Un triste cumpleaños regional

Un cumpleaños suele ser fecha de festejo. La celebración en el viejo Parque Hotel de los 25 años del Mercosur fue un triste recordatorio

Un cumpleaños suele ser fecha de festejo. La celebración en el viejo Parque Hotel de los 25 años del Mercosur, sin embargo, fue un triste recordatorio de las disidencias y dispersiones que han convertido al bloque regional en una sombra de lo que se proyectó cuando su fundación. Parlamentarios brasileños de la oposición, embarcados en el proceso de juicio político para destituir a la presidenta Dilma Rousseff, se retiraron ofendidos por no haber sido ubicados en las primeras filas de la sala ceremonial. De nada sirvió el gesto apaciguador del presidente Tabaré Vázquez de ir a sentarse con ellos en las últimas filas. Y como si no bastara esta demostración de los avatares internos que siguen ayudando a fragmentar al Mercosur, cuando el vicecanciller chavista iniciaba su discurso, diputados venezolanos opositores levantaron carteles denunciando muertes, persecuciones y falta de alimentos y medicamentos bajo el régimen del presidente Nicolás Maduro.

La admisión de los cancilleres del atraso en que se encuentra la organización y sus llamados a ponerlo al día, incluyendo liberación comercial, no bastó para ocultar la azarosa historia fútil del bloque desde su creación en 1991 hasta nuestros días. Nació por accidente. Ante un acuerdo comercial que habían alcanzado Argentina y Brasil, el gobierno uruguayo, temeroso de perder terreno en el intercambio con nuestros vecinos, buscó y obtuvo su incorporación al acuerdo. Poco después se agregó a Paraguay para darle un carácter más regional, bajo el nombre de Mercado Común del Sur. Pero jamás logró ser, no ya un mercado común, sino la más sencilla unión aduanera y zona de libre comercio, fijadas como sus primeros objetivos.

Los intereses nacionales de los dos socios mayores, en defensa de poderosos sectores de presión de sus estructuras económicas, lo impidieron desde el primer momento. Todo se agravó con la era proteccionista del kirchnerismo. Su reemplazo ahora por un gobierno serio y dispuesto a la apertura comercial es alentador pero llegó en momentos de otras dificultades. Brasil ya había caído en la grave crisis institucional y económica que actualmente lo convulsiona y en 2012 se había consumado el absurdo de incorporar como miembro pleno al gobierno de Hugo Chávez, agregándole al bloque las debilidades venezolanas. Y ahora está abierta la puerta para que entre también Bolivia, otro factor de asimetrías adicionales. No es accidental que Chile, el país más exitoso y ordenado de la región en las últimas décadas, opte por mantenerse al margen del inefectivo conglomerado, mirándolo de afuera como simbólico miembro asociado.

Por lo menos, y al revés de lo sucedido desde su fundación, hay ahora mayor aceptación de que el bloque tiene que cambiar si quiere justificar su supervivencia. El camino a que apuntan Argentina, Uruguay y Paraguay es abrir el intercambio comercial con el resto del mundo, en bloque si es posible o cada país por su cuenta como alternativa. Brasil presumiblemente acordará igual tendencia una vez que salga de su actual descalabro. Pero la ilusión de que el Mercosur renazca como panacea regional, tal como lo plantean algunos de sus gobiernos, exige que todos los países depongan intereses sectoriales internos y ordenen su propio funcionamiento, tanto para abrirse a un mundo globalizado como para liberar el intercambio dentro del bloque, objetivo básico que sigue en la sala de espera después de un cuarto de siglo.


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