Una fiesta primitiva

La Bomba de Tiempo llega por primera vez para presentarse este sábado en la Fiesta Clandestina
Hace 10 años el músico argentino Santiago Vázquez comenzó a idear un lenguaje de señas para dirigir un ensamble de percusión. Para ponerlo en práctica creó La Bomba de Tiempo, un destacado grupo de 16 instrumentalistas que desde entonces se presentan todos los lunes en Ciudad Cultural Konex con un show que nunca es el mismo: la improvisación es la norma, y la energía del público el motor. Desde entonces se han transformado en uno de los espectáculos más contundentes y populares de Buenos Aires, con permanencia en el cartel, y convocando a más de 3 millones de personas.

Desde 2006, según dijo Luciano Larocca, responsable de la güira, djembé y ocasional cantante, "la Bomba no para". Además del apoyo del público, el grupo recibió a artistas invitados de la talla de Residente de Calle 13, Rubén Rada, Café Tacuba, Auténticos Decadentes, Illya Kuryaki y un largo etcétera.

La Bomba de Tiempo y Los Auténticos Decadentes

En 2014, Vázquez dio un paso al costado de la dirección y algunos de los músicos toman la posta de manera itinerante. "La banda se transformó en algo muy autogestionado y colectivo", contó Larocca. "A partir de ahí empezamos, no a cambiar el rumbo, pero sí a tomar decisiones grupales que nos llevaron a, por ejemplo, hacer la primera gira internacional: tocamos en el Jazz Festival de Dubai con Santana, grabamos el primer DVD y lo presentamos en el Luna Park".

En sintonía con este plan expansivo La Bomba –como le dicen sus allegados– llegará por primera vez a Montevideo, para presentarse mañana en el marco de la Fiesta Clandestina.
"La Bomba es a la vez una banda y un evento", afirmó el músico. "Es un fenómeno muy raro. En algún punto se parece a las escolas de samba, que tienen un lugar donde la gente los va a ver y tiene un arraigo muy local, y por otro lado tiene un código bastante internacional. Tal vez por el sistema de señas o la improvisación. Eso hace que la gente se sienta parte del proceso creativo. Porque, como armamos el ritmo en tiempo real, por ahí la gente empieza a percibir las confabulaciones y lo que están pensando los músicos, y se hace parte".

¿Cómo se construyó este sistema de señas para dirigir al grupo?
Es un sistema de más de 80 señas que se llama "sistema de señas para percusión". Es un nombre que le puso Santiago Vázquez, su inventor. Los antecedentes de la utilización de señas en la música contemporánea remiten a los años 1970 y 1980. Hubo un músico muy conocido que influenció directamente, que se llama Butch Morris. Él fue el que empezó a trabajar con señas y Santiago lo que hizo fue tomar algunas señas y desarrollar otras que tienen que ver con la percusión. Es un sistema que, como todo lenguaje, va mutando, renovándose y sintetizándose. Por momentos lo usamos muy poco y por otros lo usamos bastante: depende del director. Cada uno le da su onda.

Eso es muy visible en la impronta física que tienen los directores: algunos son más físicos y otros tienen movimientos más sutiles.
Exactamente. Hay algunos que son más electrónicos, otros que son más folclóricos o más dubberos. Gabi Spiller, por ejemplo, tiene un método de la dirección que lo lleva más por el lado clásico y es muy divertido. Tenemos también a Richard Nant, que es trompetista, y participa siempre con la trompeta. Y yo meto voces también. Usamos la voz como instrumento o con letras para hacer participar al público. Yo rescato por ahí alguna melodía que se haya hecho, o escucho a alguien que canta del público y tomo esa idea.

¿Entonces la participación activa se incentiva?
Sí, es muy lindo cuando se rompe el hielo. Hay un momento que sucede casi siempre en los shows, cuando el público rompe con la idea de que está mirando algo y empieza a involucrarse. A veces eso sucede por casualidad y a veces hay que forzarlo un poco.

La Bomba de Tiempo

¿La percusión tiene eso de primitivo que permite conexiones más allá del lenguaje?
Absolutamente. Para mí la percusión, el canto y el baile son un trinomio que refiere a lo más ancestral. Y a la vez es la forma más cercana de cualquier ser de poder manifestarse. A nosotros nos pasó que, como no tenemos una tradición de tambores acá en Buenos Aires, cuando armamos la percusión tomamos instrumentos de Uruguay, Brasil, Cuba, Colombia, Puerto Rico. Acá tenemos el bombo legüero que, pobrecito, no tiene el volumen para una orquesta de percusión. Directamente no lo usamos. Pero lo que pasó fue que se transformó en algo muy identitario. Y no estaba sonando ningún estilo en especial. Terminó siendo como un rave de tambores a las siete de la tarde un lunes. Imaginate lo que es la gente a las siete de la tarde.

¿Cómo se mantiene durante 10 años la vigencia, las ganas y al público?
Yo creo que es el gran mérito nuestro como grupo. Hemos conseguido sobrevivir a innumerables situaciones. Yo creo que es algo directamente mágico. No tiene explicación sociológica. La Bomba no para. Y ya la gente necesita ese espacio. Ustedes por ejemplo tienen los domingos las llamadas. Y no se trata de gente especialista, es gente como cualquiera que necesita ir a dispersarse un poco después del laburo. Es un lugar de encuentro. Por eso, La Bomba es eso: un grupo y a la vez un evento. Entonces, armamos una fiesta –no un concierto– donde va a haber DJ, músicos invitados. Tocamos y dejamos que la energía se mantenga y después volvemos a tocar en todo caso. Vamos viendo. La idea es que no es un concierto que empieza y termina, sino que es un lugar donde encontrar gente dispuesta a disfrutar.

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