Trump y Novick

La semana pasada ocurrieron con apenas dos días de diferencia dos eventos políticos de gran interés para la ciudadanía uruguaya
La semana pasada ocurrieron con apenas dos días de diferencia dos eventos políticos de gran interés para la ciudadanía uruguaya. En la madrugada del miércoles se supo que Donald Trump, contra todos los pronósticos, logró ser electo presidente de EEUU. Dos días antes, Edgardo Novick, excandidato a la Intendencia Municipal de Montevideo por el Partido de la Concertación, inscribió el Partido de la Gente en la Corte Electoral. El triunfo de Trump le vino como anillo al dedo al líder emergente. Multiplicó la incertidumbre y alimentó el debate.

La pregunta quedó flotando en el aire: ¿hasta dónde llegará el "Trump uruguayo"? Es muy difícil saberlo con certeza. Para intentar construir una respuesta ponderada a esta pregunta tan delicada parece oportuno repasar ordenadamente semejanzas y diferencias entre ambos líderes, prestando especial atención a sus respectivos contextos.

Empecemos por lo más obvio. Ambos son empresarios exitosos y outsiders de manual. Ninguno de los dos tuvo una carrera política convencional. Ninguno recorrió la escalera tradicional de los honores. Los dos se lanzaron a la vida pública apoyándose en el éxito privado. Los dos demostraron, primero, poder acumular riqueza y, más tarde, saber cómo convertir dinero en apoyo político transformando como alquimistas un capital en otro. El dinero, desde luego, ayuda. Permite pagar asesores y expertos en comunicación política (en el caso de Novick este apoyo ha sido decisivo). Es imposible explicar sus fulgurantes carreras electorales sin tomar en cuenta el poder político del dinero.

Pero ninguno de los dos líderes son solamente dinero. No hay política sin palabras y sin gestos. Ambos tienen un discurso popular, sencillo, directo. Trump logró llegar al corazón de EEUU. Se conectó con razones y emociones profundas, muchas de ellas desagradables y políticamente incorrectas. Novick, desde su irrupción en la campaña electoral montevideana en el verano del 2015, ha demostrado contar un sentido del olfato similar. En particular, sintoniza muy bien con esa parte del electorado que, poco a poco, ha ido perdiendo la paciencia con el Frente Amplio y que demanda, por eso mismo, que la oposición sea capaz de construir de una buena vez una propuesta alternativa.

Además de semejanzas hay diferencias relevantes tanto en sus perfiles personales como en sus contextos sociales y políticos. Tienen diferentes orígenes sociales. Trump nació en cuna de oro y multiplicó su fortuna. Novick, en cambio, se hizo de abajo. No es casualidad, creo, que el líder del novel Partido de la Gente se haya ocupado de subrayar esta diferencia. En EEUU ser millonario, pertenecer a la elite, no es un problema. Por el contario, es visto como un mérito.

La sociedad norteamericana no censura ni la ambición ni la acumulación de riqueza. Para la "arielista" y mesocrática sociedad uruguaya, en cambio, el dinero no agrega prestigio. Al contrario, puede llegar a restarlo.

De todos modos, la principal diferencia entre Trump y Novick, y la principal razón por la cual hay que ser sumamente cautelosos a la hora de trazar paralelismos refiere a sus estrategias y contextos políticos. Trump, aunque fue resistido por la elite del Partido Republicano, tomó la decisión de competir contra el predominio de los demócratas desde esa estructura partidaria.

Novick, aunque hubiera sido muy bien recibido dentro del debilitado Partido Colorado, tomó la decisión de crear una estructura partidaria completamente nueva. Las dos decisiones, siendo tan diferentes, fueron igualmente arriesgadas y contraintuitivas.

A Trump, como es público y notorio, la estrategia de usar el Partido Republicano como rampa de lanzamiento le salió muy bien. Desde luego, y como también es evidente, esta opción incrementa las dificultades que siempre tienen los presidentes norteamericanos para construir apoyos en el Congreso. Es muy difícil saber si Novick, que tomó el camino opuesto, logrará que su partido prospere. Son muy pocos los sistemas de partidos en el mundo tan institucionalizados como el uruguayo. Nuestros partidos tienen raíces sociales profundas, estructuras potentes, electores fieles. Instalar una marca nueva en ese mercado es realmente muy difícil. Los líderes de los partidos uruguayos pueden tener muchos defectos. Pero siempre han sido, y siguen siendo, realmente muy hábiles a la hora de competir por el apoyo popular.

Por último. Cada partido expresa una tradición que viene de muy lejos. El Partido Nacional y el Partido Colorado hunden sus raíces en los bandos político-militares conformados en torno a los caudillos de las luchas de la independencia (y celebraron, este año, 180 años de vida).

Tanto el Frente Amplio como sus sucesivas escisiones (el Partido Independiente hacia el centro del espectro político, Unidad Popular hacia la izquierda) tienen contactos obvios con la crítica "doctoral" a la divisas y se alimentaron de las distintas vertientes de la tradición socialista contemporánea. Es posible que Novick, a su manera, también sea la manifestación más novedosa de otra tradición muy uruguaya que, de tanto en tanto, se reactualiza: la crítica de la política.

La crítica de la política, como explicara brillantemente José Rilla, también viene del siglo XIX. Ha asumido muchos rostros, desde el "principismo" al ruralismo, pasando por comparativamente muy escasos momentos tecnocráticos. Novick, subrayando su perfil de outsider, y hablando de gestión y no de ideología, circula por ese carril.

Doctor en Ciencia Política, docente e investigador en el Instituto de Ciencia Política, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de la República.
adolfogarce@gmail.com


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