Una copa con Amélie Nothomb

Pétronille, de la escritora belga, es una novela genial que reivindica a los bebedores de champán al tiempo que celebra la magia de una amistad imposible
Lejos, muy lejos, queda ya el Mayo francés de 1968 y la célebre consigna de los jóvenes de la época: "Prohibido prohibir". Hoy, la lista de cosas vetadas es aún más larga que la de entonces, pero resulta mucho más difícil rebelarse contra ellas, sobre todo, desde que la ciencia toma partido y argumenta. Una cosa es pisar el césped prohibido y otra muy distinta prender un cigarro en un hospital o en un cumpleaños infantil.

El consumo de alcohol es otro de los hábitos que de una u otra forma se ha intentado prohibir o restringir por parte de los estados a lo largo de la historia. Desde la llamada ley seca aprobada en Estados Unidos, a los pubs que cierran a las once de la noche en Europa, pasando por la reciente tolerancia cero para los conductores uruguayos.

El arte va por otros caminos y es siempre políticamente incorrecto, como lo demuestra esta última novela de Amélie Nothomb, Pétronille, que reivindica el poder de las burbujas de champán para hacer más ligera una existencia que, a pesar de los mensajes oficiales, no puede definirse como buena por el simple hecho de ser prolongada.

El texto encaja perfectamente en el conjunto de la obra de la autora ya que está escrito en primera persona, es muy entretenido y tiene varios giros sorprendentes que dejan pasmado al lector. Nothomb, una vez más, hace gala de la que se puede considerar su máxima virtud: hacer creer al lector que está en un cuento de hadas que se revela luego como una pesadilla existencial de neto corte psicológico.

Luego de contar al lector lo que supone para un autor pasar una tarde entera firmando ejemplares para promocionar un libro, la autora presenta de inmediato a Pétronille, una joven que le pide un autógrafo y con la cual inicia una amistad que se sustenta, en un primer momento, en el gusto compartido por beber champán siempre que se pueda.

La recorrida por los bares de París, las discusiones con los camareros y una borrachera memorable en una degustación para damas de la alta sociedad, a las que la autora despedaza sin piedad, marcan el primer tercio de la novela, que no da respiro al lector.

La sonrisa se mantiene durante el segundo gracias a un viaje delirante de Nothomb a Londres, donde se despacha a gusto contra lo que califica de decadencia inglesa. Pero el reencuentro con Pétronille supone un punto de inflexión en la novela, por todo lo que sucede cuando deciden pasar juntas la Navidad en casa de los padres de la joven.

Es notable como Nothomb desliza en medio del jolgorio de la velada la idea de que la chica nunca ha sido feliz en ese hogar de buenas personas, todos ellos proletarios comunistas, paradoja que evidencia los misterios de la vida y el destino. Hay amor pero no hay empatía entre la joven y sus familiares, incapaces de ver más allá de sus paradigmas políticos.

Ese anuncio de nubarrones que se acercan, esa sensación de que bajo las sonrisas y las burbujas se esconde la amargura de la incomprensión, se devela en toda su complejidad en el final de la novela, cuando las amigas vuelven a separarse temporalmente por las vueltas de la vida.

Casi sin darse cuenta, el lector comprende que Pétronille (que también comienza a escribir ficción hasta alcanzar el éxito) puede no ser de carne y hueso. Quizá sea un álter ego de la autora. O tal vez un recuerdo de la juventud perdida de Nothomb. La hipótesis más perturbadora es la de que se trata de un personaje de ficción que nace de la solitaria borrachera con que comienza la novela.

Lejos de ser una apología del alcohol, Pétronille es una reivindicación del libre albedrío, cada día más reducido. Es una bofetada a los precavidos, una burla a los sistemas de salud, un rotundo "no" a ese mundo feliz que se pretende construir a base de prohibiciones. Y una gran novela.


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Acerca del autor

Andrés Ricciardulli