Un país patas arriba

Vázquez aspira a que Uruguay se lance en pos de una aventura diseñada para 1990: la cacería de acuerdos preferenciales de comercio

Por Álvaro Diez de Medina, especial para El Observador.

El gobierno", tituló, exultante, el semanario Búsqueda, "sale 'al mundo' a buscar inversiones, sin priorizar coincidencias ideológicas". Y vaya si suena comprometido: el presidente de la República anuncia en New York que visitará en los próximos meses cuatro de los cinco continentes, en procura de inversiones y acuerdos de libre comercio: "con cierta osadía", aclara, "muy medida, muy pensada, muy meditada". Bueno, me dirán aguafiestas, pero si estuviera en mí hacerlo, le sugeriría al presidente que se ahorre las millas, porque lo que intentará es una pérdida de tiempo y, por sobre todo, no es algo ni muy medido, ni muy pensado, ni muy meditado. Jugando, como ya es costumbre, con las palabras y medias verdades, el presidente aspira a que Uruguay, en 2016, se lance en pos de una aventura diseñada para 1990: la cacería de acuerdos preferenciales de comercio (PTAs) de los que constituían el gusto internacional antes de la era globalizada, y después del fracaso de la Ronda Doha de la Organización Mundial de Comercio (OMC).

Al frenteamplismo, claro, aquel movimiento internacional por la firma de PTAs le tuvo siempre sin cuidado, y por buenas razones: para ser exitoso, un acuerdo de este tipo tiene que ser amplio, consistente con las normas liberalizadoras de la OMC, e incluso plantear objetivos más ambiciosos que los acordados en esa organización. Y eso, naturalmente, era algo que ningún partido político uruguayo estuvo entonces dispuesto a proponer, y el frenteamplismo hubiera resistido con fiereza.

Ya en el poder, el mismo frenteamplismo estaba llamado a enamorarse del Mercosur, ese ejemplo de lo que se conoce como un PTA "sucio": débil ante el metro de la OMC, perforado de excepciones, amigo de las barreras regulatorias, asimétrico. Y charlatán, claro: no en vano los países africanos integran, en promedio, cuatro de este tipo de acuerdos, y los latinoamericanos siete. De esta mano, pues, Uruguay quedó soldado a un arreglo regional que, en lugar de generar comercio e inversión, se preciaba de desviarlos, en beneficio de ganadores predeterminados.

Mientras el régimen frenteamplista encadenaba al país a este gris monolito, el mundo siguió andando.

Los acuerdos de libre comercio fueron tejiendo su trama entre países frustrados por la parálisis del sistema multilateral de apertura comercial, lo que llevó a hablar de un "plato de spaghetti" de vínculos, de diferente calidad, entre naciones.

Pero, al tiempo, fue cambiando la economía.

Productos que se diseñan en cualquier lado, compran sus partes en diferentes países, las integran en otros, gestionan su venta en otros más, y administran sus utilidades en otros aún, fueron urdiendo las cadenas transfronterizas de valor, las competencias tributarias, movilización de recursos humanos, y despliegue de nuevas técnicas de conocimiento, que llamamos "globalización".

Este dramático cambio corresponde, básicamente, al momento histórico en el que el régimen frenteamplista convertía a ANCAP, y a cambio de una comisión, en un prestanombre de un "broker" petrolero internacional, vendía leche en Venezuela a precios estrafalarios a fin de que alguien hiciera un negocio cambiario, subsidiaba empresas muertas, o lograba el milagro de que apenas el 37% de los jóvenes terminen el ciclo secundario de enseñanza.

El novedoso efecto de la globalización, en tanto, es que los alcances de los PTAs que ahora sale a descubrir, cual nuevo Marco Polo, el presidente, están siendo seriamente reconsiderados en el mundo: la salida del Reino Unido de la Unión Europea no es sino el caso de una economía que ha entendido que el comercio administrado, lejos de ser la promesa que pintaban los burócratas nacionales e internacionales, terminó por ser un serio obstáculo.

