Un viaje fantástico a otras galaxias

Se reedita Guía para un universo, de la uruguaya Natalia Mardero
Por alguna razón desconocida la ciencia ficción nunca terminó de cuajar en Uruguay. Quizás se deba a la particular idiosincrasia nacional, a esa tendencia innata que tienen los ciudadanos a mirar siempre al pasado, a veces al presente y casi nunca al futuro. O tal vez sea porque cualquier escritor sabe que se trata de un terreno peligroso donde es fácil resbalar y sufrir una caída estrepitosa.

A pesar de alguna novela valiosa como Ur, de Leandro Delgado, no abundan los buenos ejemplos del género. Por eso hay que saludar esta reedición de Guía para un universo, de Natalia Mardero, que de la mano de su encantadora y melancólica protagonista interestelar propone un viaje fantástico hacia territorios desconocidos.

De entrada hay que decir que la autora está más cerca de Ray Bradbury que de Isaac Asimov. Prefiere la nostalgia a la esperanza; sitúa a la emoción por encima de la lógica. La prueba más evidente de esa afinidad es que no hay un solo robot en todo el libro.

El texto, muy breve, propone dos lecturas simultáneas. Por un lado, la protagonista cuenta su vida en tiempo real en el espacio, donde cumple diversas tareas. Por otro, se describen las singularidades de un buen puñado de planetas y sus correspondientes habitantes alienígenas, a cual más pintoresco.

El tono de las dos líneas argumentales no podía ser más distinto. Mientras que el catálogo de planetas es puro juego y fantasía, las vivencias del personaje femenino son dramáticas más allá de que no corra grandes aventuras y se limite a cumplir órdenes.

Entre misión y misión siempre hay un momento de pausa en un bar o en un lugar cualquiera, donde la protagonista cuenta su verdadera historia, la que va por dentro. Así, el lector se entera de que está en el espacio por seguir el ejemplo de su padre, que extraña la comida de su madre que se encuentra a años luz de distancia o que sueña que se reencuentra con su gran amiga de la infancia mientras duerme en una cápsula.

Hay que destacar la habilidad de Mardero para resumir en pocas páginas una biografía cargada de significado. También su sentido del ritmo, ya que sabe cuándo detenerse y cuando explayarse. Pero, sobre todo, su capacidad de hablar de ciertos temas sin nombrarlos, como el desarraigo, lo azaroso del destino, el temor natural ante lo desconocido, o la infinita tristeza del que parte sin saber si volverá algún día a casa.

En el otro extremo se sitúan los relatos que hablan de la conquista del espacio por parte de la raza humana. Allí las metáforas son más explícitas y el tono juguetón. La gente de la Tierra viaja al planeta Lemon Pie para hacer turismo, deportes extremos y muñecos de merengue. En cambio a Vacío solo van los enamorados adinerados, que pueden darse el lujo de estar absolutamente solos con su pareja en un planeta desierto.

Retrolandia es una versión alternativa de la Feria de Tristán Narvaja, un planeta que comparte la obsesión por lo viejo. En Ginkee viven unos seres iguales a los humanos con la particularidad de que cambian de color según la emoción que los embarga. En Cama de Clavos, los habitantes viven en gigantescas torres puntiagudas, sin pisar nunca el suelo, lugar al que arrojan objetos comprometedores como diarios íntimos, fotografías infames, libros de autoayuda o juguetes sexuales.
De esas mil esferas flotantes, la más interesante es Malvinas II, donde unos asombrados cosmonautas argentinos descubren que la historia se repite: "La Plaza de Mayo se divisaba ahí abajo, repleta de gente y de pañuelos blancos. El viento les traía la voz infinita de Evita despidiéndose desde el balcón, en un loop moribundo y pálido".

Guía para un universo esconde, bajo su simpleza argumental y su aparente tono de divertimento, más de una verdad profunda.

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Acerca del autor

Andrés Ricciardulli