Trump, imparable

El magnate se encamina hacia una nominación muy intrincada, mientras Hillary Clinton avanza de manera sólida pero deslucida


Si algo ha quedado claro en Estados Unidos después de la última jornada de las primarias el martes, es que no importa lo que hagan los jefes del Partido Republicano para detener a Donald Trump, ni cuánto dinero se gasten en ese empeño, los votantes lo seguirán apoyando en las urnas hasta la nominación.
La victoria del magnate neoyorquino en estados clave le ha otorgado una amplia ventaja sobre sus rivales en número de delegados (ya suma 621, pasando el ecuador de los necesarios para obtener la candidatura republicana); pero su resonante victoria en Florida ha sido un golpe demoledor para los guardianes del statu quo. Allí Trump no solo humilló al candidato del establishment, Marco Rubio, en su propio estado, sino que se impuso con casi 20 puntos de ventaja sobre una feroz campaña negativa en su contra, que gastó decenas de millones de dólares en spots televisivos.
Así, el escrutinio en la Florida sonó como una gran bofetada a la élite del partido. Pareciera como si cuanto más sus jefes se opongan a Trump y más propaganda negra le dediquen, más votos le arriman. Y al mismo tiempo, ni bien un candidato es identificado por los votantes como la carta del establishment, empieza a perder tantos votos que pronto debe abandonar la contienda. El primer damnificado fue Jeb Bush; el martes lo siguió el propio Rubio tras el descalabro en su estado. A esta altura, los jefes del partido deberían cuestionarse seriamente apoyar a alguien, incluso a ellos mismos.
La otra sorpresa de la última escala de las primarias republicanas fue el voto latino. Hasta el martes podría haberse pensado que el triunfo de Trump entre los hispanos de Nevada era una mosca blanca, una rareza. Pero el martes ganó en Florida, un estado que es considerado una cuña de América Latina en los Estados Unidos. Ya pocas dudas pueden caber de que los latinos republicanos están con el magnate.
Esto desde luego no significa que la mayoría de los latinos que votan en Estados Unidos lo apoyen. Según las encuestas más recientes, poco más del 20% de los hispanos votaría hoy por el partido republicano. Pero aun así, no deja de sorprender el arrastre de Trump entre esos votantes, habida cuenta de sus exabruptos contra los emigrantes mexicanos, su mensaje xenófobo, su propuesta de construir un muro en la frontera y todo el revuelo que sus posturas han levantado.
La última esperanza del establishment republicano ahora es que Trump no logre alcanzar los 1.237 delegados que se necesitan para obtener la nominación, y así poder plantear en julio en Cleveland una convención disputada, donde los jefes impongan su propio candidato, que según las normas del partido, puede ser cualquiera, no necesariamente uno de los que está actualmente en carrera. La victoria de John Kasich el martes en Ohio dejó la puerta semiabierta para esa posibilidad. La idea es que ni él ni Ted Cruz se retiren de la contienda y puedan seguir hasta el final restando delegados a Trump.
Pero parece una maniobra muy retorcida, que caería muy mal entre los votantes y que solo demuestra el desespero de los jefes partidarios. Siguen sin entender el porqué del ascenso de Trump. Siguen sin entender que lo que los votantes están pidiendo es un cambio en Washington, un cambio en la forma de hacer política. En suma, los jefes republicanos siguen sin entender —o sin querer entender— que el problema son ellos.
En el partido demócrata las amplias victorias de Hillary Clinton pintan un escenario y un camino a la nominación bastante más despejado. Sin embargo, la popularidad que ha adquirido el socialista Bernie Sanders y algunas de sus victorias, que han desdorado y hecho ver mal a Hillary, parecen responder al mismo fenómeno: el deseo de los votantes por un cambio en Washington.
Hillary, al ser mujer, podría pensarse que encarnaría esos deseos de cambio, ese entusiasmo por la novedad. La primer presidenta mujer de Estados Unidos sería por definición algo nuevo. El problema es que raramente puede ser vista como novedad quien ha dominado la escena política durante los últimos 20 años largos: como primera dama, luego como senadora, más tarde como secretaria de Estado y, sobre todo, como articuladora del clintonismo, el sector más poderoso dentro del Partido Demócrata.
Su abrumador apoyo entre los llamados superdelegados —que responden a la cúpula del partido y que entre los demócratas sí pueden inclinar la balanza de la interna en favor de un candidato— da cuenta de ese liderazgo partidario.
Si a todo ello le sumamos, sus vínculos con el gran empresariado, sus millonarios discursos en Wall Street y sus negocios (todas llagas sobre las que Sanders hinca su dedo acusador), Hillary Clinton es un símbolo del establishment. Su candidatura no puede generar ese entusiasmo por el cambio. No puede despertar ese duende que tanto acompañó a Barack Obama en las elecciones de 2008. Por eso sus victorias, si bien amplias, parecen un poco desabridas. Aunque su camino a la nominación parezca ahora un mero trámite.

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