La UM que yo conocí
Este es un blog de temas del mundo; sin embargo, lo que ocurrió en torno a la Universidad de Montevideo me generó la necesidad de hacer un alto y contarles lo que pienso
Soy uno de los tantos a los cuales las palabras de la doctora Mercedes Rovira, que el domingo renunció a asumir como rectora de la UM, le provocaron mucho dolor y amargura. Porque la UM que estuvo en la picota en estos días no fue la UM que conocí.
A la UM ingresé en 2002, con mucho esfuerzo de mis padres y mío, y gracias al impulso de una decana que se jugó para conseguirle becas a un montón de alumnos que tenían el valor personal y los méritos académicos, pero que no tenían los medios económicos en el medio de la peor crisis económica y social del país. Una decana que se jugó por lo que veía en cada entrevista personal, más allá de calificaciones o antecedentes. Esa decana nunca le preguntó a sus alumnos si eran tréboles de cuatro hojas. Porque no era lo importante. Lo importante era ser bueno, y ser bueno no tiene nada que ver con la sexualidad.
Así, compartir cada día durante cuatro años con mi generación y las que vinieron luego fue una de las experiencias más enriquecedoras de mi vida. Gente que venía de la educación pública, de la privada, de la religiosa, de la laica. Las mejores calificaciones, en muchos casos, venían de los estudiantes que llegaban desde la tan denostada educación pública, como para ayudar a derribar los primeros preconceptos.
Pero después vi como los preconceptos se seguían derribando. Como alguien del Opus podía compartir clase, discutir y crear una amistad con un ateo militante (vaya novedad, pensará alguno, y puede ser. Yo cada vez lo veo menos en la sociedad). La brecha no se creaba entre las ideas: se creaba entre los que tenían la capacidad de abrir la cabeza, escuchar y aceptar la diversidad de opciones y opiniones, y los que no. Entre los que se quedaban en el preconcepto del otro, y los que no. Entre los que tenían ganas que la Universidad fuera algo más que un lugar a donde ir a dar exámenes y recibir un título, sino una de las instancias decisivas en las que ingresamos como adultos a la sociedad, y los que no.
En la UM conocí por primera vez a compañeros de clase homosexuales. No era cuestión de anunciarlo en la cartelera, pero tampoco de sentir vergüenza de ello. Algo privado, como también es la heterosexualidad, o cualquier opción personal. Pero a diferencia de lo que opina la señora Rovira, nunca una "anomalía".
Me dolió lo de Rovira porque en la UM yo respiré libertad. Quizás la Facultad de Comunicación fuera más liberal que otras, y es cierto que muchos profesores llegaban desde lugares que van adelante en la lucha por vencer a la discriminación. También es cierto que a veces las opiniones de otros docentes llevaban al asombro, a la bronca o a la sensación de decir ‘dónde me metí’. Pero al terminar la carrera vi el cuadro un poco más claro: en esos cuatro años tuvimos la chance de debatir en clase de Retórica sobre la homosexualidad, en clase de Teología o de Opinión Pública sobre el derecho al aborto, en clase de Literatura sobre la revolución sexual de los 60, sin que ninguna opinión fuese más válida que la otra.
En la UM me tocó la suerte de tener profesores que nos enseñaron espíritu crítico. Que nos impulsaron a pensar por nosotros mismos. A no dejarnos llevar por el ruido del momento, ni tampoco por la doctrina general. A pelear por ser justos y honestos, y que como futuros periodistas, lucháramos para que todos tuvieran su voz. Y que me enseñaron que el debate, que las diferencias, que la diversidad, son la mejor forma de enriquecerse, de ser mejor profesional y mejor persona.
No me gustó el linchamiento a Rovira en estos días, ni el prejuicio fácil que sus desgraciadas palabras provocaron hacia la UM, como si la universidad fuera una institución de la inquisición o la puerta inexorable al Opus Dei. Pero al mismo tiempo, sus palabras fueron un insulto y ofendieron a muchísima gente, como bien dice Diego Palma, también ex alumno de la UM, en una carta tan clara como honesta. Yo agregaría que las palabras de Rovira también deben haber ofendido a algunos de sus compañeros del Opus. Porque los valores no tienen nada que ver con la discriminación. La decisión de contratar un docente tiene que ver con que, además de tener los méritos académicos, la persona sea buena, y le abra la cabeza a la gente para pensar por sí mismos. Exactamente lo contrario a las palabras de Rovira, que reflejan lo que hubiese promovido como rectora.
Las universidades, en cualquier país, son usinas de pensamiento. Son los centros de desarrollo intelectual a partir de los cuales las sociedades avanzan. Solo una universidad en la que las ideas fluyen, se enfrentan, se chocan y se transforman, cumple esa función. Y para eso se necesita diversidad. En la visión que Rovira expresó a Búsqueda, la UM solo hubiese sido una tribuna de doctrina.
“La Facultad de Comunicación somos cada uno, y la UM necesita a cada uno. Que se enteren todos”, me escribió hace unas horas alguien que tuvo mucho que ver en hacer de la UM una institución que buscara la universalidad. Y es cierto. La Universidad somos cada uno, en tanto cada uno tenga la libertad de decir, de pensar, de hacer.
Yo quiero una Universidad universal. Esa es mi UM. Y por suerte, la de muchos. Y es, ni más ni menos, lo que está en cuestión en este momento. La decisión que tomó la UM el fin de semana es un paso fundamental para seguir caminando hacia esa meta.



















