Un sicario de Escobar convertido en pastor

Edier Ruiz trabajaba para el narco colombiano; tras 12 años en la cárcel, hoy dirige una iglesia evangélica

Edier Ruiz mató a mucha gente, pero dice que no sabe con certeza a cuánta. "Algo que sí sé es que tengo un Dios que perdona nuestros pecados y nos limpia de toda maldad", dijo al pasar por Montevideo, quien supo ser un sicario del Cártel de Medellín de Pablo Escobar. Habla del "hombre viejo" para referirse a lo que hizo hace unos años, cuando era una de las personas de confianza de Escobar, uno de los narcotraficantes más poderosos de la historia.

Ruiz definió a Escobar como "un hombre simpático, de corazón y pensamientos extraordinarios" pero que también "mostró un corazón negro, un corazón malo".

Su vida "vieja" dio inicio a los 13 años -en 1984- cuando comenzó a trabajar en la fundación "Medellín sin tugurios", una organización creada por Escobar que buscaba mejorar uno de los barrios de la ciudad colombiana. Allí fue cadete ("hacía mandados") y como provenía de una familia humilde y numerosa –su madre sola y seis hermanos más-, quería "cumplirles el sueño" de la casa propia.

El barrio en el que trabajaba la fundación era también el lugar en donde vivía su familia. El narco había prometido construir mil casas. Allí estaba la gente más pobre de la ciudad, a las orillas del río Medellín y al costado del basurero municipal. Edier Ruiz era bueno en lo que hacía, comenzó a escalar y a obtener cada vez más poder, y a los 14 años ya era el "encargado de seguridad" del barrio. Le dieron armas, dinero y hombres; su tarea era mantener la zona libre de "enemigos", aquellos que pertenecían a otras bandas.

Hoy todo eso le suena lejano. Su historia al lado de Escobar terminó dos meses después de la muerte del narco, en febrero de 1994, unos 10 años después de haberse vinculado a él. Al principio le iban a dar 65 años de cárcel porque tenía antecedentes para "pudrirse en la cárcel", como le dijo uno de los fiscales. No solo entraría a prisión por vincularse con el narcotráfico y por homicidios, sino también por "corruptor de menores para delinquir". Sin embargo, su condena fue de 48 años en penales de máxima seguridad. Al principio allí se drogaba y también portaba armas, según reconoce. Luego logró varias reducciones de la pena por buen comportamiento.

Según él, su vida cambió en 1997, cuando conoció a Cristo en la cárcel. Su "nueva vida" es como pastor de una iglesia evangélica en Colombia y dice que se dedica a contar su testimonio para mostrar que Dios "tiene planes para todos".

En mayo estuvo en Uruguay, en el Teatro Metro, donde todas las semanas la iglesia "Vida abundante", también evangélica y liderada por el pastor Juan Méndez, realiza una celebración.

La charla

El Teatro Metro estaba desconocido, cualquiera que entrara allí hubiera pensado que se había equivocado de lugar. Lo que prometía ser una charla de un exsicario de Escobar resultaba ser una celebración evangélica que se realiza todos los jueves a las 16:30 y los domingos a las 10. Una batería y un órgano reposaban en el escenario, acompañados de lo que parecía ser un coro de cinco fieles. Todo el que entraba saludaba al resto con un beso en el cachete y un "Dios te bendiga". La sala estaba a medio llenar, había hombres y mujeres casi por igual. Varios hombres caminaban con muletas, había madres con hijos discapacitados y señoras mayores con varias bolsas, en donde parecían llevar todas sus pertenencias. Hacía frío en el teatro y las personas estaban desabrigadas, la mayoría tenía camperas rotas.

Un hombre subió al escenario y comenzó a gritar por el micrófono: "Hermana, hermano, Dios te bendiga, eres hermoso, eres valioso", decía. Casi por arte de magia, los fieles se levantaron de sus asientos y alzaron las manos, mientras un murmuro bajo y constante acompañaba. "Dios te damos gracias, Dios te damos gracias", decían muy bajito, aunque a veces se escuchaba algún grito desde lejos. Enseguida comenzaron a invocar la presencia de Dios, el hombre del escenario cerraba los ojos y lo llamaba, mientras la audiencia acompañaba con sus susurros.

Comenzó el coro al ritmo de la batería y el órgano. Una de las mujeres era la cantante, que se paraba en el medio del escenario y gesticulaba en función de la letra de la canción. El resto de las mujeres acompañaban, todas de polleras largas y arregladas para la ocasión, como si de una fiesta se tratara. Luego de las canciones religiosas subió el pastor Juan Méndez, el líder de la iglesia "Vida abundante", que presentó a quien hablaría después, el pastor colombiano Edier Ruiz.

De sicario a "siervo de Dios"

Ruiz subió al escenario y dividió su charla en dos: primero contó su vida al lado de Escobar y luego habló de su transformación en "siervo de Dios". Con un tono pausado y reflexivo, en donde también hubo lugar para el misterio, comenzó a explicar cómo se involucró con el Cártel de Medellín.

