Un gobierno en concordato

Está falto de ideas y sobrado de ideologías
Hoy le cederé la palabra en esta columna a Thomas Hobbes.

En 1651, este gigante del pensamiento escribió en su "Leviatán": "La causa final, fin o designio de los hombres (...) al introducir esta restricción sobre sí mismos (... formando Estados) es el cuidado de su propia conservación y, por añadidura, el logro de una vida más armónica; es decir, el deseo de abandonar esa miserable condición de guerra que (...) es consecuencia necesaria de las pasiones naturales de los hombres, cuando no existe un poder visible que los tenga a raya y los sujete, por temor al castigo, al cumplimiento de sus pactos y a la observancia de las leyes". Tal, pues, la razón última no ya de un gobierno, sino de un estado.

Pues lo que vimos el 27 de noviembre, en cámara lenta, es el desplome del estado. Del que aseguró que no ingresaría a imponer el orden público en los estadios, pese a que los estadios son puntuales escenarios de criminalidad filmada. Del que aseguró haber diseñado un operativo que garantizaría un partido de fútbol mediante el despliegue de más de mil efectivos policiales, controles preventivos en los barrios, un impreciso "alerta nacional" y el monitoreo de las redes sociales. Del que no logró llevar una semblanza de orden a una tribuna del Estadio Centenario.

La tonta excusa de que lo actuado habría sido un "éxito" en razón de los males mayores que se habrían evitado es, una vez más, producto de la subestimación a la que invariablemente recurren las mentes simples: hacía una semana que el país tenía sus ojos puestos en el 27-N, anticipando excesos, sopesando la posibilidad de suspender el encuentro, chisporroteando en comentados conciliábulos de los que nunca saliera nada.

Ya después, el presidente de la República interrumpió la que, a todas luces, no era una agenda muy cargada en España a fin de desgranar lugares comunes en una conferencia de prensa de más de una hora y media: sin ruborizarse, definió el bochorno del 27-N como "crónica de una muerte esperada", infiriendo un doble agravio: a García Márquez, y a miles de conciudadanos que, con toda legitimidad, se preguntan: ¿si tan esperada era, por qué llegamos a que se atentara contra la vida de los efectivos policiales? ¿Por qué el operativo de seguridad que tan bien luce en el papel y tan horrible lo hace por televisión, jamás fue coordinado con el Ministerio Público y la Justicia ordinaria?

El presidente simuló, en España, un arrebato de autoridad. "Se terminó", nos dijo, con ese convencimiento con el que en cada viaje despliega logros que nunca logra. Lo que en realidad se ha terminado es, sin embargo, el crédito público del presidente.

Ya sabemos cómo sigue esta historia. Ahora llegarán los proyectos de ley (dos, francamente vergonzosos por lo improvisados, ya fueron desempolvados por cuatro legisladores frenteamplistas y los independientes el mismo 28 de noviembre), y las gesticulaciones melodramáticas: vamos a sacar a los maleantes "del forro", embarcándolos en las "chanchitas" (si es que aún se llaman así ...).
Pero todos sabemos que este problema no se irá.

Y no se irá porque la historia de las barras bravas y el desquicio en el fútbol es la historia del desquicio de la sociedad: la que tolerara, sin resistencia, que un grupo de aficionados deportivos se convirtiera en esa guardia pretoriana que, lentamente, pasara de hostilizar adversarios a compadrear a sus dirigentes, jugadores, y controlar negocios vinculados, de forma extorsiva.

No de otra manera describe Edward Gibbon que declinó el Imperio Romano, precipitando su caída.
"Seremos implacables", aseguró el presidente. Y no lo serán.Como no lo fueron el día en que convirtieran a media docena de cuidacoches en la multitud hostil y extorsiva que hoy cubre el país.
Como no lo fueron el día en que le reconocieran a los sindicatos el poder de disponer de la propiedad privada de las empresas empleadoras. Como no lo fueron el día en que les reconocieran el poder de formar piquetes, en directa confrontación con las mismas empresas, o terceros. O el de definir la política exterior del estado. Como no lo fueron el día que se avinieran a convertir a la ralea sin educación, límites, valores o trabajos regulares no en seres humanos dignos y sujetos de una verdadera promoción, sino en peones electorales con los que fotografiarse, y a los que acollarar con la horca del asistencialismo.

Y, ya exprimiendo la última gota del crédito público, el presidente mal empleó su tiempo europeo en conjurar los vapores de la explicación conspirativa: que si el 27-N fue una "asonada", organizada desde las cárceles, por poderosos, anónimos, narcotraficantes y sus cómplices del exterior. Un pobre intento por jugar con la opinión ciudadana, sin comprender hasta qué punto la explicación, apenas humo y espejos, se torna en alegato contra su gestión.

Es que, de creer en ella, y de haberse configurado el delito previsto por el art. 145 del Código Penal (el mismo que el presidente debe, por fuerza, conocer, desde que precisamente "asonada" fue lo que ocurriera ante el Hospital Filtro el 24 de agosto de 1994, contando con su presencia, la de Líber Seregni y la de Danilo Astori); de ser las cárceles un verdadero centro operativo del crimen (como lo fuera el Penal de Punta Carretas en 1970, según podrá contarle su ministro del Interior); y de ser el apoyo de los barrabravas de Estudiantes de la Plata algo más que el viaje de tres aficionados con un bombo legüero ... ¡pues más fracasada fue entonces la operación del 27-N que hoy se nos pinta tan "exitosa" como definiera el senador Ernesto Agazzi la gestión de ANCAP!

El 27-N marca, por ende, el punto más alto del fracaso de la gestión frenteamplista al timón de los asuntos públicos. Al cúmulo de obras nunca concretadas, de proyectos que no despegan de la cartulina, de pozos de petróleo sin petróleo, de desvaríos financieros en los que un país pobre paga con desempleo, emigración, improductividad, el capricho de un concilio de improvisados, hoy ya sabemos que se suma la incapacidad de garantizar al ciudadano en la esencialidad de lo que lo lleva a darse un estado, según refiere Hobbes.

Más de 12 años después de haber asumido como primer presidente frenteamplista, Tabaré Vázquez nos viene a decir que "se terminó la situación que estamos viviendo". Más de 12 años después, no es comentario que satisfaga, no ya a los muertos (y apenas en las cárceles que siempre son las mismas, son más de 40 por año), sino a la anciana a la que un arrebato quebrara la cadera, a su familia, forzada a paliar las consecuencias, al matrimonio que no duerme tranquilo desde que asaltaran su vivienda con él adentro, o al comerciante al que rapiñaran sus mismos vecinos por enésima vez. 12 largos, irrepetibles, años.

¿Hoy, recién hoy, "se terminó la situación"? ¿Hoy, que sabemos, gracias a la OCDE, que, ya en 2010, apenas el 25% de los jóvenes de entre 15 y 17 años, pertenecientes al quintil de ingresos más bajos, completó el Ciclo Básico, en tanto un mero 7% de los de entre 18 y 20 años culminara Secundaria?
¿Y por qué habría de terminar hoy? ¿No sigue, acaso, en manos del mismo ministro del Interior que fuera primera espada de José Mujica, a su vez esposo de una legisladora ligada a la barra brava de la Amsterdam, y secundado como sub-secretario por el hermano del presidente de la República?

La realidad, inevitablemente, es la que testimoniamos en las sucias y deterioradas calles de Montevideo: la de un gobierno que, falto de ideas y sobrado de ideólogos, no solamente se negara a reparar las ventanas rotas de la convivencia social, sino que festejara su pedrea en aras de su único norte y logro: el mero desembarco presupuestal.

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