Un raro al otro lado del río

La extensa obra del escritor argentino Dalmiro Sáenz promete transformarse en lectura de culto
Por Eduardo Espina, Especial para El Observador

Literariamente, Uruguay es "un país de raros", han dicho Sylvia Molloy, Eduardo Grüner y Jorge Lanata. No es patrimonio exclusivo. Del otro lado del Plata también los hay. Dalmiro Sáenz (1926-2016) es uno de ellos. Pertenece, salvadas las distancias, al mismo grupo de inclasificables donde están Oliverio Girondo, Macedonio Fernández, Enrique Molina, Francisco Madariaga, Leandro Katz (pocos libros más olvidados que su magistral novela Es una ola), Néstor Sánchez. José Viñals (cuya obra, por fortuna, fue publicada en España en forma reciente), Ricardo Zelarrayán, Esteban Peicovich, y los demás que ahora me olvido, aunque no son tantos y por eso convendría desempolvar, porque hoy en día las mejores noticias de la literatura vienen del pasado. Sin embargo, a diferencia de los anteriores, Sáenz no fue solo un escritor confinado al nicho de la rareza, sino que llegó a ser un bestseller con estelaridad mediática y a mucho gusto. Disfrutaba estar bajo los reflectores. Fue un raro prolífico, en periodos incluso compulsivo, una máquina de producir, con enorme capacidad para convertir ideas pensadas primero por otros, en ideas originales suyas. Murió al borde del olvido, pero a partir de su muerte, días atrás, seguramente se convertirá en escritor de culto.

A fines de la década de 1960, la producción indiscriminada (de temas y géneros) puso a los libros de Sáenz por todas partes aunque, verdad obliga, su popularidad, mejor dicho, su visibilidad, estuvo confinada al Río de la Plata. El lector atento llegó a acostumbrarse a tener cada tanto algún nuevo opus de Sáenz. Publicó más de 40 libros. Lo empecé a leer en mi adolescencia, y en algunos de sus libros reconocí a un "genio original", tal cual la crítica estadounidense define a aquellos que son enseguida "reconocibles" por la impronta de un estilo, del que era posible hacerse adicto y empezar a seguirlo, a buscar sus libros anteriores. Cuando lo leí por primera vez, 40 años atrás, me pareció encontrar a un escritor fuera del paradigma, de los que sin hacer mucho sabían cómo no pasar desapercibidos. La semana pasada, al releer varios de sus libros a raíz de su muerte (qué extraño: a muchos escritores casi olvidados, la muerte los devuelve a la vida), constaté, para mi felicidad, que en ese fárrago bibliográfico hay libros que siguen siendo notables, por combinar en dosis iguales genio e ingenio: Carta abierta a mi futura ex mujer (1968), Yo también fui un espermatozoide (1968), ¿Quién, yo? (1969), y Setenta veces siete (1956), su primer libro, conteniendo algunos relatos de magistral brevedad, que tuvo ventas fabulosas.
La relectura de la obra de Dalmiro Sáenz me lleva de regreso a una conclusión que viene de antes, de la primera vez que lo leí. El escritor impredecible y desopilante (uno de los pocos escritores latinoamericanos al que le queda bien este adjetivo) creía más en el talento que en el trabajo de corrección. Sin embargo, en base a un talento innato, lograba que un tono de espontaneidad disimulara sus imperfecciones y lugares comunes. El suyo es un caso extraño. El mismo libro podía tener caídas notorias, pero de pronto aparecía una genialidad fuera del libreto, que no solo salvaba la obra sino que le transformaba en referente inaudito. En base a frases insólitas y a situaciones que descolocaban al lector, y que emparentaban su humor absurdo y corrosivo, uno que no deja títere con cabeza, con el de Alfred Jarry, Ionesco, y los hermanos Marx, Sáenz –"anarquista católico", tal cual lo definió el editor Daniel Divinsky– se las ingeniaba para ser el salvavidas de sus propias palabras, incluso aquellas pertenecientes a su "obra mala", a sus libros descartables, que son una cantidad.

Incluso cuando se proponía lo contrario, Sáenz era una permanente invitación a salirse del mundo empírico y entrar por la puerta de emergencia al lenguaje, porque la gran literatura, ahora y siempre, solo acepta vivir en un distrito exclusivo, en el cual solo tienen protagonismo estelar las buenas frases, aquellas que sacan al pensamiento de la rutina y lo sitúan en un lugar radiante, donde al menos él parece estar de vuelta de todo y sintiéndose salvado. Por suerte para sus lectores, Sáenz se tomó la libertad demasiado en serio, lo cual se veía a las claras cuando dejaba que las frases le salieran con desmesurado entusiasmo, situando la escritura al borde de la imperfección, como si las cláusulas por sí solas se sintieran capaces de describir de un saque el mundo, las ideas y las emociones a su manera.

En ese camino hacia la plenitud del goce literario, a veces sucumbía y terminaba cayendo en imperdonables abismos de estilo, donde lo primero que resaltaba era la poca elaboración formal, la manufactura rudimentaria, todo lo cual dejaba al descubierto estructuras literarias a medio elaborar.

En varios, más de unos cuantos, de sus libros la falta de rigor en la escritura podía llegar a colmos increíbles y, para sorpresa del lector, parecía como si el propio autor aceptara sus carencias y las privilegiara: como si su intento fuera convertir la falta de estilo, en estilo, y en crear un discurso incorrecto y paralelo al que estaba estableciendo. Quizá su genialidad estuvo en eso: en tomarse el genio muy poco en serio.

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