Un mundo sin encuestas

No hay nada obvio sin instrumental; y cuando hay instrumental, no se lo ve

Las encuestas son hoy parte del paisaje, y como todo elemento que viste el paisaje cotidiano, pierde presencia. Y cuando se lo ve, se miran sus falencias e incongruencias (1). Son tan parte del paisaje que muchos informadores y dirigentes creen que las preferencias de las ciudadanías se ven a simple vista, y sin necesidad de instrumental.

Años atrás un gobernante sostuvo que era obvio que la gente no iba a ir masivamente a adherir a un referendo, para lo único que valían las encuestas era para determinar el porcentaje exacto de esa concurrencia.

Nunca se puso a pensar de dónde venía esa obviedad, que era producto de las encuestas que venía leyendo en los días y semanas anteriores. Porque ese gobernante no tenía otra información directa, aparte de las encuestas, que las percepciones de su entorno personal, por cierto limitado.

Conviene pues ver qué era y qué no era lo obvio cuando no existían las encuestas. Algunas anécdotas para demostrar el verdadero despiste de los actores políticos al guiarse por su propia y exclusiva percepción, sin un solo instrumental científico.

En 1958 Uruguay llegaba a 93 años continuos de gobierno colorado. A nivel nacional el Partido Nacional había ganado tan solo una elección gubernamental en los años veinte, que por el régimen de renovación parcial del Consejo Nacional le dio la Presidencia pero no la mayoría del cuerpo, con lo que no tuvo posibilidades de gobernar.

Si se toma en cuenta desde que hay una poliarquía más o menos puro, más o menos incompleta, se venía de medio siglo de elecciones gubernativas sin que el Partido Colorado pudiese ser desplazado. El árbol del paisaje era de color colorado y el desafiante, condenado a la oposición, blanco.

Las listas reflejan esa realidad. El régimen vigente era de colegiado integral de 9 miembros, 6 por la mayoría (todos para la lista más votada del partido más votado) y 3 para la minoría (proporcional dentro del segundo partido).

En buen romance para todos quería decir: 6 consejeros colorados, todos para "La 15" de Luis Batlle; 3 consejeros blancos, 1 para el herrero-ruralismo, 1 para en antiherrerismo (Unión Blanca Democrática, UBD) y 1 en disputa para ambos, con mayor chance para la UBD.

Luis Batlle puso a sus mejores hombres al Consejo Nacional de Gobierno, ninguno de los cuales repitió candidatura para el Senado u otro cargo. Primer sorpresa, el paisaje se tiñó de color diferente, invisible a los actores sin instrumento: devino en blanco, y cuatro de los seis seguros consejeros de gobierno (cuatro de ellos seguros presidentes, dada la presidencia rotativa), todos ellos, quedaron sin cargo electivo alguno, y los dos electos no devinieron en presidentes, sino en consejeros de la minoría.

El herrero-ruralismo puso en primer lugar al vicario de Herrera, Martín R. Echegoyen y en el cago en disputa al flamante aliado Benito Nardone (para ganarle a la UBD y acceder al Consejo, "que aporte buena cantidad de votos provenientes del coloradismo").

Las cuatro candidaturas restantes fueron una para el que pudiese oficiar de suplente de ambos titulares (Haedo) y tres en carácter decorativo (uno iba como tercer titular al Senado, los otros dos en los los lugares décimo y undécimo al Senado, es decir, también sin posibilidades de acceder a la cámara alta).

La UBD siguió el criterio de lo obvio: el Partido Nacional resultaba segundo y dentro de él la UBD ganaba al herrero-ruralismo. De donde las dos primeras figuras optaron por encabezar el Consejo Nacional, sin repetir a otro cargo; y los otros cuatro candidatos fueron personajes de relieve en la vida nacional pero no en la política ("para vestir la lista", como se decía).

Como no funcionó ninguna obviedad, ganó el Partido Nacional y dentro de él el herrero-ruralismo. Lo más rutilante es que el partido condenado a ser segundo, el blanco, ganó nada menos que por 12 puntos porcentuales: 50 a 38. Nadie pudo prever una elección con resultado tan arrollador.

Los candidatos de la UBD quedaron de a a pie, como les pasó a cuatro de los seis de la Lista 15. En el herrero-ruralismo, el destinado a suplente de consejero y el candidato a suplente de senador no solo devinieron en consejeros, sino que ocuparon la Presidencia un año cada uno; el candidato a tercer senador devino consejero, y también, el otro candidato a suplente de senador.

Otro caso relevante es el de las elecciones de 1966. Después de dos periodos de gobierno, en el Partido Nacional se creyó ser ahora el árbol el paisaje. Fue el año de la reforma en que se restituyó la Presidencia de la República y se abolió el colegiado.

La mayoría del herrero-ruralismo (detrás de Echegoyen) y la mayoría de la UBD se aliaron. Según lo obvio, se mantenía el colegiado, el Partido Nacional retenía el gobierno y dentro de él la Alianza Echegoyen con la mayoría de UBD. Con esa obviedad hubo una feroz disputa por el sexto lugar al Consejo Nacional de Gobierno.

Y como no era tan obvio el mantenimiento del colegiado, por las dudas hubo otra feroz disputa por la candidatura a vicepresidente, que culminó en una transacción: quien iba a vicepresidente (y segundo al Consejo), no repetía al Senado. Porque aunque pudiese haber reforma, no podía perder el Partido Nacional. Hubo reforma, se eliminó el colegiado, ganó el Partido Colorado por una diferencia de 49 a 40. Nueve puntos de diferencia no pudieron ser vistos por los dirigentes nacionalistas.

En 1971 el Frente Amplio creyó tener buenas probabilidades de obtener la Presidencia de la República y la absoluta seguridad de ganar la Intendencia de Montevideo. Lo primero no era creído por todos los dirigentes, pero sí por una buena cantidad, quizás mayoritaria.

El Frente Amplio no solo obtuvo el tercer lugar, sino que fue duplicado por cada uno de los partidos tradicionales por separado. (más de 40 punto cada uno contra menos de 19). En Montevideo, el Partido Colorado derrotó al Frente Amplio por 10 puntos de diferencia, 40 a 30.

No hay nada obvio sin instrumental. Y cuando hay instrumental, no se lo ve (o no se lo quiere ver). Es que muchos creen que conocen la temperatura por su propio cuerpo, sin advertir que antes la escucharon por radio, la vieron por televisión o la leyeron en prensa o internet. Después que se habituaron al termómetro, creen que no les indica nada.

(1) Este artículo es una reescritura del análisis con el mismo título publicado en El Observador en enero 12 de 2003. Ver en www.factum.uy

Populares de la sección

Acerca del autor