Un mensaje desparejo

Aunque no es el mejor camino, es frecuente que los mensajes presidenciales exalten logros reales y loables intenciones futuras

Aunque no es el mejor camino, es frecuente que los mensajes presidenciales exalten logros reales y loables intenciones futuras pero disimulen o ignoren lo que anda mal. Por desparejo, no fue excepción el del presidente Tabaré Vázquez, al cumplirse el primer año de su mandato. Destacó la buena posición relativa de Uruguay en áreas de importancia, comparada con la de otros países de la región. Sorprendió al advertir sobre el peligro de perder el grado inversor pero, al mismo tiempo, minimizó el deterioro fiscal generador de ese riesgo. Exageró el crecimiento de la economía y soslayó el impacto del desempleo que, aunque aún en niveles históricamente bajos, tiende a crecer en forma sostenida por caída de actividad productiva.

Se abstuvo además de reconocer y explicar factores de clara incidencia negativa, como es el caso de las empresas públicas. Las tarifas excesivas de sus servicios derivan de las necesidades gubernamentales de financiamiento. Pero adicionalmente, y con excepción de UTE y de ANTEL, anclan la calidad de sus prestaciones las carencias de infraestructura y las claudicaciones directivas. El caso más notorio, que Vázquez ni mencionó, fue el desastre de ANCAP, deficitaria en cientos de millones de dólares por deficiencias de gestión y pese a su carácter monopólico, sin las presiones de competencia del sector privado.

Un aspecto significativo de su mensaje fue la advertencia de que puede peligrar el grado inversor, que tanto trabajo costó recuperar luego de la crisis financiera de 2002. Aunque Vázquez no lo reconoció específicamente, el riesgo está centrado en campos donde se ha encendido la luz amarilla. Uno es el creciente déficit fiscal, que se acerca peligrosamente al 4% del Producto Interno Bruto, creando incertidumbre sobre el compromiso gubernamental de bajarlo a 2,5% para el fin del período. Otro es una inflación que ronda el 10%, lejos del tope del rango meta oficial del 7% y que su administración vaticinó que bajaría al 5%. Y pecaron de optimistas sus evaluaciones sobre servicios públicos en salud, seguridad y, sobre todo, educación.

Vázquez y su equipo tuvieron obviamente un primer año difícil, en parte por claudicaciones propias pero también por un maremoto de conflictos laborales, por males heredados de la administración anterior y por decaimiento de mercados externos, factor fuera del control de nuestro país. A diferencia del presidente argentino Mauricio Macri que, al hablar ante el Congreso el mismo día, pudo culpar de los problemas actuales de su país al desastroso gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, Vázquez mal podía descargar sobre su predecesor José Mujica sus culpas evidentes sin reavivar las ya críticas disensiones internas en el Frente Amplio sobre política comercial e inclinaciones ideológicas.

Pero hubo en su mensaje, junto con exactitud sobre cosas bien hechas y promesas de mejoramiento por venir, distorsión de problemas actuales, como en el caso de la educación pública, y omisiones que le restaron peso. Uruguay enfrenta dificultades graves en muchas áreas, que son percibidas por la gente en su vida cotidiana y por los sectores productivos, que las viven en sus operaciones. Asumirlas abiertamente, en vez de tratar de reducir sus alcances o soslayarlas, hubiera hecho el mensaje presidencial más transparente y convincente. Y, sobre todo, más convocante para estos tiempos complicados por los que atravesamos y a los que no son ajenos los problemas en el seno de gobierno y de su partido.


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El Observador

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