Templos de música y goles

Los estadios son alcancías de historias que no reciben la pleitesía que merecen
El legendario estadio londinense White Hart Lane, inaugurado el 4 de setiembre de 1899, ha cerrado sus puertas. Lo van a tirar abajo. La vida de un edificio utilizado como casa de gobierno, universidad o museo es menos corta que la de un estadio, por más histórico que este pueda ser. No hay compasión ni tradiciones capaces de salvarlo. Por 118 años fue el hogar del club de fútbol Tottenham Spurs. El record de asistencia lo tiene el partido de los Spurs contra Sunderland (final de FA Cup), el 5 de marzo de 1938, cuando en las tribunas hubo 75.038 espectadores. El último partido se disputó el domingo pasado, con una asistencia de 31.848 personas. Tottenham le ganó al Manchester United 2-1. El último gol en ese césped lo hizo Wayne Rooney.

El final de la vida de un estadio me entristece. Soy un turista profesional de estadios y cementerios. A cada ciudad que voy, lo primero que visito son cementerios donde está enterrada gente que me interesa, y estadios con historia propia. El año pasado visité el Giuseppe Meazza/San Siro en Milán, y de la emoción casi me pongo a llorar, de imaginar nomás a las tribunas coreando el nombre del Pepe Schiaffino en un domingo épico, de los que el mejor futbolista uruguayo de todos los tiempos tuvo montones. Me emocioné más visitando el Meazza, que el Coliseo de Roma, porque a los romanos les interesaban pasatiempos más violentos que el fútbol, como las peleas de gladiadores. En el Coliseo, conociendo su sangrienta historia, sentí cierta repugnancia ante la condición humana.

Pocas cosas tan características de la modernidad como los estadios. Su protagonismo en la era moderna está asociado tanto a espectáculos deportivos como musicales. El espectáculo musical más grande y universal de todos los tiempos, aun no superado por nada organizado después, se realizó en dos estadios simultáneamente. El 13 de julio de 1985 se realizó Live Aid, acontecimiento musical y benéfico compuesto por dos conciertos simultáneos, uno en el estadio Wembley de Londres, y el otro en el estadio J. F. K., de Filadelfia, los que fueron trasmitidos a todo el planeta por televisión. Como pocas veces antes y después, unieron a la gente de buen corazón y oído, quienes por un rato llegaron a creer que "todos éramos el mundo", tal como decía la letra de la canción puesta a la venta en marzo de ese año para recaudar fondos para Etiopía y Somalia.

El último gran concierto al aire libre que dieron los Beatles fue el 29 de agosto de 1966 en el Candlestick Park, legendario estadio ubicado en San Francisco, que fue la casa de dos clubes históricamente ganadores, los Gigantes (béisbol) y los San Francisco 49ers (fútbol americano). El Estadio Centenario de Montevideo no es solo el recinto de majestuosa arquitectura donde la selección uruguaya salió campeona del mundo por primera vez en 1930, sino también donde tocaron, entre otros, Paul McCartney y los Rolling Stones. La primera vez que fui al estadio Monumental de Buenos Aires, cancha de River Plate argentino, no jugaba Uruguay ni Peñarol. Tocaban los Rolling Stone. Fue en febrero de 1995.

Mientras la música sonaba, imaginé la secuencia de cuatro goles que Peñarol le metió a River en esa cancha, por la Copa Libertadores de 1982. Rock y fútbol es una combinación perfecta, tan buena como pizza y fainá. Los estadios son medidores del ego y del potencial presente de un ser humano. Un solista o grupo sabe que ya no es una superestrella mundial cuando deja de llenar estadios y sus conciertos se realizan en teatros o gimnasios. Un futbolista sabe que sus días como profesional se acabaron apenas deja de disputar los partidos en estadios.

El trato que reciben los estadios, en su condición de alcancía de historias, no siempre es justo. Mientras que en Alemania, no por falta de dinero sino por respeto a ciertos espacios insustituibles, los estadios históricos han tenido una bendita cirugía estética, en Inglaterra se practica el feroz arte de la demolición. Tiempo atrás demolieron el Highbury (Arsenal) y ahora White Hart Lane. Cuando el Estadio Centenario tenga la edad que hoy tiene el Coliseo romano, ¿seguirá en pie como lo que todavía es, una estructura viva de la mejor memoria del fútbol? ¿O bien no quedará nada de él, salvo su nombre oculto en algún libro de curiosidades? Los estadios de fútbol, espacios emblemáticos de la modernidad, no tienen garantizada su posteridad. Como los árboles, mueren de pie. Y casi siempre lo hacen en plena gloria. Los estadios con historia gloriosa son catedrales, y por tanto, incluso los más pequeños, deberían recibir trato especial, pues de ellos salen al cielo en forma de grito de gol miles de plegarias, todas ellas de agradecimiento, pues el fútbol es una pasión mundial que da las gracias.

Por razones tal vez asociadas a su masiva utilidad, los estadios raras veces reciben el respeto y veneración que alcanzan otros espacios públicos, considerados monumentos de la humanidad y por eso mismo, intocables, como las catedrales, los museos, o los edificios inaugurales de un estilo o de un tipo de arquitectura.

Veamos. A nadie se le ocurriría convertir en escombros a la parisina catedral de Notre Dame, o a la torre de Pisa (que pronto será de piso), al Museo del Prado o al Hermitage de San Petersburgo donde filmaron la extraordinaria El arca rusa. O, por qué no, el Taj Mahal con su blancura de novia inmóvil. Intocables todos.

Sin embargo, tiraron abajo un lugar cargado de recuerdos como el Estadio de Wembley, donde se disputó la final del Mundial de 1966, aunque construyeron otro con el mismo nombre que nunca será lo mismo, porque los recuerdos viven en los espacios donde nacieron. El Estadio Olímpico de Berlín, diseñado por Werner March, construido en 1934, y renovado con lujoso facelift para el Mundial de 2006, es una joya quieta de la arquitectura, con una historia fabulosa pues allí, en las Olimpíadas de 1934, el atleta negro estadounidense Jesse Owens ganó cuatro medallas de oro ante los ojos de Adolf Hitler, a quien se le vio con su bigotito cubierto de la baba de la ira.

Por ese sitio engramillado pasó la segunda guerra mundial con sus feroces batallas, y quién sabe cuántos murieron cerca, bien cerquita, de donde en 2006 Zinedine Zidane le dio terrible cabezazo a Marco Materazzi. Hijo de la supervivencia, el Olímpico de Berlín nunca podrá morir y siempre estará condenado a recibir varias reencarnaciones de embellecimiento.

Los estadios son casi tan importantes como los sanatorios, pero mucho más importantes que las cárceles. Sin ellos, el mundo, y sobre todo el fútbol (a veces sinónimos), sería diferente, como incompleto o mucho menos total. Los estadios son protagonistas habitables de nuestra era, una que comenzó cuando ninguno de nosotros todavía era, pero aún siguen sin recibir la pleitesía arquitectónica que deberían y que, de tenerla, los mantendría ilesos para siempre.

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