Un genio anda suelto por ahí

El caso único de Manuel Arduino, un escritor uruguayo con una obra impresionante
Por Eduardo Espina

Resulta difícil a estas alturas, en un siglo XXI marcado por tantos cambios en la forma de percibir y entender la literatura, saber si realmente existe un canon literario o es tan grande la confusión que cualquier obra puede ser considerada canónica antes de tiempo. Una certeza permanece absoluta: el paso del tiempo sigue siendo el juez implacable, único capaz de decir con certeza qué libros y autores quedarán, y cuáles no. Si uno se guía por la lista de libros y autores promocionados y premiados en estos días, rápidamente puede llegar a la conclusión de que quizá hubo tiempos peores que este en cuanto a creación literaria, aunque resulta difícil cuándo y dónde.

Además, los días actuales se caracterizan por la volatilidad de las modas y la levedad de los juicios a la hora de evaluar una obra. Triunfa el facilismo. Es el signo de la época. Los libros que los críticos recomiendan suelen ser casi siempre aquellos en donde triunfa la lectura fácil, el relato contado con escasas exigencias formales, la narración cortita y al pie, y el anecdotismo histórico con mínimas variantes de ejecución técnica y con una escala más bien pobre de recursos sintácticos. Las genialidades fuera del paradigma no son bien vistas, ni por editores ni por críticos.

Hoy James Joyce no conseguiría editor para Ulises (1922), obra que inventó una modernidad propia, y si consiguiera uno el libro con seguridad pasaría inadvertido, pues los críticos están en otra, en cualquier cosa que no les resulte complicada o excesivamente bien escrita.

La escasez de criterio a la hora de descubrir obras que se animan a salir del molde es escandalosa por donde se la mire. Pareciera que todos están haciendo la misma crítica sobre los mismos autores. Por el momento, nada en el horizonte indica que la chatura vaya a perder terreno, aunque el lúcido poeta y crítico argentino Daniel Freidemberg, radar de tendencias, me decía el otro día que el facilismo, "el poquismo" como lo llama él tan acertadamente (por las pocas aspiraciones y el escaso trabajo formal que evidencian las obras), va camino de salida y que la búsqueda de la originalidad formal como objetivo de fondo, motor fundamental del arte a partir del Romanticismo, acecha otra vez en el horizonte inmediato.

En este panorama de rigores mermados, de predominancia del facilismo y de escrituras lo menos elaboradas posible, resulta lógico que la obra de Manuel Arduino (Montevideo, 1955) haya sido desdeñada o pasada por alto una y otra vez por editores y críticos uruguayos, habiendo debido conformarse hasta la fecha con una existencia plena en los márgenes, donde hoy en día suelen suceder las mejores cosas en literatura.

Arduino es un caso único en la literatura universal. Es el único escritor con obra genial y prolífica (ha publicado un centenar y pico de libros), que solo ha podido publicar dos volúmenes en su país de origen, dos colecciones de cuentos: 200 Palestinas para un músculo (1975), y El libro de las ruinas azules. Historias arquetípicas y maravillosas (1991), publicado por Ediciones de la Banda Oriental. Ambos son libros de culto, celebrados por gente de muy buena cabeza y que no era de andar regalando elogios, como Marosa Di Giorgio, Ariel Méndez (otro genio olvidado) y Manuel Martínez Carril.

Los restantes libros de Arduino, 119 en total, fueron publicados en Argentina (donde reside), México, Estados Unidos, Colombia, Venezuela, Costa Rica, Chile, Puerto Rico, Guatemala, Holanda, Canadá, Taiwán y España. Es uno de los pocos escritores uruguayos vivos con lectores fanáticos de su obra desparramados por todo el mundo.

Arduino, quien tiene 50 libros inéditos, puede ser considerado un escritor compulsivo al estilo George Simenon, publicando un libro tras otro sin mostrar decaimiento, aunque la escritura del montevideano escapa de cualquier referente detectable; impone su marca de estilo caracterizada por una desmesura sin fisuras.

El lenguaje ocupa todos los espacios y guía hacia una totalidad en fuga, que se desplaza y disemina como forma de no estar siempre en sí misma. Va hacia un lugar y cuando el lector llegó, el centro del relato ya se fue a otra parte, hacia donde también vamos, pues es una escritura cautivante, que habla a todo volumen y con la cual la inteligencia entabla un diálogo asimétrico, sin entender del todo, pero comprendiendo enseguida que no se trata de ceder a la presión del entendimiento, sino de situarlo a la retaguardia, ya que el disfrute mayor no pasa por la razón.

En uno de los stands de la 43ª Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, que concluye el lunes, encuentro por casualidad (aunque la lógica de este tipo de fortuito asunto es más rigurosa de lo que podemos suponer) un libro reciente de Arduino: Novela a vela (Malas Palabras Bucks, 2016).

Como todo lo suyo, es un libro raro, aunque la palabra peculiar resulta más apropiada para el caso. La originalidad, que un lector inteligente tanto agradece en tiempos pobres en materia de innovación literaria, salta a la vista a las primeras de cambio.

De entrada, el libro sorprende pues incluye tres fotos en color del autor; portada, contratapa y solapa (la mejor de las tres).

Novela a vela es un libro raro, aunque la palabra peculiar resulta más apropiada para el caso

Cuando el lector logra zafar de la mirada autoral, comienza el adentramiento en una escritura fabulosa, en un festín sintáctico y verbal de la imaginación, en la fiesta de un humor absurdo y espiritual sin parangones. Buscar referentes para compararla resulta inútil.

Apenas el lector comienza el periplo, la vorágine lo arrastra como aguas de un tsunami llevándose todo lo que encuentran a su paso. Nada garantiza que vaya a haber un final triste o feliz, pues, como todas las grandes narraciones de la era moderna, el trabajo del escritor es abrir el paréntesis, no preocuparse de cerrarlo.

Novela a vela, obra extraordinaria por lo que alcanzan a pensar las palabras y por la forma cómo lo dicen, no es la excepción. Manuel Arduino ha inventado con su literatura un mundo con otros dentro, y como su primer habitante invita a recorrerlo con él. Una vez terminado el viaje, el lector siente que ha experimentado la primera vez de algo, y no encuentra palabras para definirlo.

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