Un clásico teatral y la fuerza desnuda de su retrato familiar

Con simpleza escenográfica y riqueza actoral, la puesta de Denevi le rinde honor a un clásico
Cuando el dramaturgo estadounidense Eugene O'Neill murió, toda posibilidad fue vetada. La obra no debía llegar a las tablas. Sin embargo (y por suerte), su viuda hizo caso omiso de palabras que intentaban resguardar el legado autobiográfico del autor y permitió el estreno de Viaje de un largo día hacia la noche en Suiza, 1956, solo tres años después de que O'Neill muriera.

La obra migró a Broadway poco después y solo debieron pasar algunos meses para que recibiera el Pulitzer a Mejor drama en 1957. Casi de forma instantánea, aquella obra que había amenazado con no tomar cuerpo nunca se convirtió en una de las más importantes y representativas del teatro estadounidense.

Solo un puñado más de años fueron necesarios para que la obra llegara a Uruguay de la mano de la Comedia Nacional en 1961. Y entonces, los montajes se sucedieron.

Ahora, a más de medio siglo de su creación, Viaje de un largo día hacia la noche reta su propia atemporalidad, demostrándose nuevamente como el clásico que es, esta vez en el Teatro Alianza y de la mano del director Jorge Denevi, quien ya la había montado en 1998.

Retratando un día en la vida de la familia Tyrone, la obra tiene como uno de sus centros a Mary (Nidia Telles), la madre, que ha retornado a su casa luego de un tratamiento por adicción a la morfina. Aunque son sus vicisitudes las que mueven gran parte de la trama, haciendo que las grietas de la inestable estructura sean imposibles de maquillar, la dinámica también encuentra pilares en su esposo, llamado con el apellido de la familia (Roberto Jones), y sus hijos, Edmundo (Sebastián Serantes) y Jaime (Álvaro Armand Ugón).

Pese a estar ambientada desde el vestuario y la escenografía en los principios del siglo pasado, la obra se presenta relativamente despojada y austera, como consciente de que todo lo que agregue solo funcionará en detrimento del robusto trabajo actoral que ofrece.

En sí misma un viaje hacia la oscuridad, la obra demuestra un ritmo fluido desde su inicio, una suerte de orquesta de gritos ágilmente dirigida en la que las voces de los personajes intentan imponerse una sobre la otra, cada cual con su propia versión de la resquebrajada historia familiar.

Entre la apócrifa mejoría de la madre ansiosa, la austeridad económica del padre, el alcoholismo del hijo mayor y la posible enfermedad del menor, lo que prevalece no es la acción sino el discurso. Intercambios engranados por la culpa, que rehúsan admitir el temor a la soledad y la enorme dependencia que comparten todos.

Telles comienza su interpretación dominando los contrastes, el ir y venir de un personaje que no ha logrado recuperarse sino que se pierde dentro de su propia línea de pensamiento. A medida que la obra evoluciona, sus pequeños derrumbes se vuelven más y más irreversibles, más y más hipnóticos: a veces se muestra sedada, absorta en su mundo, entre sus fantasmas, y en otros momentos se la ve infantil, como si no supiese que aquellos instantes que recuerda ya pasaron.

Aunque Jones, Armand Ugón y Serantes son un contrapunto de cordura, también ellos se ven dominados por la falta de lógica. Jones contiene a la perfección las diferencias internas de Tyrone, encarnando tanto al hombre complaciente con su esposa como al que se impone ante sus hijos. Aunque las peleas entre él y Armand Ugón son los puntos fuertes de ambos, el Tyrone de Jones se vuelve más humano cuanto más enamorado se lo ve: la manera en la que se derrite por Mary es palpable, pero no por ello burlona ni procaz. Armand Ugón, en tanto, se presenta como una de las mayores desestabilizaciones de la familia, con borracheras verborrágicas y de ímpetu violento, pero medido, que nunca se vuelven caricaturescas. Serantes, en tanto, con un personaje inspirado en O'Neill mismo, se muestra poético, pero no demasiado sensible, con una carga emocional que su cuerpo delata con sutileza.

Aunque Viaje de un largo día hacia la noche discurre cuando todas las problemáticas de la familia ya se han desarrollado y no queda más que intentar zanjarlas, la obra no deja de sentirse como un momento trascendental para los Tyrone. Puede que este sea un día como tantos, una conversación como otras, pero las actuaciones inmejorables y el guión ágilmente adaptado hacen que sea un verdadero punto de inflexión para personajes y público por igual, y no solo el cruce entre cuatro caminos ya irreversiblemente distanciados.


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