Trump, sus palabras y la prensa

Lo de Trump puede ser una anécdota o un caso divisivo
Cada semana nos trae su dosis, mayor o menor, de hechos o dichos de Trump fuera de lo "acostumbrado" para ser suaves, y la reacción de la prensa frente a los mismos. Esta semana no ha sido una excepción a esa regla, aunque el tono de los dichos y hechos de Trump ha sido bastante más "desacostumbrado" de lo habitual, y las batallas de la prensa también, en particular por la precisión y profundidad de la información que han manejado sobre todo el Washington Post y el New York Times. Y también Trump aprovechó un acto con cadetes de la Guardia Costera el pasado martes: "Miren la forma en que he sido tratado. Ningún político en la historia ha sido tratado peor o injustamente". La grieta Trump-prensa se va agrandando con el paso del tiempo.

Esta semana el sacudón provino de la información del Post de que Trump había revelado información clasificada y sensible a dos diplomáticos rusos en una reunión que mantuvieron en el Salón Oval. Era información muy reservada aun dentro del gobierno estadounidense en relación con formas de ataques del ISIS y fue provista por un aliado de Estados Unidos (un día más tarde el Times reveló que fueron los servicios de inteligencia israelíes). No era necesariamente ilegal porque el presidente tiene poderes casi totales para desclasificar información, pero lo cierto que sí puede comprometer en el futuro que los aliados de Estados Unidos compartan información si saben que el presidente la puede revelar sin el consentimiento de la fuente. Y menos a alguien como Rusia, que no es precisamente aliado de Israel en Medio Oriente, sino más bien de amigo de sus enemigos, como Siria e Irán.

Menos apropiado pareció ese compartir información cuando Trump acababa de despedir al director del FBI, James Comey, por sus investigaciones en la eventual interferencia de Rusia en la campaña electoral estadounidense (desde Rusia se hackeó los servidores del Partido Demócrata y se difundieron muchos correos que afectaban a Hillary Clinton). También las investigaciones de Comey podrían introducirse en las relaciones entre Trump y Rusia, a raíz de las cuales Trump tuvo que despedir a su consejero de Seguridad Nacional, Michael Flynn. O sea, el tema Rusia y Trump es complicado por donde se lo mire. Incluso por el cambio que realizó Trump al bombardear Siria después de descubrirse que Bashar el Assad había usado armas químicas contra civiles. Las relaciones Trump-Putin no pasan por el mejor momento pese a que Trump había prometido en su campaña alinearse con Rusia para combatir al ISIS.

Entre el despido de Comey, el pasaje a Rusia de información clasificada –algo que obviamente reveló al Post una fuente íntima del entorno de Trump–, la revelación de que Trump había pedido a Comey que no siguiera investigando a Flynn y el posible hecho de que el despido de Comey estuviera motivado por el temor de Trump de que el FBI investigara la intervención de Rusia en la campaña electoral, poniendo en duda la legitimidad de su elección, se ha logrado armar un buen argumento para una novela de ficción.

Ante todo, hay que decir que la bravuconeada de Trump en el Salón Oval fue propia de una persona con un ego exacerbado, que quiere mostrar a los demás cuán listo es y que hace dudar de su capacidad para manejar información sensible y relaciones diplomáticas. Trump sigue confirmando que para él gobernar un país es como dirigir una empresa, lo cual no es así ni por asomo.

Trump además parece actuar como un novato. Mucho más novato que Tom Kirkman, el personaje de ficción que accede a la presidencia en la serie de Netflix Designated Survivor (Superviviente designado) luego de un ataque terrorista al Capitolio en el que son asesinados todos los miembros de las tres ramas del gobierno americano. Kirkman, un miembro de segunda línea del gabinete, sin ninguna experiencia, se maneja –en la serie– con mucha más habilidad que Trump en la realidad a pesar que le cayó encima un peso para el que no estaba preparado.

Pero la realidad parece superar a la ficción. Afortunadamente, Estados Unidos tiene una fortaleza institucional impresionante que le ha permitido hasta ahora sostener sin interrupción su sistema democrático-republicano pese a la Guerra de Secesión a mitad del siglo XIX, al impeachment del presidente Nixon en plena guerra de Vietnam y otros eventos singulares como la lucha por los derechos civiles, el asesinato de varios presidentes de Lincoln a Kennedy, y otras catástrofes capaces de derrumbar cualquier orden constitucional. Y ello manteniendo las libertades individuales vigentes, en especial la de prensa, consagrada en la Primera Enmienda.

Lo de Trump puede ser una anécdota o un caso divisivo. Es impredecible y no parece reconocer o aceptar límites a su poder. Por ahora el sistema judicial y la prensa han plantado la cara para establecer esos límites. Quizá en el futuro Trump se modere o comprenda la necesidad de los pesos y contrapesos. Y si no lo hace, el Congreso se lo recordará.

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