La polÃtica en clave KGB
La historia del ascenso y caÃda de la opositora ucraniana Yulia Timoshenko sirve para graficar cómo funciona la polÃtica en muchas de las ex repúblicas soviéticas
La historia es perfecta. La rubia deslumbrante, parecida a Gwyneth Paltrow, con unas largas trenzas rubias que la hacen parecer una guerrera vikinga, está recluida en una roñosa prisión ucraniana, por el delito de defender la democracia ante el viejo poder pro soviético, que destruyó la apertura política conseguida en 2004 con la “Revolución Naranja”.
Así es como buena parte del mundo ha comprado la historia de Yulia Timoshenko, la principal líder de la oposición de Ucrania, que por estos días empezó una huelga de hambre, y por quien buena parte de occidente clama al gobierno de Kiev su liberación. Y hasta algunos, como la presidenta alemana Angela Merkel, ya hablan de un boicott a la Eurocopa de Fútbol 2010.
Detrás de su historia están las idas y vueltas de un país donde la política está escrita en código KGB. Timoshenko es una hija de burócratas comunistas que se hizo millonaria al dirigir la mayor empresa gasífera de Ucrania, país que importa desde Rusia el 100% del gas que consume.
Como política saltó a la fama de la mano de Víktor Yúshchenko, el aperturista, pro democrático y europeísta conductor de aquella Revolución Naranja de 2004, una serie de manifestaciones populares que llevaron a anular unas elecciones amadas a favor del pro ruso Victor Yanukovych. Si el apellido Yúshchenko no le dice nada, su cara sí: se trata de aquel opositor que denunció haber sido envenenado con dioxina durante una cena con el servicio secreto en la campaña electoral de 2004. Salvó su vida por milagro, pero su cara –que supo ser la de un galán- quedó destruida. ¿Quién era su opositor? El actual presidente Víctor Yanukovych.
Yulia Timoshenko fue la primera ministra de Yúshchenko, aunque la alianza no duró demasiado, y tras un año el presidente terminó destituyéndola para acordar con su ex enemigo Yanukovych.
Las elecciones presidenciales de 2010 los enfrentó a los tres. El presidente Yúshchenko quedó destrozado con un 5%, mientras que Yanukovych y Timoshenko pasaron a segunda vuelta, y el pro ruso terminó ganando por tres puntos, en unas elecciones que observadores de todo el mundo destacaron como de una limpieza absoluta.
Parecía un líder pragmático cambiado por las circunstancias. Inició su mandato prometiendo equidistancia de Rusia y Occidente –a quien solicitaba la entrada a la Unión Europea-, pero pronto se fue volcando al viejo aliado. Claro, como país chico al lado de un gigante –¿les suena?- hizo concesiones para obtener algunas ventajas estratégicas. Por ejemplo, negoció una reducción en el precio del gas que le vende Rusia, pero a cambio, concedió a Moscú el derecho para que su flota naval ocupe durante 25 años el puerto de Sebastopol, en el Mar Negro, y se negó a seguir batallando para que Rusia reconozca la hambruna de Holodomor en 1932 y 1933 como un genocidio.
De todos modos, lo siguiente no se lo esperaba nadie: en su búsqueda por sacarse rivales políticos de encima, “apareció” una causa penal contra Timoshenko: una acusación de abuso de poder durante una negociación con Rusia por el precio del gas cuando era primera ministra.
Como todo el capitalismo salvaje que se desató en los países soviéticos tras caída de la URSS, el origen de la fortuna de Timoshenko es turbio, lo que fortalece las acusaciones de que la líder opositora desvió al sector público millonarias deudas de la empresa. Incluso, muchos de sus ex socios cayeron presos aún antes que ella consiguiera cargos políticos de primer orden. Sin embargo, la sentencia contra Timoshenko consiguió un unánime rechazo: como era lógico, lo encabezaron la UE y Estados Unidos, pero hasta el canciller ruso Sergey Lavrov dijo que el caso estaba “altamente politizado” y el primer ministro Vladimir Putin dijo que estaba “anonadado” por la decisión. Como bien dijo el Think Tank estadounidense Brookings, Yanukovych consiguió así un “asombroso hat trick” en su contra.
En los últimos días, la rubia Timoshenko empezó a jugar cartas más pesadas: denunció golpizas en la prisión, mostró fotos de lo que denuncia le hicieron sus carceleros y decidió continuar con su huelga de hambre en reclamo de liberación y. Paralelamente Occidente jugó sus cartas: la única manera que Ucrania pueda seguir las negociaciones para ingresar a la UE –y disminuir su dependencia de Moscú- es liberando a Timoshenko.
La amenaza de boicot a la Eurocopa de fútbol no es menor, ya que se trata de uno de los pocos eventos por los cuales el mundo pondrá atención a la olvidada nación del Mar Negro. Eso lo hará querer hacer valer la Juana de Arco de la Oposición, que, se lo garantizo, aparecerá mucho en los medios en los próximos meses. Pero quien le dice que en unos años, a pesar de la indignación de hoy, Timoshenko y Yanukovych no terminen como aliados electorales. Es la política en clave KGB.





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