Travesía por la ruta 30

El desafío de transitar en auto por un camino destruido y olvidado bien al norte del país

A 12 kilómetros empalme con la ruta 30". Un cartel anunciaba no solo que se terminaba el recorrido por la ruta 5, y el fin de un paisaje inundado de mesetas, sino que comenzaba la parte complicada del viaje rumbo a Artigas. Desde que supe que tenía que viajar a Artigas en auto escuché un solo consejo: "Cuidado con la 30".

A pocos metros de llegar al empalme, los consejos comenzaron a transformarse en advertencia.

Llegó el momento de tomar la famosa ruta. La carretera lisa de la 5 era la panacea comparada con esas calles mezcladas con tierra y piedra, parches de cemento y líneas divisorias despintadas.

El suelo rotoso obligó a bajar la velocidad a la mitad. Imposible viajar con la palanca de cambios puesta en cuarta, menos que menos en quinta.

Faltaban mas de 100 kilómetros para llegar a destino y las manos ya estaban acalambradas de la fuerza que había que hacer para controlar el volante del auto, que parecía querer resistirse a esas calles empedradas, donde cada 10 o 15 kilómetros se cruzaba un camión y nublaba la vista con una ola de tierra.

A unos 20 kilómetros de ese recorrido accidentado, vino la tranquilidad. Carretera lisa, pintada y nueva. Era como un oasis en el medio del desierto. Pero 50 metros después, otra vez las grietas y la tierra hacían corcovear al auto, obligaban a bajar aún más la velocidad y aumentar las ganas de querer llegar a destino.

"A 69 kilómetros, Artigas". Faltaba menos. En la ruta 30, los carteles son los mejores aliados. Anuncian no sólo la distancia a Artigas, sino lo que queda para que esa ruta destruida quede atrás.

La ruta 30, además, es prácticamente un único camino. Casi no hay carriles pintados. En determinado momento del trayecto el auto quedó sobre la izquierda y vi que dos camiones y máquinas viales arreglaban parte de la calle. Estaban arreglando la 30. Otro oasis en el desierto que desapareció con el polvo que voló cuando un auto pasó, como pudo, en la dirección contraria.

Mientras viajaba por aquella ruta destartalada, a no mucho de allí, en el pueblo Sequeira (Artigas) el ministro de transporte, Víctor Rossi, anunciaba que en un año y medio o dos, sería completamente reparada. Pensar en esa carretera lisa, a nuevo y pintada, mientras el auto hacia fuerza para irse para los costados, parecía una utopía.


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