Todo un naufragio

La primera puesta en escena de las catástrofes frenteamplistas es, sin asomo de duda, la del Mercosur
Alvaro Diez de Medina, especial para El Observador

Aseguraba Guy de Maupassant que los gobiernos tienen el deber de evitar los conflictos, del mismo modo que los capitanes tienen el de evitar los naufragios: el genial autor de Boule de suif lo hubiera confirmado con solo ver el insondable desastre en el que el Frente Amplio ha convertido la política exterior del país.

La primera puesta en escena de las catástrofes frenteamplistas es, sin asomo de duda, la del Mercosur, ese fementido ensayo de unión aduanera que no es siquiera zona de libre comercio, y que lo último que precisaba era lo que Uruguay contribuyera activamente a darle desde 2005: un inconducente giro declamatorio e ideológico, que así condenara al emprendimiento, y sus promesas de prosperidad a 15 años de rezago en una meramente cacareada integración económica.

La estocada mortal la dio, característicamente, el presidente José Mujica el día en que, agachando la cerviz del país ante el dictado de Brasilia y de Buenos Aires, empujara a Paraguay a su suspensión como miembro del bloque, al tiempo que irregularmente hacía entrar a este, y por la puerta trasera, a la Venezuela de Hugo Chávez, una corrupta dictadura bananera en caída libre y ajena a cualquier esfuerzo liberalizador de comercio o reglamentación alguna.

Ese día de 2012, el desdoroso presidente uruguayo que no encontrara violencia alguna en lucir en público un uniforme militar venezolano, o proclamar que el destino nacional debía "subirse al estribo" de Brasil, abrió el portal del frágil gallinero de nuestra integración a la comadreja del caos y, de paso, quebró el inmemorial equilibrio platense que indica que Montevideo debe en todo tiempo atesorar su nexo con Asunción, si es que quiere preservar el soplo de su independencia.

El año 2012 debería haber abierto nuestros ojos: el frenteamplismo ya había tolerado el bloqueo carretero del país por parte del gobierno argentino; había mordido, tolerante, el freno de la negativa de Buenos Aires a dragar el acceso a nuestros puertos; había jugado al mismo tiempo, y como nos vinimos a enterar después, juegos de guerra en tableros de cartulina.

Pero ni eso nos sirvió de alerta.
Y así fue como llegara la incalificable remesa de presos provenientes de Guantánamo, edulcorada como "misión humanitaria", luego pícaramente presentada como una astuta triquiñuela para vender algunos "cajones de naranjas", y hoy expuesta en lo que es: una frívola tercerización carcelaria que ha convertido a Uruguay en mazmorra gratamente cedida para que Mujica causara una buena impresión.

¡Y no olvidemos la llegada de los refugiados sirios!
Otro fracaso, encargado a expertos en cebadura de mate que, presurosos, salieran en fotos y filmaciones de bienvenida, y hoy brillan por su ausencia, ya de regreso a la comodidad de sus nidos presupuestales.

La tercera administración frenteamplista no interrumpió, claro, la catarata de espantos: el anuncio, para el mes de enero de 2017, de una planta regasificadora basada en una mera promesa de adquisición de gas por parte de Argentina (apenas faltarían cuatro meses para su inauguración, recuerdo); la (desmentida) presentación del proyecto de una tercera planta de celulosa al gobierno de Buenos Aires; el patético pésame oficial por la "gran injusticia" que encerraba el relevo de Dilma Rousseff en Brasil. Y la tragicomedia del Mercosur, en cuya trama la gestión oficial no es respaldada ni por el partido de gobierno ni por los de la oposición.

¿Quién dejará de considerar, pues, como una generosa bendición del cielo el hecho de que el Consejo de Seguridad de la ONU, en el que Uruguay aceptara un sillón, sea hoy un organismo mayormente irrelevante, sin injerencia en asunto alguno de significación internacional?
¿Podría alguien imaginar lo que ocurriría si, revirtiéndose esta situación, el Uruguay que ha empequeñecido y ridiculizado el Frente Amplio tuviera que participar de alguna decisión de amplia proyección histórica? Contemos, entonces, con expectativa cada uno de los días que nos restan, expuestos a esa ordalía.

Todos estos pecados, furcios y chapuzas han vuelto ahora a cobrar su tributo.
Embretados en deplorar el acceso de la administración Temer, nos vimos igualmente embretados en entregar una ceremonial presidencia pro témpore del Mercosur al grotesco gobierno venezolano, recibiendo el menosprecio de las tres cancillerías con las que Uruguay fundara la unión aduanera.

Lo hicimos oyendo del canciller turbias explicaciones calisténicas, del tenor de las que ahora hiciera su subsecretario al justificar que hubiéramos contribuido a arrojar a Venezuela por la misma puerta trasera por la que la dejáramos entrar, ¡con la aviesa invención de una fabulada amenaza brasileña, argentina y paraguaya de denunciar los tratados constitutivos del bloque!
Al así proceder, el gobierno no preservó ningún principio, no obtuvo beneficio alguno, ni atendió ninguna conveniencia nacional: como un corcho en medio del mar, se limitó a ser juguete de las olas y esperar a que los vientos amainen. ¡Si hasta la risa fácil de no atender un llamado de la ministra venezolana porque nadie más se los atiende quedaba permitida!
Hoy este país, otrora digno y cuidadoso, carece, literalmente, de toda política exterior.

En diciembre próximo, Venezuela será invariablemente suspendida de su condición de miembro pleno del Mercosur, y lo será con nuestro voto o nuestra abstinencia. Lo único que el Palacio Santos procurará, en ese punto, es que el hecho transcurra en silencio, en la noche, en un rincón. Allí, en suma, donde no lo señale el desorbitado Nicolás Maduro, o alguno de los desalineados militantes de nuestra izquierda bárbara, de los tantos que pueblan el Parlamento o un sindicato cualquiera.

El ministro Rodolfo Nin, por su parte, consolida su inclusión en la lista de fallidos cancilleres con los que el país ha contado, y entre los que sus predecesores frenteamplistas palmariamente destacan: el último retortijón de su cancillería en relación al Mercosur quedó, precisamente, a cargo del subsecretario, en razón de que el titular se hallaba en EEUU, implorando por una salida que conjure el milagro de que Jihad Diyab se vaya a morir fuera del país.

El naufragio al que nos han llevado estos improvisados, por cierto, se mide y se pesa.
La obsecuencia con la que el régimen aceptara, sin alterar una coma, los férreos dictados de esa incalificable Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos a fin de desplazar al país de su posición de competencia tributaria de los fiscos más poderosos, le ha costado a Uruguay la prosperidad, los centenares de empleos y el desarrollo tecnológico que, por ejemplo, fueran a beneficiar a Panamá.

La desesperante ceguera que llevara a cerrar toda posibilidad de cooperación con las islas Falkland le ha privado a Uruguay, según tantas veces nos advirtiera el diputado Jaime Trobo, de un mercado, de un aliado en el desarrollo de la pesca de profundidad, de un socio logístico, de un cliente portuario y aeroportuario de primer rango.

¿A cambio de qué? Pues de ver cómo Buenos Aires y Londres se encaminan ahora a cerrar acuerdos de conexión y cooperación que, nuevamente, nos dejarán, bobos y mediocres, al costado de las herrumbradas vías de este tren que no va a ninguna parte.
Tal el país que dejarán, para nuestra desdicha, las dos administraciones de Tabaré Vázquez y la del Ubu Rey de la radio alemana, José Mujica

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