Un hombre que el mundo extrañará

Obama dejará la Casa Blanca tras ocho años
Recuerden el nombre de Barack Obama. Lo estarán escuchando mucho durante esta temporada de elecciones", advertía el columnista del New York Times, Bob Herbert en junio de 2004, cuando el entonces aspirante a senador por Illinois apenas era una promesa.

En esa pieza profética titulada Un salto de fe, Herbert describía a Obama como un hombre con carisma, una cualidad que sumaba a una trayectoria que se constituía basada en dos pilares: haber sido a los 28 años el primer presidente negro del Harvard Law Review y haber marcado una férrea oposición a la guerra de Irak desde el primer día.

Pero Herbert se quedó corto. El nombre de Obama no solo se escuchó durante esa temporada de elecciones, sino que habría de marcar la política estadounidense para siempre.

Cuando Obama se convirtió en el político más poderoso del mundo, su país sufría las consecuencias materiales y simbólicas de un profundo error –ahora aceptado por todo el establishment político– llamado guerra de Irak. Las relaciones con Rusia habían llegado al punto más bajo desde el fin de la Guerra Fría y la desconfianza se reproducía entre sus aliados occidentales. Irán caminaba con ligereza hacia la bomba nuclear y las relaciones con Cuba seguían tan congeladas como durante el último medio siglo.

Obama no solo heredó un país que había exportado al mundo una poderosa crisis financiera, sino que cuando ingresó por primera vez a la Oficina Oval sabía que, antes que nada, debía recomponer su imagen frente a medio mundo.

Su antecesor en el cargo, George W. Bush, había hecho todo lo posible para abusar de las prerrogativas unipolares con una política exterior conservadora que dividía al mundo en una dicotomía maquiavélica.

Estados Unidos podía seguir siendo esa nación insuperable por el tamaño de su economía y el poder incontrastable de su fortaleza militar. Pero siendo la nación más poderosa no podía influir en sus aliados para lograr cursos de acción que estuvieran acordes a sus intereses.

El llamado al cambio era inevitable. El Departamento de Estado no podía seguir un día más con una política exterior unilateral e irreverente que hacía dudar a todos sobre la benevolencia de sus motivos.

El trabajo requería de un hombre con visión. Un hombre que creyera que la guerra es una estrategia pobre en tanto deja muchos más costos que beneficios. Se requería un hombre que entendiera la necesidad de hacer compromisos multilaterales y que creyera en la diplomacia como alternativas para la acción militar.

Obama no lo hizo todo bien. No fue el mejor estratega. Y su inequívoca disposición para la paz no siempre alcanzó los efectos buscados. Pero Obama lo intentó.

Lo tacharon de naif liberal por querer "resetear" la relación con Rusia y buscar espacios de cooperación con Vladímir Putin.

Lo trataron de iluso por sentarse en una mesa a negociar con Irán y buscar un camino pacífico para detener los intentos de proliferación nuclear.

Lo catalogaron de débil por querer terminar con las guerras de Afganistán e Irak y por entender que Guantánamo es un lastre que una nación que exporta sus ideales de libertad, paz, democracia y justicia al mundo, no se puede permitir.

Lo trataron de antipatriota por ir a la universidad de El Cairo e intentar levantar un puente, que estaba dinamitado, con el mundo musulmán.

Barack Hussein Obama es el presidente de Estados Unidos que desembarcó en La Habana luego de casi nueve décadas para decirle a los cubanos que sabe que el embargo los ha lastimado y que es tiempo de cambiar.

Es el presidente de Estados Unidos que tocó el suelo de Hiroshima más de 70 años después de que 140 mil japoneses murieran al instante, para honrar a esos muertos. Y para decirle a ese pueblo que la memoria de lo que pasó "no debe desvanecerse nunca", y que la humanidad debe escapar de la "lógica del miedo" para vivir sin armas nucleares.

Es el presidente de Estados Unidos que eligió a un veterano de Vietnam –que retornó de esa guerra para decirle a los congresistas el error que estaban cometiendo– como secretario de Estado.

Es el presidente que le dijo a su tropa en West Point que tener el mejor martillo no significa que cada clavo sea un problema.

Barack Hussein Obama, el idealista, es el hombre que este mundo va a extrañar.

Y como el viejo Whitman escribió alguna vez para Lincoln, alguien debería al menos susurrarle al oído: ¡Oh capitán, mi capitán! Ha terminado nuestro terrible viaje.

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