Su familia vivía en uno de los barrios más pobres de la ciudad, y a raíz de las casas que regaló el narco colombiano, esa zona se llama "Pablo Escobar Gaviria". Su madre y sus hermanos aún viven en una de las 470 viviendas que proporcionó Escobar.

Cuando entró a la cárcel en 1984, Ruiz estaba lejos de convertirse en pastor. Le dieron 48 años de condena y se preparó para esa vida, le costaba imaginarse afuera. Controlaba todo en prisión, movía armas y droga, muchos de sus hombres habían entrado antes que él y estaban a su servicio. Sin embargo, tres años después sintió "el llamado" y se unió a los que él define como "Los Aleluya", aquellos presos que andaban con la biblia abajo del brazo.

A partir de ese año comenzó "la transformación". Empezó a predicar la palabra de Dios en la prisión, mejoró su conducta y prometió entregar su vida a la religión. Fue en ese momento cuando comenzó a recibir certificados al "mejor interno del año", a la vez que se reducía su condena, no solo por su cambio, sino también por nuevas leyes. Al principio le dijeron que solo cumpliría la mitad, por lo que pasaría 24 años en prisión, pero volvieron a ajustarla y salió en libertad en 2006, luego de 12 años en la cárcel.

En su "vida vieja" no solo era el encargado de controlar el barrio, sino que también trabajaba con la madre de Escobar, como parte de su cuerpo de seguridad. "Yo era el que estaba al lado de ella en todo lo que hacía allí en aquel barrio", dijo. Como sicario del narco, una de sus principales tareas era velar por la seguridad de su familia: "Pablo decía que era primero su vida, la de su familia y después de los demás", recuerda Ruiz.

Esa vida lo llevó a pensar que iba a morir en cualquier momento, de hecho, su madre estaba siempre esperando "el llamado" para informarle que lo habían asesinado. "Si algo tiene uno presente es que o te matan los enemigos, o te mata la Policía, o alguno de tus compañeros que busca poder", dijo. Le tocó asesinar a varios de los suyos, y ni siquiera esto le generó cargo de conciencia, porque era "una lucha de poder". "El primer asesinato se recibe como un trofeo, sabes que eso te abre las puertas no para bajar sino para subir", agregó.

Hoy tiene dos hijos que viven allí, pero "no saben mucho" lo que pasó. Su esposa lo conoció en 1988 cuando aún estaba vinculado a Escobar y quedó embarazada cuando él estaba en la cárcel. Su hija es la ministra de alabanza de la iglesia que él lidera, y aunque algunas personas le han llegado a contar aspectos del pasado de su padre, nunca quiso involucrarse con esa parte de su historia. "Ellos han escuchado cuando yo he dado testimonios –dice Ruiz-, pero mis hijos nunca han estado interesados en conocer qué fue lo que pasó".

El diezmo

Ruiz terminó su charla con la biblia abajo del brazo, mientras recitaba algunos de sus pasajes. El tono pausado y reflexivo del comienzo se transformó en gritos, en palabras de aliento para la audiencia. Los fieles volvieron a levantarse de sus asientos y se agarraban de las manos, hasta que el pastor los invitó a pasar al frente. Todos fueron a la vez, Ruiz les daría su bendición: "Hermanos, Dios tiene planes para ustedes como tuvo planes conmigo", gritaba el pastor.

Ya adelante, los fieles se apretaban más y más, también como una forma de combatir el frío. Ruiz comenzó a tocarles la frente y la gente se caía desmayada al piso, por lo que otros debían correr a ayudarlos. Sin embargo, a pesar de que se habían desvanecido, al ratito se levantaban y volvían a gritar y a mover los brazos, mientras el pastor continuaba con sus prédicas.

En medio de ese frenesí, en donde decenas de almas vibraban al ritmo de los gritos de Ruiz, comenzó a sonar la batería. Un ruido ensordecedor se mezclaba con el susurro de los fieles, y fue ahí cuando subió el pastor Juan Méndez al escenario y les pidió el diezmo. "Está en las sagradas escrituras, es gracias a Dios que debemos entregar una ofrenda", dijo. Los fieles obedecieron.

Algunos sacaban billetes de $20 y de $50, pero eran los menos, la mayoría contaba monedas. Los fieles que se congregaron en esa sala dieron lo que tenían, no parecía importar qué pasaría después. El pastor Méndez dijo que también había que cubrir el viaje de Ruiz, porque la iglesia "Vida abundante" había destinado fondos para traerlo de Colombia. Fue en ese momento cuando una mujer se acercó al pastor colombiano y le dijo: "Edier, soy Graciela. Discúlpame que no pude poner plata, no tenía, pero te dejé el reloj de mi papá. No tiene pila, pero espero que te sirva".


Populares de la sección

Acerca del autor