Un país en el banquillo de los acusados

Un abogado rebelde es un atrapante thriller que denuncia sin eufemismos el sistema legal de EEUU
Antes de hacerse millonario en la década de 1990 gracias a la publicación de novelas como Fachada, El informe Pelícano, El cliente o El poder de la justicia, todas ellas llevadas además al cine con gran éxito, John Grisham fue abogado y diputado electo por el Partido Demócrata, lo que explica su enorme conocimiento del sistema legal de su país.

Los prejuicios ante la obra de este gran hacedor de bestsellers se dejan rápidamente a un lado en cuanto el lector se sumerge en las páginas de cualquiera de sus libros. La sencillez de su prosa adhiere a la tradición estadounidense, huye de la metáfora como de la peste y es por encima de cualquier otra cosa absolutamente dinámica y entretenida.

Aunque se lo puede acusar (con cierto fundamento) de falta de profundidad psicológica y alguna que otra resolución de conflictos algo fantasiosa cuando no inverosímil, es evidente que Grisham compensa esas carencias con una innegable capacidad para presentar situaciones de gran tensión dramática.

Dicho esto, hay que señalar que su mayor virtud, como queda patente en Un abogado rebelde, su última novela traducida al español, es la denuncia constante de las miserias del sistema legal estadounidense, lo que unido a una soberbia crítica social dan como resultado novelas que siempre tienen algo importante que decir.

Esta vez se trata de seguirle los pasos a Sebastian Rudd, un abogado de oficio penalista que no duda en defender a cualquiera, no importa de qué se lo acuse. Representar a presuntos asesinos, violadores y mafiosos, no le ha traído más que problemas, por lo que siempre está acompañado de su socio Partner, un gigante que oficia de guardaespaldas.

La novela, estupenda por donde se la mire, presenta una serie de casos en lo que se mezcla lo policial con lo legal, ya que se desarrollan tanto en el tribunal como fuera de él. Con gran talento, Grisham mezcla las diferentes tramas hasta construir una sola pieza de orfebrería que funciona con precisión milimétrica de comienzo a fin.

El libro arranca con la defensa de Gardy Baker, un muchacho de muy mal aspecto y escaso coeficiente intelectual a quien se lo acusa de haber asesinado a dos niñas que aparecen muertas en el estanque de un pueblo. Con todo en contra (el juez, el fiscal, la policía, la opinión pública y hasta la estupidez de su cliente), Rudd se deja la piel para evitar que sea condenado a muerte un inocente.

Aunque el argumento no es novedoso, lo que importa es la denuncia que hace Grisham de la perversa lógica de un sistema legal que hace agua, más que nada, porque son hombres sin escrúpulos ni ética alguna quienes lo llevan adelante. La trama le sirve también para explicitar su absoluto rechazo a la pena capital, y la descripción que hace del famoso corredor de la muerte es espeluznante.

En otro de los casos, varios agentes de policía se equivocan de domicilio y atacan sin piedad a un pacífico matrimonio, matando a la mujer e hiriendo al hombre. Rudd lleva adelante la millonaria demanda civil que deja en evidencia la corrupción de todos los estamentos, desde el gobernador al cuerpo de policía, pasando por la prensa sensacionalista. La crítica al gatillo fácil es demoledora.

Mientras los casos se superponen, se unen y se separan, y vuelven para ser resueltos de una u otra forma, el lector va conociendo mejor a Rudd, que lleva siempre un arma en la axila, que está separado de su mujer, que también es abogada, y lo enloquece con la custodia de su hijo mediante trucos legales, y que cambia constantemente de domicilio ante las repetidas amenazas contra su vida.

Grisham arremete como una topadora para describir un país ultraviolento con las cárceles llenas de negros, con jueces que quieren irse a sus casas cuanto antes, con policías que encubren a compañeros asesinos y fiscales que solo buscan salir en primera plana. Y lo hace con una habilidad que no deja de ser asombrosa.


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Acerca del autor

Andrés Ricciardulli