Trump y el comercio

Los peligrosos delirios del presidente electo; el papel de EEUU está en entredicho
Financial Times

De todas las cuestiones sobre las que Donald Trump opinó en la campaña electoral, fue especialmente estridente e inusualmente específico en cuanto al comercio.

Trump amenazó con imponer un impuesto de importación del 35% sobre los coches de Ford si la compañía trasladaba la producción a México; dijo que renegociaría el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (Tlcan) y, si era necesario, se retiraría totalmente de él; prometió abandonar la ratificación del Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP, por sus siglas en inglés), un acuerdo de libre comercio entre 12 naciones de Asia y el Pacífico; advirtió que utilizaría cada poder presidencial lícito, incluida la imposición de aranceles, sobre China si ésta no detenía sus actividades presuntamente ilegales.

Como con todas sus políticas, Trump puede modificar o abandonar partes de este paquete una vez que ocupe la presidencia, especialmente si logra comprender el impacto potencial sobre la economía de EEUU de iniciar una guerra comercial total. Pero puede ser más difícil cambiar la mentalidad que yace claramente bajo todas sus sugerencias: una opinión mercantilista de suma cero del mundo en el que las economías están intrínsecamente en competencia y los déficits en cuenta corriente reflejan a primera vista el engaño por parte de socios comerciales. Ahora que los políticos desechan cada vez más la función positiva de creación de riqueza del comercio, eso es profundamente preocupante.

Hay motivos para esperar que Trump suavice su enfoque una vez que ocupe el poder. En primer lugar, existe una larga tradición de candidatos presidenciales que critican duramente el comercio y luego no cumplen sus palabras. En segundo lugar, algunas de las otras políticas de

Trump, como nombrar a China como un manipulador de la moneda, no son más que simbólicas. Pero es la habilidad de la Casa Blanca para usar los poderes de emergencia la que podría proporcionar la prueba inmediata de si Trump está dispuesto a involucrarse en una guerra comercial. Si estos aranceles se aplican a gran escala seguramente provocarán litigios en la OMC. Si la Casa Blanca simplemente desafía las resoluciones de la OMC, uno de los últimos pilares de la cooperación multilateral en materia de comercio será desmantelado.

Cualquiera sea la forma que adopten las políticas de Trump, su visión del mundo sugiere que EEUU ya no volverá a intentar desempeñar un papel central en la conformación del sistema de comercio mundial.

Su promesa de abandonar el TPP –además del hecho de que la Asociación Transatlántica de Comercio e Inversión con la UE apenas se movía– significa que EEUU ya no intentará exportar su versión del modelo ideal para los acuerdos comerciales. Se pueden discutir las virtudes del TPP, pero las visiones de gobernanza del comercio promulgadas por los rivales de EEUU en pos del dominio, especialmente China, probablemente no serán impresionantes. Sea cual sea la ideología declarada de cualquier presidente, el patrón una vez que ocupan la presidencia tiende a ser el mismo. La Casa Blanca es el adulto que prioriza mantener el comercio fluyendo y el Congreso es el adolescente díscolo que sigue exigiendo la confrontación con los socios comerciales y se niega a firmar nuevos acuerdos.

Parece poco probable que Trump quiera jugar el tradicional papel presidencial. Ahí radica el peligro. Mucho dependerá de su temperamento. Pero una cosa está clara: con el comercio mundial ya debilitado, existen graves riesgos para el comercio internacional derivados de la llegada al poder de un presidente estadounidense con un análisis simplista del mundo. l

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