Siria: la muerte en vivo, por Youtube y Twitter
A diferencia de Srebrenica o Ruanda, nadie podrá decir que el horror se descubrió después: lo presenciamos diariamente, al punto que ha dejado de ser noticia
A veces la política se reduce a símbolos. A grandes títulos, trazos gruesos que ayudan a entender el mundo en blanco y negro. La Primavera Árabe fue un ejemplo claro. Mohammed Bouazizi, el vendedor ambulante que se inmoló reclamando un cambio en Túnez, es un símbolo de la lucha contra Ben Alí. La Plaza Tahrir de El Cairo, ese ente informe y disperso, es la imagen de la batalla de Egipto contra la opresión de Hosni Mubarak. Los rebeldes, otra entelequia sin nombre, es el símbolo de la lucha en Libia contra el dictador Muammar Gadafi.
Pero en Siria es diferente. El país está sumido desde hace 15 meses en una guerra que se le escabulló a la simplificación de la Primavera Árabe. El dictador Bachar Al Asad disparó contra su propio pueblo, y su pueblo respondió. Se transformó en una lucha sorda y asquerosa: matanzas indiscriminadas de civiles, atentados masivos de extremistas islámicos que han aprovechado para infiltrarse; violaciones de niños y niñas, o masacres como la fin de semana, en la que 116 personas -32 de ellos niños- murieron en la localidad de Al Houla, por la cual oposición y gobierno lanzan acusaciones cruzadas. Las muertes en Siria -mas de 9.000 desde el inicio de la revuelta- se acumulan hasta el punto más atroz: tanto nos hemos acostumbrado que han dejado de ser noticia.
En los otros países, el poder cedió. Lo hizo por la presión popular, pero también porque sus socios les soltaron la mano. En Egipto fue EEUU, el viejo aliado de Mubarak. En Libia fueron los pocos socios estratégicos que le quedaban a Gadafi en base al poder petrolero.
En cambio, Siria está empantanada en la peor hipocresía de esa otra entelequia llamada “comunidad internacional”: de un lado Estados Unidos, Europa y hasta la Liga Árabe, que quieren a Al Asad afuera cuanto antes, y que por debajo de la mesa han optado por armar a la oposición. Del otro lado, Rusia y China, con intereses estratégicos en la región, mantienen el apoyo a Al Asad, se niegan a una intervención internacional y lo pertrechan hasta los dientes. Tienen poder de veto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y por eso empantanan cualquier intención de acción directa.
Esa suma cero se traduce en un goteo de muerte diarias que lleva 15 meses. Una inmovilidad inmoral, que se cuece en los pulcros pasillos de la sede de la ONU en Nueva York.
Occidente y la Liga Árabe abrieron la puerta para el ex secretario general de la ONU Kofi Annan intente un plan diplomático de cinco puntos, que incluye un alto al fuego, un mesa de negociación y la circulación libre de la prensa extranjera por el país. Nadie cree que pueda obrar el milagro… pero no tienen idea para dónde ir. Saben que cualquier otra solución puede derivar en más sangre de lo que se está derramando hoy, porque la oposición está dividida, porque el extremismo islámico se ha metido en el medio y ha embarrado la cancha, porque la violencia también está presente en el lado rebelde, y porque la experiencia de Libia muestra como el después del dictador puede derivar en un caos peor que la opresión.
Del otro lado, Rusia tienen en Al Asad uno de sus últimos aliados en la región –y de quien recibe millones de rublos por venta de armamento-. Cree que EEUU quiere seguir moldeando el mapa de la región en su propio interés –algo cierto pero sólo en parte, teniendo en cuenta que la Liga Árabe respalda la caída del dictador-. Pero sobre todo, China y Rusia usan el caso Siria para sacar a relucir su poder de veto en el Consejo de Seguridad, de manera de insistir en que el rumbo de la política internacional ya no se dicta desde la sede del Departamento de Estado de EEUU.
Es cierto, la ONU tiene hoy observadores en suelo sirio, y la misión de Annan -que vuelve este lunes a Damasco- es una prueba más de que se están intentando recorrer todos los caminos. Pero quizás eso sea lo peor de todo: porque a diferencia de Srebrenica o Ruanda, nadie podrá decir que el horror se descubrió después: lo estamos presenciando en vivo y en directo, por Youtube y Twitter.
Quizás en 20 años alguna corte internacional juzgue a Al Asad o a sus subalternos, o a los rebeldes que han optado por el mismo derrotero de violaciones a los derechos humanos. Como con los asesinos de la guerra de los Balcanes, quizás los actores de la comunidad internacional se felicitarán por haberlos atrapado, sin ponerse colorados por no haber hecho nada cuando aún se podía.

















