Tabaré Vázquez: Partiendo la historia

“Festejen, uruguayos, festejen, que la victoria es de ustedes”

Tabaré Vázquez apareció en la vida política pública casi por casualidad, pero le tocó ser el líder frenteamplista que, finalmente, pudo decirle chau a los colorados y a los blancos con un "festejen, uruguayos, festejen" –gritado desde un balcón tras las elecciones de 2004– para meterse de cabeza en los libros de historia.

Cuando el primer número en papel de El Observador salió a la calle en octubre de 1991, Tabaré ya era Tabaré, ese que, también por primera vez, llevó a la izquierda al gobierno departamental de Montevideo.

Pero le faltaba bastante para que se convirtiera en el hombre del que tanto se hablaría en los años que transcurrieron desde aquel inicio de la década de 1990, cuando ya empezaba a ganarse los titulares de los medios de comunicación.

Sobre los orígenes de Vázquez se ha escrito hasta el hartazgo. Nacido y criado en La Teja, hijo de un empleado de ANCAP y de un ama de casa, de chico trabajó haciendo de todo un poco. Hay quien atestigua haberlo visto vendiendo galletitas, otros lo recuerdan cargando bolsas de hielo o atendiendo en la licorería de la familia Carrau. Lo apodaban el Fino o Tabita, fundó el club Arbolito y a partir de 1979 presidió el Club Atlético Progreso.

En un artículo publicado en El Observador cuando asumió su segunda presidencia se cuenta una historia que revela algunas de las claves del ascenso político de Vázquez. Allí se narra que en la campaña electoral de 1989, cuando aún el Frente Amplio era mayormente un movimiento formado por dirigentes nacidos en la clase media y votados por uruguayos de la misma raíz social, Vázquez se metía en los barrios más pobres como quien entra en su casa. Una vez en Cerro Norte fue recibido por un morocho de voz aguardentosa que lo insultaba desde debajo de un árbol. Vázquez se le acercó, le señaló la botella y lo encaró con un "¿me convida?".

El candidato le pegó un buche al menjunje y al rato el borracho lo estaba acompañando en su recorrida por el barrio.

Así como esa vez no le hizo asco al alcohol, en su juventud Vázquez supo fumar sus buenos atados de cigarrillos Richmond junto a sus amigos. Eso no fue obstáculo para que dedicara su vida a la oncología y, ya como presidente de la República, se sumiera en una campaña despiadada contra el consumo de tabaco.

Así como cambió su relación con el cigarrillo, Vázquez fue cambiando sus amistades a medida que crecía y, cuando ganó por segunda vez la presidencia en las elecciones de 2014, intensificó, por ejemplo, sus contactos con el gerente de Cutcsa, Juan Salgado. Del mismo modo, fue tomando decisiones que beneficiaban a los pobres pero también exonerando de impuestos a grandes empresarios.

Esa "moderación" y su rechazo a la despenalización del aborto fueron algunas de las razones que lo llevaron a chocar en más de una oportunidad con varios sectores del Frente Amplio para los cuales los dichos del oncólogo ya no son palabra santa.

Maestro de la masonería, Vázquez se mudó de La Teja al Prado cuando empezó su ascenso social, pero cada tanto vuelve al barrio para visitar a su hermana o para votar cada cinco años.

Vázquez tiene 76 años y, después de que deje el gobierno en 2020, seguramente su peso político se disolverá en medio de las disputas por quedarse con la herencia del poder que ejerció durante más de una década. Quienes lo conocen saben que a Vázquez no le gusta perder ni a la bolita, pero nadie mejor que él es consciente de que tarde o temprano lo alcanzará la biología, esa biología que le dio el tiempo necesario para ser dos veces presidente, hazaña solo alcanzada por José Batlle y Ordóñez y Julio María Sanguinetti.

Los vecinos de La Teja ya dan como un hecho que, dentro de algunos años, al menos la humilde plaza Lafone llevará el nombre de quien solía corretearla cuando el poder era cosa de grandes, y la escondida y la pelota de fútbol eran un asunto serio.

Esta nota forma parte de la publicación especial de El Observador por sus 25 años.


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