Un país caro

Columna de opinión publicada en El Observador Agropecuario

Por Lautaro Pérez Rocha (*), especial para El Observador

La tasa de interés de financiación de la tarjeta internacional es de 49% en pesos. El australiano al que le mostraba el estado de cuenta me preguntó por qué era tan alto, si había excesiva inflación en Uruguay o si era por un tema del riesgo de prestar dinero. Dije: la inflación está en niveles de un dígito, las tasas de préstamos en dólares también, y hace dos décadas que tengo esta tarjeta y jamás he financiado un solo peso. Es un robo a mano armada, fue la conclusión. Y hace muy poco tiempo, en la pleamar de la bonanza económica, estaban cerca de 80%.

Otro ejemplo: en las compras con tarjeta, al comerciante se le descuenta 2,5% si es en débito y 4,5% si es en crédito. Cifras de locos. ¿Y por qué tasas tan altas? ¿Quién se lleva la plata? Habrá variadas explicaciones; una que no es completa, pero aventuro, va por el tema de la productividad o, visto desde la otra cara, del costo salarial.

En la banca, hay muchísimos procesos que se han automatizado, digitalizado y simplificado, pero no así las estructuras de personal con sus sueldos y cargas sociales. Estas no se pueden tocar. El sistema entonces no mejora su competitividad y se vuelve ineficiente. Este es un problema de todos los sectores; los uruguayos nos hemos acostumbrado a ganar bien (no está mal) pero con niveles de productividad decrecientes (eso sí está mal). La tecnología se vuelve una amenaza en lugar de potenciar otras capacidades humanas y generar saltos productivos. La ecuación sueldos y productividad, así como la tenemos, es insostenible.

Que Uruguay es caro ya no es una novedad para nadie. Al costo salarial se suma el combustible, la energía, la comida; todo es un huevo de Pascua. Se sufre a diario. Cualquier esfuerzo con miras a procesar más un producto tiene una probabilidad muy baja de ser exitoso. Porque agregan más costos que el ingreso adicional.

Cambia en forma desfavorable la ecuación retorno/riesgo, el aumento del riesgo es mayor al del retorno. Es muy claro en la industria exportadora. Es muy claro en rubros como el arroz o la lechería. Toman niveles vertiginosos de intensidad que luego son indefendibles ante una tempestad en el mercado.

Porteras afuera hasta el puerto nada ayuda a la competitividad, y porteras adentro ha sido muy difícil salir del espiral en el cual más producción implica sistemas más intensivos y riesgosos.

Somos inexplicablemente caros. Alto ahí. Alguno dirá que somos caros porque la plata se va por las alcantarillas de la ineficiencia estatal, que gastamos más de lo que recaudamos, que invertimos mal, que ANCAP fíjate todo lo que ya sabés. Podemos agregar otros factores: somos un mercado chico y bastante cerrado, exportar al otro lado del mundo no es fácil, el verano dura un mes, la inserción regional nos condiciona, el poder gremial, el lobby corporativo; en fin, la lista sería larga.

Chapoteamos en ese lodo de la queja sin que alguien pueda hacer algo al respecto y, mientras, Uruguay sigue siendo un país caro. La conducta empresarial (acertada) es la estrategia del bicho bolita, defensiva, enrollarse. Esto es un enorme problema porque para que el país se desarrolle debe producir y comerciar más. Y la curva de oferta no se desplazará si de alguna manera no se alteran los costos en forma significativa. No habrá más torta para redistribuir.

Cambiarlo exige que alguien acepte riesgos políticos muy bravíos, épicos. Solo así podrá hacerse un giro estratégico relevante: dejar de refinar naftas, importar gasoil, acabar con la inmovilidad del funcionario público, balancear costo salarial y productividad, sincerar tarifas públicas, rediscutir las políticas sociales y muchas otras más.

¿Será que ya no da criollos el tiempo?

(*) lautaro@adinet.com.uy


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