Un gran ladrillo en la muralla

Muchos creyeron que China se hollywoodizaba con la película La gran muralla, pero el resultado es de calidad
Hace aproximadamente un año, en esta columna se daba cuenta de la filmación de la película La gran muralla, del director chino Zhang Yimou, y protagonizada por Matt Damon y el actor chileno Pedro Pascal, destacado a nivel internacional por su papel en la taquillera serie Juego de tronos.

Con un abultado presupuesto que superó los US$ 150 millones –el más grande de la historia del cine chino–, la acción repleta de efectos y un reparto que mezcla actores de Hollywood con la nueva camada de jóvenes actores chinos, Yimou logró llevar a la pantalla una historia pergeñada por tres cabezas interesantes: Max Brooks, hijo de Mel Brooks y Anne Bancroft; Edward Zwick, para más señas director de El último samurái, y Marshall Herskovitz, productor de Zwick y de otras producciones de nivel.

La película comienza con una frase que rige toda la historia: sobre la gran muralla china sobrevuelan hechos verdaderos y leyendas. Lo que se contará queda desde el inicio mismo en el campo del mito. Una pandilla de mercenarios occidentales que va en busca de la poderosa pólvora china atraviesa un desolado desierto en las profundidades de Asia. Una noche sufren el misterioso ataque de una extraña bestia a la que logran cortarle una filosa pezuña.

Luego del ataque quedan vivos Damon y Pascal, que cargando la mano de la bestia, llegan como forasteros sospechosos hasta la monumental muralla. Pero la situación que encuentran allí es dramática: un gigantesco ejército enfrenta los sucesivos ataques de jaurías de seres llamados tao-tei, una mezcla de perros con lagarto, iguana y tigre de Bengala con dentadura de tiburón y hambre incansable.

No voy a continuar con el argumento, puesto que este es apenas el planteo del nudo narrativo. Yimou se divierte con una película de acción que además presenta la riqueza plástica, la sutileza cromática y las coreografías dignas del maestro que cautivó al mundo con la ceremonia de apertura de los juegos de Pekín, en 2008, y con algunas maravillas de artes marciales, como La casa de las dagas voladoras, en 2004.

También para Damon significa un desafío particular protagonizar una película épica en la que enfrenta irracionales bestias que surgen desde la oscuridad neblinosa de las montañas. Su rostro barbudo o afeitado sostiene la acción y hace una buena junta con el chileno Pascal, encargado de algunos gags cómicos.

Con tanto talento para producir emoción a base de rigor físico como plástico, y sin caer en los lugares comunes que cualquier epígono de Hollywood hubiese cometido sin piedad, La gran muralla es una lección de divertimento con toda la fuerza de una mano firme detrás de cámaras.

Hace 30 años, Yimou irrumpía en el panorama cinematográfico internacional de la mano de Sorgo rojo, el filme que lo catapultó fuera de su inmenso y ombliguista país. Tres décadas más tarde, Yimou, con una carrera dilatada y plagada de joyas, puede darse el lujo de filmar una matiné, pero una matiné de gran calidad y factura.

Además, vuelve a reflexionar, como en Héroe, sobre la historia de su tierra, un tema que lo obsesiona desde sus primeros filmes.

No es la primera vez que Yimou atrae a actores del mainstream de Hollywood a una película suya. Había sucedido con el siempre preceptivo Christian Bale en Flowers of war, de 2011, nunca estrenada comercialmente en Uruguay pero disponible en internet. Para los que no la vieron, todavía están a tiempo de asistir en pantalla grande, antes de que la bajen de cartel.

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