Suárez, los futboleros de siempre y los nuevos convertidos al fanatismo

Como nunca antes, los uruguayos mostraron sus peores dientes para morder a los herejes

Garca; pecho frío; no sabés nada de fútbol; no tenés sangre en las venas. Alguna de estas cosas, o todas juntas, han sido dichas en los últimos días en las redes sociales contra aquellos que consideraron exagerado escrachar una embajada en protesta por un resultado futbolístico, o por entender que en el caso que involucró a Luis Suárez no hay un drama humano de esos que hacen llorar.

En mi caso, el vínculo que tengo con el fútbol se parece al que tienen muchísimos uruguayos. Como casi todos los chiquilines jugué a la pelota, y creo que pensaba bastante bien el desarrollo del juego aunque en ocasiones alguna torpeza me impedía meter la guinda a dónde me lo había dictado el cerebro.

Sé de fútbol de la misma forma que sé escribir. Si me preguntan si la palabra que estoy escribiendo ahora es un adverbio seguramente dudaré un ratito pero, al final, la frase quedará escrita de una forma bastante decente.

Del mismo modo, desconozco el nombre de un montón de jugadores, cada vez más desconocidos, y no percibo claramente cuando un 4-3-3 se convierte en un 4-3-1-2.
Pero me doy cuenta de cuestiones básicas y sé lo que se siente cuando una pelota te llena el empeine. Puestos a contar, contaré que fui a 18 de julio a festejar, emocionado, más de una copa Libertadores y que con 16 años lloré cuando quebraron al Nando Morena.

“¿Qué te justificás tanto, cagón?”, preguntará algún barrabrava que, extrañamente, se encontró con esta historia mínima.
Conté lo que conté para decir que yo soy un futbolero y usted, que me dice garca, es otra cosa. Un futbolero le grita “negro cagón” al ghanés que erró el penal contra Uruguay en el mundial de 2010; en ese momento se lo grita con todas las ganas pero con el correr de las horas deja de creer que el africano es un miedoso que arruga ante cada situación difícil.

En cambio, el imbécil que se dice hincha del fútbol, sigue pensando, 24 horas después, que el “negro cagón” es un negro cagón de verdad.
El futbolero grita “brasilero pizarrero hijo de puta” cuando, después de meter el segundo gol contra Uruguay, un puntero empieza a divertirse con los defensas celestes.

Un estúpido con camiseta considera que todos los brasileros son sobradores y, cómo no, cagones. Estos fanáticos son incapaces de recordar que, históricamente, los brasileros suelen pintarles la cara al que se le ponga adelante sin necesidad de mostrar cualidades de macho oriental.

Para terminar, diré que la tristeza –la lástima, mejor dicho- por la sanción a Suárez me duró unos diez minutos. Hasta que me puse a pensar que se trata de un joven millonario que se tomará un descanso de cuatro meses y que en octubre seguirá jugando al juego que mejor juega y que más le gusta.

En todo caso, Suárez ha tenido muchísima suerte de haber dejado atrás la pobreza y de lograr aparecer en casi todos los televisores del mundo pegando un  mordisco de esos que no lastiman a nadie.

Suárez ya pidió disculpas por haber hecho lo que la mayoría de los uruguayos juraban que no había hecho, y la gilada se tranquilizó bastante ante la evidencia.

Pero durante más de una semana, los hinchas uruguayos se fanatizaron de la peor manera y mostraron sus dientes con la intención de pegarle el tarascón a quien les sugiriera que se estaban comportando con el sentido común de un perro. Para mordidas, me quedo con las de Suárez.


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