción interna cuando vemos por TV los sacos llenos de dólares del exsecretario de Transporte de Cristina Fernández de Kirchner saltar por encima de los muros de un convento a las 3 de las madrugada. Y escuchamos con bastante fruición las denuncias que el periodista Jorge Lanata realiza los domingos de noche por TV.

Y luego, indulgentemente, decimos: por suerte esto aquí no pasa. Y efectivamente, no pasa. Nadie tira US$ 10 millones en efectivo sobre los muros de un convento ni construye extrañas bóvedas para amontonar billetes de moneda extranjera.

Pero no nos gusta que nos señalen desde fuera carencias, menos estridentes, pero no por ello menos graves. No nos gusta, por de pronto, cuando viene alguien a poner el dedo en la llaga de nuestro sistema educativo público. No nos gusta cuando alguien nos dice que para realizar inversiones, tenemos que mejorar una infraestructura vial que hemos dejado deteriorar en forma increíble porque el gasto público creció en otros rubros que traían más votos (y además nadie hace piquetes ni huelgas para que reparen carreteras o vías férreas).

No nos gusta cuando alguien de trayectoria intachable como la diputada argentina Elisa "Lilita" Carrió, autora de la mayoría de las denuncias que hoy se ventilan en los tribunales argentinos contra funcionarios del gobierno K (y contra otros funcionarios), nos visita y nos canta algunas verdades del estilo –y cito a nuestro columnista Dardo Gasparré para no equivocarme–, "la corrupción en Argentina está expuesta, es conocida, no hay Justicia, pero la corrupción se conoce y se expone. En Uruguay no se habla".

Gasparré, un veterano periodista que vive en Uruguay y nos conoce bastante mejor que muchos que miran de fuera, y que estuvo presente en los encuentros que mantuvo Carrió en Uruguay, no vacila en afirmar en su columna del 8 de noviembre en El Observador que ello es "un magnífico resumen sin concesiones para sus anfitriones, en el mejor estilo Carrió". Un estilo que es molesto incluso para el partido del presidente Mauricio Macri porque Lilita no es de callarse cuando los hechos de corrupción o de ilegalidad que afectan a la esencia de las instituciones republicanas aparecen en su propio partido.

Pero es bueno recordar, según la misma cita de Gasparré, que para Carrió, "la corrupción no es solo robar. Es no sostener principios, conductas, es el silencio, es aceptar el soborno de un cargo para ser sacado del camino de alguien a quien se moleste".

Ahí tenemos un buen espejo donde mirarnos. Ahí podemos mirar no ya si "alguien se llevó algo" (nuestra definición de corrupción) sino cuánto daño hizo con su mala administración de los dineros públicos. O si dimos una palabra o una promesa sabiendo que era incumplible. O si decimos una cosa hoy y la contraria mañana. O si nos resistimos a fortalecer la estructura institucional para mejorar la administración de justicia y para defender las garantías individuales. O si por hacer la plancha, desperdiciamos una década de oro sin hacer reformas profundas en la educación.

Hay muchas formas de corrupción. Hasta Confucio nos recordaba que si queremos corromper una sociedad nos basta con corromper el lenguaje. Y vaya si lo hemos hecho. De modo que aceptemos con buena cara las advertencias o los consejos que no nos elogian pero nos dicen la verdad o nos aproximan a ella. Este país tiene muchas batallas que dar para asegurar el bienestar de las generaciones futuras y esconder la cabeza como el avestruz para no enfrentarlas es una forma de corrupción. Solapada y discreta, sí. Pero corrupción al fin. Y no debería tolerarse. l


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