Tractores y whatsapp

Los tamberos en las rutas fueron otro síntoma del deterioro económico general. El mundo se ha vuelto hostil

Cuando miles de productores lecheros dejaron este martes sus faenas y se reunieron para protestar, muchos uruguayos, en particular montevideanos, se desayunaron que la locomotora agropecuaria no anda del todo bien.

Los tamberos no son los productores más glamorosos. Sostienen Conaprole, la principal exportadora de Uruguay, pero las ventas al exterior de lácteos son menos significativas que la de carne bovina, soja, celulosa, arroz, trigo y otros bienes. Sin embargo sus empresas familiares, que padecen costos crecientes e ingresos menguantes, son una muestra a escala de una situación económica general en franco deterioro.

Pasando por el costado de las gremiales clásicas, que observan con desconfianza, un grupo de jóvenes rurales tiró una yesca e incendió la pradera reseca. Los productores se "autoconvocaron" por las redes electrónicas, una fabulosa mezcla de bota de goma con whatsapp, de tractor con smartphone, de clasicismo con modernidad.

Desde el oficialismo se señalaron los vínculos de algunos convocantes con la oposición y cierta coincidencia en los reclamos. Pero parece bastante más urgente que eso. Los tamberos se quejan por el incumplimiento del canje de petróleo venezolano por alimentos uruguayos, que afecta la solidez de las industrias y los precios que se pagan al productor lechero. También cuestionan las tarifas de las empresas públicas, que son extraordinariamente elevadas, en particular la electricidad y los combustibles. (Un litro de gasoil común cuesta 38,7 pesos en Uruguay, alrededor de 22 en Brasil y cerca de 28 en Argentina).

En los últimos 30 años Uruguay se convirtió en una pequeña potencia productora de lácteos, y es un gran exportador al menos desde 2003-2004. Un puñado de grandes tambos, rodeados por una constelación de productores menores, proveen a una gran empresa, Conaprole, y a otras más pequeñas de significación regional (Inlacsa, Petra, Calcar, Claldy, Pili, Indulacsa), que venden a Brasil, Venezuela, México, Rusia o China, entre otros destinos.

Los tamberos suelen explotar predios pequeños y medianos, en competencia con la agricultura. La cantidad de productores cae año a año aunque aumenta la productividad. Ahora son unas 3.600 empresas familiares que emplean, en la fase primaria, a unas 14.500 personas, en tanto la industria da trabajo a otras 4.000.

La sobreoferta mundial de lácteos llenó los depósitos desde Europa a Nueva Zelanda y hundió los precios un 50% el último año. Sin rentabilidad, los productores se comen de a poco su capital. Si no hay cambios rápidos, y todo indica que no los habrá, estarán obligados a cerrar sus tambos y a cambiar de rubro productivo (o a vender sus predios y emigrar a las ciudades).

El 17 de julio de 2015 los presidentes Tabaré Vázquez y Nicolás Maduro firmaron en Brasilia un convenio auspicioso: Uruguay pagaba con adelanto un crédito por petróleo, con una quita de casi 40%, y Venezuela saldaba con ese dinero una parte de su deuda por suministro de alimentos uruguayos, cuya compra prometió aumentar.

El trato pareció una forma brillante de reducir la deuda de Ancap y, de paso, de postergar la agonía de la industria lechera. El gobierno chavista acepta precios muy por encima del promedio del mercado pues está en quiebra y paga tarde, mal o nunca. El vendedor debe asumir el riesgo. El acuerdo Vázquez-Maduro no escapó a la regla. Venezuela acumula 100 millones de dólares de deudas con empresas lácteas y avícolas. La cooperativa Conaprole es la principal perjudicada. Si no cobra, pronto deberá bajar el precio que paga a los productores, lo que sería devastador.

Los tamberos en las rutas nacionales fueron sólo otra manifestación del desfavorable escenario económico que se cierne lenta pero seguramente. Se sabe que toda crisis económica en Uruguay fue precedida por una caída del comercio exterior.

El país es caro, pierde competitividad y algunas costuras revientan. El gobierno –obligado por razones políticas a mantener un gasto público muy elevado– tiene poco margen de maniobra, más aún después de la capitalización de Ancap, que significó un gran desvío de recursos. Trata de cerrar la brecha entre gastos e ingresos (déficit fiscal) con una mezcla de endeudamiento, inflación y más recaudación, en particular a través de las empresas públicas.

Es probable que Tabaré Vázquez y Danilo Astori formen, aquí y ahora, el mejor equipo para liderar una crisis. Tienen crédito político y mucho oficio. Pero han sido puestos a la defensiva por una furiosa interna frenteamplista, una oposición que revive, los agujeros en las finanzas públicas y un mundo hostil.


Acerca del autor