Un mundo feliz (con las reglas de Mark)

En Facebook somos todos amigos, pero la comunidad tiene dueño y reglas propias
Facebook censuró una imagen de la guerra de Vietnam, una imagen icónica, que muestra la barbarie de la especie humana como muy pocas otras. Se podría decir que la foto tomada por Nick Ut, ganadora del premio Pullitzer en 1972, conocida como "la niña del napalm" y que ilustra este texto, es necesaria para entender el mundo, el uso del poder y hasta podría ayudar a redefinir la palabra terrorismo.

Fue, de acuerdo a todas las evidencias, un error. Un error de un gigante que se llama Facebook y que, desde hace muy poco, comete sus propios errores sin que medie equivocación humana.

Resulta que ahora es una fórmula matemática la que determina cuáles son las informaciones relevantes, cuáles no y cuáles son las censurables, luego de que el famoso sitio web decidiera despedir al grupo de personas que oficiaban de editores en cuanto a la relevancia y admisibilidad de los contenidos.

Y por más sofisticado que sea el algoritmo, se va a equivocar. La niña vietnamita estaba desnuda, de frente a la cámara, y eso es censurable. La máquina que decidió la censura no tuvo en cuenta otros factores. La foto ha sido usada para ilustrar el horror de la guerra, durante las últimas cuatro décadas.

Esta vez lo hizo el diario noruego Aftenposten. Una vez que el gigante la censuró por considerla inapropiada, se desató una furia virtual, hasta que Facebook decidió volver a subirla en la red.

No sería un gran problema –el hecho de que un sitio web publicara algunas cosas y otras no– si no fuera por el tamaño desmesurado de Facebook. Ese es el problema. El gigante en sí. El hecho de que cientos, tal vez miles de millones de personas obtengan la información sobre el mundo que los rodea de parte de una gran fuente: Facebook.

La idea de internet es la libertad que propone: el hecho de que cada uno pueda navegar por el universo de la información y sacar las conclusiones que se deriven de esa aventura. Sin embargo, resulta que una red específica, con intereses propios, domina una porción desmesurada de ese tráfico, y sus criterios son los que determinan qué es importante y qué es apropiado.

Facebook está cada vez más abocado a que toda la experiencia del usuario de internet pase por su sitio y usa todo su poder para que eso suceda cada vez más. No es fácil resumir por qué camino quiere llevar a la humanidad interconectada, pero a grandes rasgos me atrevo a decir que va por el lado de "somos todos amigos con mucha onda y queremos consumir todo lo que podamos para estar cada vez más cómodos y felices".

El error que cometió el algoritmo tiene cierto sentido. La foto provoca rechazo, es real y no ha perdido un ápice de vigencia. El mundo en el que vivimos tiene mucho de atroz. La niña del napalm vale mil videos de gatitos jugando con una caja de cartón.

Puede parecer que Facebook está lejos, todavía, de instaurar un mundo feliz virtual en el que la humanidad se olvide de su crueldad esencial. En su momento se alzaban voces tan pretendidamente iracundas como la mía ahora, que decían que la televisión nos convertiría a todos en una manada de estúpidos, y tal parece que somos tan despiertos o abombados como lo éramos antes del invento de la caja boba.

Yo, sin embargo, creo que el invento de Zuckerberg es mucho más ominoso. Está en su naturaleza acaparar el alma de los internautas y su ambición es que todos lo seamos.

Yo tuve la esperanza de que surgiera una competencia digna de ese pretendido monopolio de la red de redes pero no surgió. La perspectiva de Facebook es la expansión hasta el infinito, o hasta que surja la rebelión que nos libere de la obligación de revisar a diario ese sitio, de confiar en él para saber dónde estamos parados.


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