Trumpmoto

Aunque el futuro luzca incierto, no sabe de lo que se ha salvado

*Por Pablo Aragón

¿Asustado porque Donald Trump ganó las elecciones presidenciales de EEUU el 9 de noviembre pasado? Tranquilícese… aunque el futuro luzca incierto, no sabe de lo que se ha salvado.

Recuerde, en primer término, que la candidata que iba a ganar, Hillary Clinton, le fue presentada como una madura estadista de gran visión y enorme talento por los mismos medios, comentaristas, encuestadoras y papanatas que nos dijeran, hace una semana, que no había encuesta alguna que diera ventaja a Trump sobre la demócrata.

Llevo semanas leyéndolos: que si en tal estado hace un año ya que no hay una sola encuesta que diera ventaja al republicano; que si el partido de Trump se aprestaba a desaparecer… según una encuesta entre los mismos líderes republicanos; que la única forma de que Hillary perdiera, ante los 6 a 8 puntos de ventaja, era en el caso de que “sonriente, ahogara a una camada de cachorritos rodeada de terroristas gritando muerte a América”.

Bueno. Como ocurriera con las elecciones británicas de 2015, el referéndum británico de 2016, el “sorpaso” de Podemos en España este año, el referéndum en Colombia, o la incontestable evidencia de 2003 sobre armas de destrucción masiva en Irak, estos charlatanes, pagados por corporaciones y hormigueros académicos, millonarios metidos a pensadores, meteretes y financistas jugando a villanos de James Bond… nos han mentido, y mentido sin restricciones.

Hillary no era, en primer término, la serena estadista de la progresía. Era y es una peligrosa improvisada, que venía tejiendo desde hace meses, en connivencia con muñidores neoconservadores apadrinados por ella en el Departamento de Estado, un peligroso diseño bélico que, de haber conquistado la Casa Blanca, hoy estaríamos lamentando a tambor batiente.

Estos verdaderos desequilibrados tienen nombre y apellido. Es Clinton. Es Victoria Nuland. Es Robert Kagan. Es George Soros. Es el Tte. Gral. Joseph Anderson, inventor de la teoría de los “peligros existenciales” que enfrentaría EEUU en el siglo XXI (refiriéndose a China y a Rusia). Es el jefe de Estado Mayor del Ejército, Gral. Mark Milley, quien hace semanas afirmara, en el Congreso, que una guerra contra uno de estos dos peligros era algo ¡“casi garantizado”!

¿Dónde? No importa: para estos vándalos del siglo XXI cualquier frente era bueno: Ucrania, una zona “libre de vuelos” en Siria, la “ruta de la seda”, los mares del sur de China, la frontera entre India y China, la frontera marítima entre China y Japón. Todo estaba sobre la mesa. Todo estaba siendo discutido casi que en público, y sin que los medios de comunicación que tanto detalle nos brindaran sobre las bromas que Trump hacía en una limusina sobre las partes anatómicas femeninas, nos dijeran una sola palabra sobre algo tanto más inmenso.

Tenga también en cuenta que esos mismos medios le habían señalado que Clinton, cuyo lema era el afirmar que EEUU sería “más fuerte, todos juntos”, estaba horrorizada ante la posibilidad de que Trump no reconociera el resultado electoral, echando sombras sobre un sistema tan noble y elevado como lo es el de la transición democrática.

Hoy, ya sabemos que, aun mediando el silencio, la tergiversación o la complicidad rentada de muchos medios de comunicación, gavillas organizadas han propinado golpizas a ciudadanos, quemado efigies del presidente electo, vandalizado propiedades públicas y privadas, organizado campañas para desconocer el resultado electoral, o separar a California de la Unión… ¡atribuyéndolo todo el tiempo, como lo hiciera el incalificable y saliente líder de la minoría del Senado, Harry Reid, a la “prédica inflamatoria” de Donald Trump!

Ni hablar, claro, de la corrupción. La Fundación Clinton es un libro abierto de intromisiones financieras de parte de los países sunitas del golfo Pérsico que financian, al mismo tiempo, el terrorismo islámico en Siria e Irak. Es tan transparente como la mentira con la que Clinton se defendiera respecto a la imposibilidad de entregar a las autoridades 33 mil correos de materia reservada que había manejado desde sus cuentas privadas: ¡sin querer habían sido borrados!

Pero si tuviera que quedarme con una de las más censurables mentiras, opto por la de la interpretación que esos mismos medios han hecho del resultado electoral: la irrupción del temor y la ira de bolsones de hombres, blancos, sin educación, dominados por el racismo, la ignorancia y la estulticia: tan decididos a expresar su odio como a barrer con la igualdad de género. Como ocurriera en ocasión del Brexit en junio de este año, este estúpido pensamiento suficiente y ciego es el que ahoga, en el mar de su complacencia, todo fundamento democrático, postulando un elitismo de cantamañanas alimentados en revistas.

Bueno, pues es otra mentira. Recuerde que Hillary llamó a los votantes de Trump una “canasta de deplorables”: ¿usted encararía así una campaña? Los “deplorables” eran y son, por lo demás, los votantes tradicionales del Partido Demócrata, y los mismos que conformaron la coalición que le diera el 51% de los votos a Barack Obama en 2012.

Pues bien. Esos “deplorables” han leído los diarios mejor que los abombados de Nueva York, y por ello la coalición se desintegró en 2016: los votantes se negaron a ir a las urnas en Filadelfia, Cleveland, Detroit, Milwaukee. Los jóvenes acudieron en muy bajos números y, en el caso de los jóvenes blancos, aumentaron en 5% el voto republicano de 2012. Entre latinos y asiáticos, Trump votó mejor de lo que lo hiciera Mitt Romney. Entre mujeres, el nivel se mantuvo casi incambiado. Y los afroamericanos votaron en menor número, y menos de ellos por Clinton de lo que lo hicieran por Obama.

Con petulancia electoral, los demócratas se concentraron en la ruta interestatal 95 de la costa este: allí (y con la excepción de Pennsylvania) ganaron 58% a 38%, al igual que en la costa oeste, y casi en los mismos niveles que Obama en 2012.

Pero tomemos las rutas I-94 o I-80, rumbo a Ohio, Michigan, Wisconsin, Iowa: territorios que los demócratas controlaban con orgullo y habitaba antes lo mejor del “mejor pueblo del mundo”. Y donde están dos tercios de los votos: allí Trump votó igual de lo que lo hiciera Romney en 2012, solo que Hillary no: mientras Obama obtuvo el 47%, ella no alcanzó el 44%. Por ello, ahora su fallida campaña los llama los “deplorables” y pone el foco en su falta de educación.

El que quiera persistir en el error, que lo haga. Ese pueblo, sin embargo, ha votado con suprema sensatez. Seguramente no ha comprado todos los fuegos de artificio que les presentara Donald Trump, y seguramente intuya que se trata de un charlatán más que, llegado a la Casa Blanca, se comportará como el eficaz empresario que es, haciendo lo suyo con crudo pragmatismo.

Podrá no tener esa sofisticada educación en aras de la cual el sistema le indica que hipoteque dos veces su casa. Pero lo que sí tuvo bien en claro el 9 de noviembre es que ese sistema que lo encadena a impuestos, deudas, inseguridad laboral y mentiras tenía el rostro de Hillary Clinton, en tanto el inconfundible olor a la pólvora que emanaba de sus esbirros se aprestaba a reclamarle, una vez más, la vida de sus hijos, en aras de una causa promovida por alguna ONG dirigida por graduados de Yale o Harvard.

Es por eso que Donald y Melania Trump se van a mudar a la Casa Blanca.


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