En 2005, el Banco Mundial estimaba que, desde 1980, dos tercios de la liberalización tarifaria mundial se debía, en realidad, a medidas unilaterales de apertura económica, lideradas por China, varias de las más importantes economías asiáticas, el este de Europa, Australia y Nueva Zelanda.

India no ha necesitado, desde 1991, de PTA alguno para liberalizar su economía, integrándose al circuito global del crecimiento.

La desnorteada administración frenteamplista saldrá, pues, 20 años tarde en procura de su Pokémon Go ante-diluviano. Quienes pacientemente los escuchen a lo largo de este año oirán una voz mercantilista, añeja, hablar de "acceso a mercado", "empleos de calidad", "colocación de productos", en uso de la jerga de moda en el siglo pasado. La que pedirá un acuerdo de libre comercio a China, que no tendrá problema en dárselo, porque China puso en práctica su apertura unilateral 15 años antes de ingresar a la OMC.

Y, cuando los desacompasados uruguayos se retiren, los asiáticos conmiserativamente recordarán todo aquello de lo que Uruguay no hablará: barreras no regulatorias, tutela de las inversiones, administración pública, regulación de servicios, compras públicas, mercado de trabajo, capacitación de recursos humanos, legislación comercial. El menú, en suma, de los nuevos acuerdos comerciales, ya no enfocados en la cabeza de quienes toman las decisiones, sino en los pies de quienes generan comercio e inversión.

"El partido", resume el presidente, "hay que jugarlo afuera". Una tontería grande como el Palacio Salvo y, precisamente, lo contrario de lo que hoy se discute en todos los foros: el partido del comercio y la inversión hay que jugarlo adentro, que es donde se mide la capacidad de una economía de integrarse a las nuevas cadenas de valor.

Por ello es que, con mucho más tino, la central sindical PIT-CNT ha salido, presurosa, a censurar el anunciado "tratado de libre comercio" con Chile, anunciado, con bombos y platillos, por el ministro Rodolfo Nin.

La central, como el ministro, saben que se trata de un engaño. Hasta los niños silabean hoy que Uruguay no puede firmar acuerdos de libre comercio con independencia del Mercosur. El tratado que firmará con Chile no es, por tanto, de libre comercio, sino una extensión del Acuerdo de Complementación Económica entre Chile y el Mercosur (ACE 35), además de una sistematización de acuerdos ya firmados en materia de contratación pública e inversiones, y la incorporación de algunos temas nuevos y de poco impacto real (comercio electrónico, medidas fito-sanitarias, propiedad intelectual). Es, en suma, una desesperada hoja de parra con la que tapar muchos fracasos.

En lo que sí acierta la central, sin embargo, es en resistir la inclusión de temas no arancelarios en el inefectivo acuerdo: abrir esta puerta sería reconocer que, a diferencia del sinsentido expresado por Vázquez, el partido del comercio y la inversión del país debe jugarse adentro.

Y adentro, como todos sabemos, la oligarquía políticos indical que integran tanto el gobierno como la central sindical, está embarcada en perpetuar un sistema basado en la ilusión de que el 37% que termina los estudios secundarios y es el mismo que paga IRPF, siga sosteniendo, con su salario y endeudamiento, el edificio clientelar del frenteamplismo, a la espera de que haya otra zafra de los commodities.

Lo que este grupo resistirá, pues, con uñas y dientes, será el que se analice la política comercial bajo el prisma de la economía doméstica, por la sencilla razón de que la alternativa, consistente en verla como una gimnasia negociadora a cargo de grupos internacionales, disimula, a la perfección, el irreversible daño que causara y causa una política basada en el parasitismo y la planificada ignorancia de la población.

La nutrida agenda de viajes presidenciales para 2016 y 2017 resultará, pues, tan yerma como lo fueron los pozos de petróleo que yacían bajo nuestra plataforma continental, o el "revolucionario" Plan Binacional de Políticas Portuarias que, en enero de este año, el presidente anunciara haber lanzado con Argentina, y del que nunca vimos un ejemplar.

¡Qué haría esta administración si no fuera por el humo del tabaco!