Un año de cambios

En 2017 habrá elecciones en distintos países; nuevos escenarios por la asunción de Trump y cambios en Europa
El mundo que se perfila para el 2017 es uno de múltiples incógnitas, con grandes posibilidades de profundizar la crisis del orden global, pero a la vez, paradojalmente, de mitigar la violencia, y acaso, de contener algunos de los conflictos que azotan al planeta.
La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca abre una serie de interrogantes de difícil solución, y aun más compleja predicción.

A estar por lo que el magnate dijo durante la campaña electoral, su gobierno podría modificar la dinámica de alianzas de la primera potencia con Europa y bajarle el perfil a la tradicional "relación especial". Lo que, unido al ascenso de los populismos en el viejo continente –y dependiendo de cómo quede su mapa político en este año electoral–, podría también restarle relevancia a la propia Unión Europea.

El 2017 será año de elecciones en varios países. Con el Reino Unido fuera de la gran federación, si en Holanda triunfa el nacional-populismo y en Francia el Frente Nacional, al tiempo que el rompecabezas italiano deviene en el control de Roma por parte de los populismos de izquierda y/o de derecha y, sobre todo, si Angela Merkel es derrotada en Alemania (algo que no parece del todo probable pero puede suceder), los prospectos para Bruselas se avizoran en franco declive. Y su magnitud parece ahora impredecible.

Por otra parte, si el gobierno de Recep Erdogan en Turquía (molesto con Washington y su dudosa postura en la intentona golpista de la que fue víctima en 2016) continúa estrechando lazos con Moscú, seguirá debilitando la posición estratégica de la OTAN frente al expansionismo ruso.

La caída de Alepo en Siria a fines de año ya dejó muy fortalecida la posición de Vladimir Putin. De concretarse –como todo parece indicar– los planes del líder ruso de formar en Medio Oriente un eje Teherán-Ankara-Damasco-Moscú, los intereses de la OTAN y sus aliados del Golfo se verán seriamente afectados en la región. Pero al mismo tiempo, tal escenario sería considerablemente menos violento que el actual y contendría la brutal sangría humanitaria que hoy tiene al mundo en ascuas.

No obstante, aún está por verse cuál será el arreglo (o desarreglo) que haga Trump con Putin, a quien el magnate neoyorquino elogió más de una vez y con quien parece tener una afinidad nada desdeñable.

Y así es posible que vayamos hacia un mundo en el que Estados Unidos y Rusia no estén tan enfrentados. La "guerra tibia" de los últimos años entre Washington y Moscú podría así llegar a su fin. Y tal vez intenten formar una suerte de frente común de ocasión para contener a China. Cualquiera de estos escenarios sería potencialmente menos violento que el actual. Aunque la impredictibilidad de Trump no se debe despejar de la ecuación. Nunca se sabe con el magnate.

Y tampoco se debería desestimar por completo algunos vaticinios que en Estados Unidos le auguran un futuro sombrío al frente de la Casa Blanca.

Sin ir tan lejos, podemos avizorar con cierto grado de certeza que si el establishment de Washington se siente amenazado por su presidencia (como lo hizo durante la campaña), el magnate podría enfrentar una eventual crisis política.

Y en tal caso, cualquier vaticinio sería ocioso por lo improbable. En América Latina, lo que se puede esperar es la profundización del giro a la derecha entre los gobiernos de la región.

Habrá que seguir de cerca la situación de Nicolás Maduro en Venezuela, de continuar la profunda crisis política, económica y social por la que atraviesa el país, y habida cuenta de que la población ya no tendrá la posibilidad del referéndum revocatorio para remover al chavismo del poder.

Será, sin duda, un año de grandes definiciones a nivel global, de todas las cuales en este momento la incertidumbre parecería ser la clave.

¿Fin de globalización o tercera guerra mundial?

Dos augurios recurrentes han desfilado por los medios, y entre algunos analistas, a fines de 2016: el primero tiene que ver con lo que estos avizoran como una era "post-globalización", que sobrevendría a raíz de los profundos cambios que dejó el año en materia de preferencias electorales.

En general, se asume que el ascenso de los populismos y los nacionalismos en el mundo desarrollado obedece no solo a una ola antiestablishment, sino también anti-globalización, y que así, el mundo podría regresar a una etapa previa de mayor proteccionismo y desandar el largo camino andado en las últimas décadas en materia de liberalización del comercio.

Y el segundo augurio que con frecuencia se lanza es la posibilidad de un gran conflicto a escala global –que no pocos han planteado en términos de una eventual "Tercera Guerra Mundial"–, a resultas del reposicionamiento geopolítico de Rusia y el ascenso de Vladimir Putin como jugador de gran peso a nivel mundial que le disputa la hegemonía a Washington.

Ninguno de estos vaticinios parece digno de mayor atención. En primer lugar, los temores en cuanto al supuesto "fin de la globalización" se antojan bastante infundados, habida cuenta de que parece ser un proceso irreversible, que de ahora en más solo podría profundizarse con los avances tecnológicos, la robotización y lo que se conoce como la "uberización" de la economía global.

Las tensiones entre las dos grandes potencias mundiales que este año se han vuelto a perfilar, empero, sí son una realidad que mal haríamos en minimizar. De ahí a una eventual tercera guerra, incluso a una reedición de la guerra fría, dista un océano de escalamiento en esas tensiones.

Más bien la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca parecería sugerir algún tipo de entendimiento con Putin que podría, en cambio, aliviar los conflictos. Pero en esto, como en todo lo relacionado a la geopolítica, y sobre todo con Trump en la ecuación, ninguna certeza es dable siquiera insinuar.

Populares de la sección

Acerca del autor