Tocándole la cola al tigre

Cierto gesto soberbio ante el gobierno provisorio de Brasil costará caro si Michel Temer y su banda se vuelven permanentes

Venezuela viaja hacia ninguna parte, la economía de Brasil se marchita, el presidente "interino" Michel Temer y su banda afilan los cuchillos para carnear a Dilma y a Lula apenas terminen los Juegos de Rio, el canciller Nin Novoa, quien venía muy bien, habló de más, Itamaraty anunció su enojo y algunos diputados de Uruguay, país que representa el 1,17% de la población del Mercosur, creen que el Parlasur, que no representa a nadie, puede mediar y desatar el nudo gordiano. El realismo mágico no es literatura sino la pura verdad de América Latina.

El gobierno uruguayo transfirió la presidencia rotativa del Mercosur a Venezuela, como correspondía, pese a la oposición de Brasil, Paraguay y Argentina. Fue una decisión irreprochable y digna de orgullo. Pero entonces Rodolfo Nin Novoa habló de "desagrado" con el presunto intento del canciller brasileño José Serra, quien vino a Montevideo el 5 de julio, de "comprar" el voto uruguayo, para que votara contra Nicolás Maduro, a cambio de prebendas comerciales.

Fue un grave error. No se le toca la cola al tigre. No hay que descartar que si, como parece, este gobierno interino que representan Michel Temer y José Serra se transforma en permanente, cobre unas cuantas deudas con intereses, incluidos a los castelhanos agrandados.

Nin telefoneó a Serra y le dijo que fue un malentendido. Uno de los problemas es que en los últimos años los gobernantes uruguayos han tenido demasiados malentendidos con sus vecinos: desde que "los argentinos son una manga de ladrones del primero al último" de Jorge Batlle en 2002, hasta "esa vieja (Cristina) es peor que el tuerto (Néstor)" de José Mujica en 2013, pasando por el pedido de asistencia de Tabaré a George W. Bush en 2007, lo que fue una decisión acertada, pues Uruguay lo ha hecho a través de la historia, pero que debió mantener en reserva.

Se puede jugar a ser un "enano molesto" y "el llorón del Mercosur", como afirmó la revista Veja en el año 2000; se puede ser un enano principista, como se ha sido ahora en el asunto Venezuela, y poner lo jurídico por sobre lo político (rectificando el triste papel cumplido por Mujica en 2012, cuando se humilló a los paraguayos); se puede incluso presumir de una mejor calidad de vida que los grandotes de al lado; pero no se puede perder la perspectiva y desubicarse. Tal vez Uruguay pueda darse el lujo de andar mal con alguno de sus vecinos, como ha ocurrido muchas veces a través de la historia, pero no con los dos a la vez. Y si se pelea, que sea por algo que valga la pena.

"Si no eres una gran potencia, hay que aceptar el papel que te toca jugar", dijo a El País unos días atrás el presidente de Finlandia, Sauli Niinistö. "Nosotros hemos sido durante la historia parte de Suecia y de Rusia, y eso nos ha enseñado mucho. No hay que sentirse más grande de lo que uno es".

Muchas veces Brasil –la verdadera potencia imperial de la zona en los últimos dos siglos– ha sido ingrato o prepotente. Lula miró para otro lado cuando el conflicto uruguayo-argentino por la fábrica de Botnia en Fray Bentos. Tabaré Vázquez y Danilo Astori debieron resignar un tratado de libre comercio con Estados Unidos, como deseaban, por las divisiones en el Frente Amplio y por la oposición de Kirchner y Lula, que les hicieron ver que Uruguay no se podía mudar de barrio.

Brasil puede ser un gigante pobretón, con baja calidad de vida promedio y a veces un poco tonto, pero su producto bruto es 44 veces más grande que el de Uruguay. Es el principal socio si se suman compras, ventas, inversión y propiedad de empresas.

Un feo rostro de Brasil aflorará después del recreo de los Juegos Olímpicos. Es casi un hecho que Dilma Rousseff será destituida, y que tratarán de arruinar las aspiraciones reeleccionistas de Lula. No tiene nada que ver con la justicia sino con la más descarnada lucha por el poder. Luego Michel Temer y compañía harán un ajuste severo para evitar mayores desastres económicos. Muchos Estados federales ya no tienen dinero ni para los sueldos. El gobierno no puede con los planes sociales ni con el creciente déficit de la seguridad social. El nivel de morosidad bancaria ha llegado al techo: familias y personas consumieron y ahora no pagan.

Temer y los suyos también tratarán de detener de un modo u otro la "operación lava jato", que dejó al desnudo la infinita corrupción brasileña y sacude a su clase política más que un golpe de Estado.

El Mercosur, en esencia un bloque proteccionista, sin líderes ni convicciones, ha sido un freno para Uruguay. Entre 1990 y 2000, durante su época de oro, los países socios crecieron a un promedio anual de 2,9%, en tanto Chile y Bolivia, abiertos al mundo, crecieron al 6,2% anual. Y luego las cosas empeoraron.

El destino de Uruguay debería ser el mundo, como lo fue hasta la década de 1930, y no sólo la región. Vázquez, Astori, Nin Novoa y otros en el gobierno y la oposición lo entienden perfectamente. Pero el Frente Amplio, que en 1991 dudó ante el Mercosur, ahora le teme al mundo. Cuanto más demore en quitarse sus miedos, más tiempo aplazará un mayor grado de independencia y prosperidad para los uruguayos.


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