Tiempo de desilusión

Malestar de muchos uruguayos por el empleo inseguro y la baja rentabilidad de sus empresas
El talante de muchos uruguayos, que durante más de una década fue más bien esperanzado u optimista, está metido en una ciénaga de malhumor.

La ciudadanía atraviesa desde 2015 un "cambio de humor", hecho de temor e incertidumbre, afirmó el miércoles el director de la consultora Equipos, Ignacio Zuasnábar, quien alertó sobre las eventuales consecuencias políticas del fenómeno. No se veía tanto pesimismo desde los años previos a la crisis de 2002.

No parece del todo justo. Después de las elecciones de 2014, cuando menguó la adrenalina provocada por el gasto público, la economía uruguaya atravesó un período de languidez de casi dos años.

Pero la maquinaria aceleró otra vez en los últimos meses de 2016, gracias al dinamismo exportador y a una excelente temporada turística, que es una forma de exportar servicios.

El petróleo, uno de las principales importaciones, está barato, y Uruguay aún puede tomar crédito (deuda pública) a un costo más bien bajo. Parece además que Brasil y Argentina retoman el crecimiento –y una demanda creciente de bienes uruguayos.

Claro que también hay problemas considerables: dólar bajo y costos internos altos, empezando por las tarifas públicas, lo que asfixia a los productores y a las agroindustrias; un déficit fiscal grande y resistente a la baja; deuda pública cada vez mayor, con creciente peso de las amortizaciones e intereses. El gobierno, que intenta una mayor apertura al mundo, parece muy dependiente del salvavidas de UPM.
Pero el mayor temor de muchos uruguayos se concentras en torno al empleo. Desde 2011, cuando la desocupación anual promedió 6,3%, la más baja desde 1981, la situación ha desmejorado gradualmente. Ahora el desempleo supera el 8%, en tanto un porcentaje todavía mayor está subempleado, en la medida que desea trabajar más y no puede.
La oferta de trabajadores crece sin cesar desde la década de 1960, una tendencia mundial que en buena medida se explica por la incorporación en masa de la mujer al mercado laboral.

Uno de los problemas es que se demandan puestos de cierta calificación, en tanto en la oferta predominan los jóvenes de baja formación relativa.

Otro problema es que ha caído mucho la actividad de algunos grandes demandantes de mano de obra poco especializada, como la construcción o la industria sencilla, de tareas repetitivas. También cae el empleo en el interior por la baja o nula rentabilidad agropecuaria.
Muchas empresas pequeñas y medianas están con números muy justos o en rojo, rasguñando para sobrevivir. Y las empresas de mayor porte huyen de los conflictos e ineficiencias que traen consigo las plantillas numerosas. Prefieren automatizar, simplificar o "tercerizar" procesos, antes que tomar empleados.

Hay enojo o desmoralización entre muchos empleados o pequeños empresarios por el peso de los planes de asistencia a marginales y jóvenes "ni-ni". Reclaman que se impongan contrapartidas a los beneficiarios, y una menor tolerancia ante el delito, el vandalismo, la mendicidad y las personas que viven en las calles.

Una parte de los jóvenes más calificados y más ambiciosos sigue emigrando. Otro sector de jóvenes, que no terminó la Secundaria y reside en barrios humildes, no tiene oportunidades y cultiva su resentimiento.

El historiador José Pedro Rilla advirtió sobre la grave caída de la formación de los parlamentarios y los sindicalistas, pobremente asesorados y propensos a improvisar.

En una entrevista con El País, en febrero, afirmó que a los uruguayos, en realidad, no les importa la calidad de la enseñanza.

"Esto es un desbarranque total y no pasa nada. Vamos camino a una nueva frustración. Con el liderazgo político que tiene la educación uruguaya no vamos a salir nunca de este pozo".

El malhumor y la frustración tienen una dimensión política. Habrá cambios significativos en 2019, sugieren los estudios de opinión de Factum y Equipos.
El gobernante Frente Amplio ya no goza de la popularidad o aceptación que lo blindó durante una década en el gobierno. A la izquierda tampoco le será fácil renovar sus liderazgos, después de muchos años de predominio de la tríada Tabaré Vázquez-José Mujica-Danilo Astori.
La oposición también es un magma incandescente, salvo la mayoría del Partido Nacional.

Sin embargo la desilusión y la ansiedad en Uruguay no parecen llegarle a los talones a la ola que recorre Occidente. Tampoco está a la altura de la que experimentan por ejemplo los brasileños, ni se parece a la partición en dos bloques que destruye a Argentina y a Venezuela.

La política nacional es más pacífica y la economía, aunque debilitada, no se paralizó, como le ocurre a Argentina desde 2008 y a Brasil desde 2014. Tabaré Vázquez y su elenco, aunque a la defensiva, no han debido luchar por su vida a cada paso.

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