Un viejo todo orinado, los burros y el liceo 13

Un país que estaba para ganador rodó en el codo

Se supone que los centros de estudio deben estar lejos de dónde haya slots, pero el liceo 13 sigue estando a una cuadra del Hipódromo de Maroñas. Cuando mi madre iba a ese liceo, quedaba frente por frente, cuando yo empecé a ir ya quedaba a una cuadra y ahí quedará, porque mudar el Hipódromo sería como mudar al estadio Centenario, y mudar al liceo, con la situación de la enseñanza, sería como mudar el Palacio Legislativo.

En aquellas épocas, para los que se hacían la rabona (yo estaba entre los temerosos de que me descubrieran), la cercanía del Hipódromo era una tentación, sobre todo cuando había carreras los días de semana

Pero un día me escapé con un grupo y entramos al Hipódromo solos, porque acompañados lo hacíamos dos por tres. Nunca supe para qué cobraban entrada cuando estaba lleno de agujeros por dónde colarse o se podía entrar por las puertas que daban a la avenida general Flores y que siempre estaban generosamente abiertas para los visitantes. De ahí había que caminar unos 300 metros y se llegaba al Folle, la tribuna popular.

Liceo 13 Maroñas
El liceo 13 de Maroñas<br>
El liceo 13 de Maroñas

Antes había que pasar por detrás de dos o tres tribunas que habían quedado abandonadas. Delante de esas tribunas y antes de la pista había una pequeña construcción que era la enfermería donde atendían a los jockeys que se accidentaban. Como estaba justo frente al lugar donde la pista hace el codo, cuando un caballo llegaba allí cansado o el jinete no lo controlaba y se abría mucho, en vez de ir por los palos interiores donde recorre menos terreno, los muchachos de la popular tenían un dicho para ese caballo que se iba contra la baranda exterior: "¡Uy, se metió en la enfermería!". La construcción de la enfermería servía también para que se refugiaran los que levantaban juego clandestino. Dos por tres la muchedumbre reía y aplaudía cuando policías salían corriendo a "los clande" que cruzaban la pista a los saltos mientras sus perseguidores hacían pocos esfuerzos por alcanzarlos.

En esas tribunas abandonadas nos refugiamos el día de aquella rabona para que nadie nos viera. Pero estar en el Hipódromo y no apostar era una herejía. Juntamos las monedad que teníamos y uno fue hasta las boleterías usando el truco ya viejo para vencer la prohibición de venderle a menores: se paraba junto a las ventanillas y empezaba con el mantra de "señor, me saca", "señor, me saca", y así, siempre con el dinero apretado en el puño, no fuera a ser que algún ludópata terminara robándonos la plata. Entre los viejos vinagres que se negaban siempre había algún corruptor que accedía. "¿A cuál pibe?". "Carlistana en la cuarta". Recuerdo a Carlistana porque fue a la que apostamos aquella vez, ya que había llovido y la yegua, decían, era barrera, corría bien en pista pesada.

Recuerdo al negro José imitando a los vagos de la popular al grito de "¡Carlistana vieja y peluda nomás!". No recuerdo si la yegua ganó o no. Lo que siempre recuerdo es la presencia de un hombre que solía estar tirado en la entrada del baño que en la puerta decía "Caballeros" pero que debió decir "Guapos", porque había que serlo para entrar en aquella osera de pisos húmedos y un olor que hubiera sido las delicias de los creadores de armas químicas. No sé si el tipo quería llegar al baño y siempre caía unos metros antes, pero solía estar allí, dormido o desmayado, y siempre, siempre, su pantalón estaba orinado desde la bragueta hasta la botamanga.

El deporte de los reyes brindaba imágenes como esa. Mientras, era una diversión pararse entre las barras de la popular a escuchar anécdotas entre carrera y carrera. Un día faltó uno de los habitués porque parece que en la casa estaba faltando la plata y ese día la cisterna del baño tuvo problemas. ¡Y a la mujer no se le da por hacer de plomera y abre la cisterna! Adentro, cuidadosamente cerrada, flotaba una bolsita con billetes destinados a las patas de algún burro. Imagino aquel día de lío familiar al tipo siguiendo las carreras por radio y mordiéndose los codos.

Luego todo cambió. Una empresa privada se hizo cargo del Hipódromo y algunos habitués decían que no irían más porque en vez de un Hipódromo iba a ser una boutique, pero terminaron yendo. Hoy es un lujito. Ya no hay más clandestinos huyendo de la policía, ni botijas burlando las normas, ni borrachines tirados y todo meados a la vista del público.

El tiempo pasó y el Gran Circo Hípico mejoró. A una cuadra de allí, con el paso del tiempo, el liceo 13 empeoró. Todo enrejado busca protegerse de los peligros exteriores pero hace un tiempo, dentro del local, un muchacho baleó a una alumna (hija de una excompañera mía del liceo) y la dejó en sillas de ruedas.

Uno se para a mitad de cuadra y mira para un lado al Hipódromo, y mira para el otro y ve al liceo 13, y no se explica cómo ni por qué -perdone lector la jerga burrera- un país que parecía una fija se terminó yendo al bombo.


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