Una crónica finlandesa: entre el paraíso reluciente y el infierno congelado

La nieve y los refugiados son parte del escenario diario en Helsinki

Martín Natalevich, desde Helsinki

En Helsinki el clima no es motivo de comentarios de ascensor pre-establecidos ni de excusas para no hacer deporte al aire libre. Hay perros de juguete que corren por la nieve con los niños. Hay familias caminando por los parques blancos con sus cochecitos y ancianos corriendo por el camino que cuidadosamente les despejaron. Hay pistas de patinaje gigantes en cada parque que así quedarán hasta que el deshielo haga su trabajo.

En Helsinki el sol se revela como una bendición aunque no se escuchen plegarias religiosas. En la capital finlandesa la amabilidad, el servicio y el respeto al visitante son atributos incorporados. Así como las miradas inquisitorias cuando el turista cruza con la roja aunque la vía esté despejada. Hay calles de adoquines pulcros y relucientes, donde solo se escucha al tranvía en su avance sereno.

En Helsinki hay edificios sobrios y de mediana altura que dejan, a todo momento, un panorama disfrutable de la ciudad. Hay tiendas de renombre internacional y almacenes de barrio. Coquetos restaurantes y cadenas de comida rápida.

En la capital finlandesa se respira una bocanada de hielo refrescante y una calidad de vida desconocida.

En Helsinki hay finlandeses; estereotípicamente con un rubio nórdico y con una belleza de otro mundo. Y, en Helsinki, también hay una profunda injusticia.

Eso último es lo que dice Marjo Airila, que detrás de su gesto adusto y mirada penetrante esconde una preocupación inédita.

Es domingo. Airila está en una esquina del centro de la ciudad rodeada de pancartas y de personas. Hay un mensaje que se ve en rojo: "los refugiados no son tus enemigos, el enemigo es quien los convirtió en refugiados", dice una de las pancartas.

En esa esquina hay cinco carpas, botellas de agua y comida. Hay ropa tendida y un fuego prendido sobre el cual descansan varias manos. Y también hay otros letreros: "vinimos para tener seguridad y vivir como seres humanos. Demandamos humanidad y buscamos paz. No nos traten como criminales".

En esas carpas hay familias iraquíes con sus hijos que pronto serán deportados a su país, cuenta Airila a El Observador, aunque dice que también enfrentan ese problema somalíes y afganos mayoritariamente.

Llegaron hace un año a la capital finlandesa pero, tal como sucede en tantas otras partes del continente europeo, no fueron bienvenidos. Airilia cuenta que conoce 90 personas que ya tienen el no del departamento de inmigración para quedarse en el país y comenta que el gobierno finlandés argumenta que Iraq es seguro y que, por tanto, habrán de deportarlos. "No se pueden ir porque corren peligro", subraya esta mujer que no forma parte de ninguna organización y que se mueve por impulso personal. "No está bien que Finlandia esté mandando gente a la muerte", afirma categóricamente la mujer finlandesa cuando se le consulta por qué está ahí.

A Finlandia llegaron alrededor de 32.000 inmigrantes en el último año. El gobierno ha mostrado, desde entonces, una política muy agresiva. El partido Keskusta (Partido del Centro), que está en el poder, desaprueba la inmigración, dice Airilia. En setiembre de 2016 la televisión finlandesa informó que el Servicio de Inmigración de Finlandia rechazó 60% de solicitudes de asilo de refugiados que se hicieron entre 2015 y 2016.

"Esto es algo nuevo", reconoce Airila. Y agrega: "Siempre hemos sido muy abiertos y hemos luchando por la humanidad. Esto es algo totalmente nuevo para nosotros y no entendemos qué es lo que está pasando en Finlandia. No sé, quizás hace tiempo que somos así y recién ahora lo estamos mostrando".

Airila sigue hablando. Combate el estigma que tienen los refugiados e intenta desmitificar nociones preconcebidas. "Hay tanto que los finlandeses tenemos que aprender de ellos", concluye ante la mirada de quienes están del otro lado del fuego viviendo un auténtico infierno congelado.


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