Un mundo feliz

La NBA es una hermosa utopía que se instaló en la realidad
magínense por un momento que en el fútbol no hubiera empate. Que cada campeonato terminara con una final entre dos equipos. Que no solo se pasaran los goles de cada partido sino también las mejores jugadas personales y colectivas, seleccionadas por categorías; que también se pasaran las peores jugadas y que se defenestrara sin piedad a sus protagonistas.

Que hubiera una liga que concentrara a la inmensa mayoría de los mejores jugadores del mundo. Que el público festejara la genialidad de las estrellas del equipo visitante.

Imagínense una liga en la que buena parte de las estrellas del deporte se convirtieran en los expertos que comentan cada partido; que lo hicieran con inteligencia, sutileza, profundidad y sentido del humor.
Que los periodistas le preguntaran a cada jugador sobre la calidad de sus rivales, que hablaran de la estrategia de los otros equipos. Que explicaran las dificultades de marcar a cierto jugador.

Imagínense que la gran mayoría de los jugadores fuera capaz de expresar con propiedad lo que piensa y lo que siente.

Que durante la transmisión televisiva, en el entretiempo y al final de cada partido, se hiciera un resumen de lo que pasó en todas las canchas, con todas las imágenes relevantes.

Que cada jugador fuera un fanático del juego; que en vez de dejarse halagar o defenderse en las entrevistas, hablara en profundidad del juego que lo apasiona y de los rivales a los que admira.
Imgínense que los jugadores fueran tan dueños de su contrato como los clubes que pagan por sus servicios. Que todos los equipos de esa superliga fueran supermillonarios y que a los que le fue peor en el año les tocara elegir a los mejores jugadores de cada generación que ingresa al juego.

Que la gracia del espectáculo fuera celebrar la belleza, la elegancia, la ferocidad y la sutileza en el juego, además del resultado. Imagínense que después de todo el circo, cada temporada finalizara con una batalla tremenda por obtener la gloria.

Que cada año hubiera un partido jugado por las estrellas de toda la liga, elegidos por el público en cada posición.

Imagínense que no hubiera barras bravas ni violencia de ningún tipo. Que no hubiera cánticos fascistas ni racistas en la cancha. Que nadie insultara ni hablara de matar a nadie y que igual se viviera con toda la intensidad emocional del mundo.

Todo eso sucede en la National Basketball Association, mundialmente conocida por sus siglas: NBA. Es un planeta donde todos somos felices conviviendo en un mar de conflictos.

Yo tengo identidad futbolera. Viví toda mi infancia y adolescencia a 500 metros del estadio Centenario, en una época en la que los menores de 14 entrábamos gratis a la Colombes y la Amsterdam. Íbamos a ver los partidos de Peñarol y de Nacional. Incluso en los partidos internacionales abrían las puertas cuando faltaban 15 minutos para terminar el partido, lo que se conocía como "los últimos 15".

Por alguna razón que me cuesta no ya explicar sino simplemente entender, me hice hincha de Liverpool, y tuve mi época de concurrente a las canchas chicas. Sigo los avatares de la selección y fui al estadio contra Colombia y Chile. Veo cada tanto algún partido europeo. Disfruto del tridente del Barcelona, con atención especial a nuestro héroe local.

Pero viví ocho años en Estados Unidos y sé que la NBA es otra cosa. Empezar a entender las sutilezas que están en juego es una emoción indescriptible. Ahora mismo se está escribiendo una historia apasionante cuyos protagonistas son un equipo legendario, San Antonio Spurs, y dos superestrellas que no pueden ser más distintas entre sí: LeBron James y Steve Curry.

La temporada regular llega a su fin y los playoffs prometen una dimensión épica extraordinaria.
Yo veo por internet las transmisiones originales y ya me preparo para una dimensión memorable. Porque, ya es hora de admitirlo: I love this game.

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