Umberto Eco: "el intelectual no puede hacer la revolución"

El escritor y semiólogo italiano murió a los 84, dejando un legado invaluable

El destello final del espíritu crítico de Umberto Eco se vio en marzo del año pasado, con el título Número Cero. En el libro, el último que publicaría antes de su fallecimiento ayer viernes, el semiólogo, escritor y filósofo italiano reflexionaba sobre la relación entre el periodismo e internet.

Lapidario, Eco cuestionaba que dicha tecnología haya mejorado al periodismo, "porque es más fácil encontrar mentiras en internet que en una agencia como Reuters", según manifestó a El Mundo de España.

Sus sentencias se extendían hasta las redes sociales, a las que consideraba causantes de "una invasión de imbéciles". "Le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que antes hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel."

Esas opiniones fueron solo una mínima representación del carácter intelectual de Eco, tan prolífico como despegado de los eufemismos. "Esa es mi manera de contribuir a clarificar algunas cosas. El intelectual no puede hacer nada más, no puede hacer la revolución. Las revoluciones hechas por intelectuales son siempre muy peligrosas", aseguraba a la agencia Efe al tiempo de lanzamiento de Número Cero.

Nacido en Alessandria, Piamonte, en 1932, Eco se dedicó al estudio de filosofía en la Universidad de Turín, donde luego se desempeñaría como profesor agregado de Estética entre 1962 y 1965, cargo que también tuvo en la Universidad de Milán.

Tras un recorrido por otras instituciones educativas, Eco publicó Obra abierta en 1962, Apocalípticos e integrados en 1964, La estructura ausente en 1968 y el Tratado de Semiótica general en 1975. Lector in fabula. La cooperación interpretativa en el texto narrativo, otro de sus grandes ensayos, llegó a finales de esa década, en 1979.

El arte contemporáneo, la cultura de masas, los medios de comunicación, la semiótica y la crítica literaria fueron algunas de las temáticas que recorrió a lo largo de cincuenta años de reflexión ensayística.Sin embargo, los trabajos académicos no fueron el único destino de su pluma, sino que su apellido también resonó por sus exitosas piezas literarias. La primera de ellas fue El nombre de la rosa, lanzado en 1980, que luego fue adaptado para la gran pantalla por el director J. J. Arnaud, quien colocó a Sean Connery en el rol protagónico.

Los resultados positivos de su incursión en el mundo literario motivaron a Eco a publicar El péndulo de Foucault en 1988, libro que, pese a no contar con el beneplácito de la crítica, se consagró como uno de los más vendidos de ese año. La isla del día antes (1994), Baudolino (2000), La misteriosa llama de la reina Loana (2004) y El cementerio de Praga (2010) fueron sus últimas obras novelísticas.

Además de la literatura y la academia, la política fue uno de sus grandes intereses, manifestándose como crítico acérrimo del gobierno de Silvio Berlusconi. "El problema de Italia no es el presidente, sino la propia sociedad italiana que está enferma al permitirle acumular poder", sostuvo en un artículo de 2009.

Ganador del Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2000, Eco también fue miembro del Foro de Sabios de la Unesco, y recibió doctorados honoris causa de múltiples universidades a lo largo del mundo.

"Nos ha dejado Umberto Eco", comentó sobre su fallecimiento el ministro de Cultura italiano, dario Franceschini. "Un gigante que ha llevado la cultura italiana por todo el mundo. Joven y volcánico hasta el último día."


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