Trump, el bueno

Las provocaciones de Trump generan alarma, pero la mente colectiva se mueve
Para escribir sobre el presidente estadounidense Donald Trump es necesario atajarse. Así es el protocolo, hay que estar a favor o en contra, pero mejor es estar en contra. El estilo pendenciero y extremo del nuevo mandatario es difícil de llevar, incluso para sus propios partidarios, que ven horrorizados la anti estrategia de hacer enemigos a cada paso. Nadie sabe cómo escapará la presión que le pone Trump a la sociedad estadounidense y al mundo todo. Es la anomalía del sistema, la probabilidad remota, la materialización de lo imposible.

No obstante, Trump trae consigo cosas muy buenas. Por ejemplo, su hostilidad hacia los inmigrantes logró que gobiernos como el de México se preocupara por garantizar asistencia a sus compatriotas en los Estados Unidos. Empresas interesadas en colocarse en el lado amable de la historia prometen contratar extranjeros en un gesto desafiante que tiene valor de marketing.

Los movimientos sociales revivieron de la mano de amenazas tangibles hacia diferentes colectivos sociales que ahora adquieren mayor legitimidad para acciones pacíficas de resistencia organizada. La estridencia y las provocaciones de Trump generan alarma, son removedoras y se han transformado en antídoto para la apatía social hacia la política, la economía y la actualidad.

Hoy como nunca la prensa, a la que el presidente ataca en forma constante, disfruta de una audiencia ávida de conocer los entretelones de un gobierno que se vanagloria de su imprevisibilidad.
Y desde allí se disparan las informaciones y análisis que despiertan los debates dormidos, las controversias inteligentes y las movilizaciones con sentido. La mente colectiva se mueve.
Trump logra que la gente saque por momentos la cabeza de la frivolidad para atender y entender cómo se comporta un poder y sus frenos.

Y el hecho de que el propio presidente no tenga frenos lleva todas sus posturas al extremo. Es imposible acompañarlo hasta allí a menos de subir con él a la topadora.

De todas maneras ese desafío permanente a los consensos anima a que sean liberados los pensamientos minoritarios a contracorriente, que están presos por la condena social. Las mayorías tienen capacidad para volverse intolerantes.

Por ejemplo, en el plano local, el diputado independiente Gonzalo Mujica se animó a expresar algunas formulaciones hasta hace poco prohibidas. El legislador, escindido del Frente Amplio, es considerado un hombre de izquierda por sus compañeros y así lo reconoció la senadora Lucía Topolansky.

Mujica dijo esta semana que la derecha (una categoría política demoníaca para la coalición de izquierda) estaba encontrando mejores soluciones que el Frente. Esas afirmaciones y su decisión de acompañar una denuncia penal formulada por la oposición respecto al proceso de selección de la empresa que gano la licitación por la regasificadora, representan un acto rupturista en sí mismo, más allá de los contenidos.

Mucho, pero mucho más acá de Trump, hay espacios para romper esquemas y formular ideas arriesgadas destinadas a convencer en vez de avasallar.

Y para eso los pensamientos políticamente incorrectos necesitan aflorar y florecer de la mano de un paladín. Trump es su antítesis.

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