Trump y Uruguay

La victoria del candidato republicano es un despertador
Si hubiéramos pagado una entrada por ello, cada peso empleado en escuchar las reacciones vernáculas al triunfo electoral de Donald Trump en EEUU y su posible impacto en Uruguay nos habría devuelto más, mucho más, en cómica alegría.

Desde los lejanos confines de la izquierda lunática, donde se llegara a hablar de un "día de luto" de escala continental o el triunfo de la "no política" (?), pasando por la zonza comparación con el acto terrorista del 11/9, hasta llegar a las alturas de la izquierda oficinesca, en la que rostros compungidos por la sorpresa nos regalaban boberías como las de que Uruguay "reconocería" (sic) el triunfo electoral republicano, o resignados lugares comunes como afirmar que "la voz del pueblo es la voz de Dios", todos se apresuraron a escudriñar qué diablos implica para nosotros el que Trump entre en la Casa Blanca.

Lo primero que cabe preguntar es: ¿de dónde sale este interés?
Uruguay no puede, en primer lugar y como el resto del orbe, sumarse al azoro de que alguien ramplón, mal hablado, improvisado, mendaz, zafio y sin méritos ostensibles llegue a la primera magistratura: en ese terreno nuestro país ha sido pionero, gracias al Frente Amplio. Y ya con las cartas a la vista, pagará por muchos años las consecuencias de esa triste decisión.

No debería, en segundo lugar, temer que los nuevos rumbos de una administración republicana afecten la agenda política o comercial con nuestro cuarto socio, por la sencilla razón de que el régimen frenteamplista ha cerrado a cal y canto al país en la inconducente retórica bolivariana y mercosureña, optando en lo interior por una política económica de estatismo y regimentación suicidas, dirigista, tajantemente enemiga de la propiedad, el crecimiento, la inversión y el empleo. ¿A qué inquietarnos por lo que haga EEUU?

Y, en tercer término, ¿a qué hacerlo, cuando las ideas que en materia de comercio internacional propusiera Trump en la campaña corresponden, punto por punto, a las que sostiene el brazo sindical del régimen: no a los acuerdos de libre comercio, no al Acuerdo de Asociación Trans-Pacífico, no a la apertura de nuestras economías a la integración globalizadora, no al arbitraje internacional como garantía de los inversores?

Resulta por lo menos inconsistente que el régimen que ostensiblemente interrumpe a diario el tránsito del centro de Montevideo a fin de sostener estas sandeces, o las impulsa a través de su incompetente manejo de las relaciones exteriores, exprese, como lo hiciera el ministro de Economía, inquietud por el ascenso del proteccionismo en EEUU.

Así que vayamos a la cuestión de fondo: ¿qué implica Trump para Uruguay?

Lo primero es que la imagen de EEUU que sacamos, y tal vez en buena medida saquen los mismos estadounidenses, de Netflix es tan real como lo era la de la Inglaterra victoriana de las novelas de Anthony Trollope, por lo que construir un relacionamiento con EEUU basado en ellas es un error, puesto de manifiesto en esta elección.

En suma: no hay tal "aldea global", ni los estadounidenses de Wyoming son lo mismo que los vecinos de Vergara, ni somos todos liberales sociales de acento neoyorquino, en procura de confort, satisfacción sexual, hermandad universal, o de integrar nuestros mercados, cruzar fronteras en masa, barajar los géneros o terminar con toda semblanza de soberanía.

La victoria de Trump es, por tanto, un despertador: somos millones de seres desconectados, o conectados en tribus, etnias o naciones, que madrugan todos los días a fin de luchar por su subsistencia, en una puja que no es ni sencilla ni linda, y que solo se define positivamente si somos capaces, al final de la jornada, de crear algo que requieran nuestros semejantes.

Tal el brutal mensaje de Trump. Por ello parece creer que podrá destruir el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (Nafta) de 1994. Por ello seguramente destruirá el acuerdo del Pacífico. Por ello intentará destruir el del Atlántico, en la peligrosa y errada convicción de que es la libertad de comercio la que cierra fábricas en EEUU.

El riesgo, pues, está allí: en que Trump lleve a EEUU a la piedra contra la que ya tropezaran en 1930 con la ley Smoot-Hawley, o que hostilice a China en una guerra comercial de imprevisibles consecuencias, o que destruya el Nafta.

No ocurrirá tal como está libretado, porque a partir del 20 de enero comienza el juego de intereses en que consiste la democracia estadounidense, así como la interacción con la realidad: China es el acreedor más importante de unos EEUU que hoy deben más del 105% de su PBI anual... y precisan deber más si es que Trump quiere ejecutar el shock de infraestructura que prometiera.

Pero ello no libra a países como Uruguay de su cita con el destino. Porque comerciar será, de ahora en más, crecientemente difícil. Porque la administración republicana no tomará prisioneros en la lucha por mercados. Porque el Reino Unido es, desde esta semana, ella sí una plataforma de libre comercio ahora irreversiblemente salida de la fortaleza proteccionista europea. Y porque Europa, si es que sabe lo que es bueno, ya tendría que estar despertándose y oliendo el café.

Uruguay no está ni preparado ni en preparación para esa cita. Lo dirige un gobierno desorientado, puntualmente mediocre, incapaz de reaccionar con sobriedad siquiera ante un resultado electoral (mientras el presidente de la República hablaba sin decir nada, su ministro decía todo lo incorrecto, y sus espadachines graznaban de dolor en las redes), ignorante de los apremiantes desafíos reformadores que hoy lucen más indispensables que ayer: hacernos más competitivos, ligeros, tributariamente amigables, abiertos... para poder apenas sobrevivir en el mundo pos-Trump.

El día después de la victoria republicana en Uruguay es el primero de los muchos que nos esperan: movilizaciones callejeras reclamando por "derechos" que cada día serán más vacíos y para menos titulares, un canciller que sale de viaje a Corea del Sur a fin de explorar el mismo acuerdo de libre comercio que saliera a explorar, exactamente un año atrás y con la misma falta de éxito, en Japón, y hace días en China, la tensa y única expectativa nacional ante un partido de la selección: una triste noria sin esperanza ni horizonte, impulsada por quienes supieran llegar a hacerse de ella, pero hoy no tienen ni idea para qué. La noria progresista.

En los próximos meses testimoniaremos, en tanto, patéticos movimientos en procura de ese placebo de una política exterior, consistente en organizar una visita presidencial a Washington, en la pequeña esperanza de que un secretario de Estado amigable, un representante comercial hispanoparlante, alguien, piadosamente ofrezca a Uruguay un gesto amistoso que mostrar ante el distraído auditorio que apenas ve perder inversiones y empleos.
Todo, en fin, antes que encarar las tareas pendientes, puestas en mayor evidencia por la victoria de Trump.

Los sectores más indefendibles del régimen, consistentes en todos los programas de la "agenda de derechos" que operan en las sombras con sus solapadas canonjías y gabelas regulatorias, van ahora a sentir también el cambio del viento: lo que esas dependencias frenteamplistas no le dicen a Ud. es que medran, entre otros, en subsidios del erario estadounidense.

Una administración Trump es, por ejemplo, el fin de la promotora internacional de abortos y tráfico de fetos humanos, Planned Parenthood, de las "embajadas LGTB" y, en general, de la sórdida promoción de esa ideología de género que bien sabemos no es sino otro de los "aires frescos" que ventilan a esta administración, tan presionada por ver si llegan los giros que no alcanza a escuchar el sonido de los no tan distantes truenos.

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