Tyson, el hierro y el aserrín

El show en Punta del Este demostró que la nueva faceta de entertainer del expúgil lo humaniza

La sensación de estar cara a cara con el fetiche golpea en la emoción, replica en la sangre que corre por las venas. El hombre sobrenatural está ahí en frente, parado con camisa azul, pantalones y zapatos blancos. Desnudo y sorpresivo. La leyenda de los pesos pesados, el hombre que alguna vez fue el más malo de la Tierra, no es alto. Chequeo la altura: 1,78 metros. Lo había visto en mil y una repeticiones de peleas. Sabía que no era alto, pero en vivo es diferente: es más bajo. Además es caderón, sus nalgas son prominentes y redondeadas bajo el pantalón.

Sus hombros, antes colosales, quedaron más pequeños con la reducción muscular. Recuerdo verlo cuando yo era niño, a finales de la década de 1980, en peleas con mínimo cronómetro: la cabeza cortada a hachazos, una cicatriz en la frente y una línea entre la nuca y los hombros, formando un trapecio de piedra con las clavículas y los pectorales. Pero han pasado casi treinta años y la carne, inevitablemente, se ha vuelto más flácida. Mike Tyson no está fuera de forma, no se entregó a la decadencia del engorde, se nota que sigue comulgando en el gimnasio, pero los años y las circunstancias han hecho su trabajo.

Otra constatación: está más negro. Su piel parece haber oscurecido. El tatuaje de vagos trazos maoríes casi no se le distingue sobre su rostro. Las luces hacen brillar su cabeza calva y, por lo tanto, más redondeada. Los peinados al rape cuando peleaba le producían acantilados filosos en la coronilla y en las sienes. La edad en el peso de los párpados y los miles de golpes recibidos le ha dejado los ojos más rasgados, la mirada más ¿buena?, más propensa a la risa. Ahora Tyson ríe. Mucho. Repaso más videos de sus peleas: era difícil encontrar una sola risa del púgil en aquella época.

La diferencia es clara: antes, la gente pagaba para verlo en el ring destrozar a sus rivales; ahora, lo hace para escuchar su historia, su "verdad indiscutible". Él se ríe de sí mismo, y también de la gente. El director de cine Spike Lee le armó un guión con su anécdota vital y Tyson, como el asesino de Jesse James, llena teatros contando cómo hizo lo que hizo, y cómo perdió todo lo que ganó. El show debe continuar: no es el primero que constata la máxima del espectáculo. Si antes el circo se armaba con uppercuts, ahora lo hace con one-liners.

Tyson nunca bailó encima de un ring. Caminaba hacia adelante con instinto asesino. En la victoria o la derrota, su paso iba hacia su rival. En el escenario baila e intenta cantar, como en las comedias en las que ha actuado. Demuestra un poco de torpeza. Y la torpeza, en Tyson, lo acerca a la fragilidad. La roca negra es blanda.

Su historia, desde muchos ángulos, es terrible: una infancia atroz, una madre adicta y ajena, un padre invisible, un apellido misterioso, la obsesión por la masturbación, los crímenes y las detenciones, la pobreza material y afectiva en Brooklyn, un pequeño Irak a 15 minutos de tren de Manhattan. El camino del héroe pronto conocería un padre sustituto y la rabia traducida en los puños, que lo depositarían en las mieles de la gloria y los millones. Lo que sube inevitablemente debe bajar, tocar fondo en el lodo. Al final, el repecho cede y el sendero, de alguna forma, lo redime. Tras esos pasos, llegó al hotel Conrad de Punta del Este, a pararse frente a mis ojos de niño que contemplaban al fetiche, tres décadas después.

Pero sobre el escenario el fetiche se humaniza, quizás demasiado, porque el guión del monólogo rompe las barreras de la intimidad. Basta una perla: vemos a Tyson gesticular en pose de sexo oral con su primera novia, poner cara de asco al oler una infección vaginal mientras su sorprendida suegra se atraganta con una salchicha. Le piden al bueno de Mike que le haga la maniobra Heimlich para desatorarla, pero como el muchacho estaba con su novia, le realiza la llave a la señora en plena erección. Nunca creí escuchar una anécdota tan chabacana de boca del mismísimo Tyson y aplaudir entre risas el remate de la salchicha que sale volando de la boca de su suegra.

El show tiene la moraleja final del estilo "nunca vayan a hacer lo que yo hice", pero se vuelve contradictorio, porque todos los que estuvimos en el Conrad fuimos a escuchar su verdad, lo que "había hecho". La bestia brutal ahora entretiene con monerías incluidas. Quizás sea la moraleja más contundente de la fábula tysoniana, que posee todavía toda la fuerza del recuerdo y una pizca de esos shows decadentes que suceden a menudo en los cinco estrellas. l


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